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Este artículo no pretende ser un texto iniciático ni tampoco está destinado a inclinar el interés hacia la escuela filosófica espiritista. El verdadero motivo es un acercamiento hacia esta visión que se presenta como una búsqueda de la verdad intentando dar una respuesta hacia los enigmas que presentan los fenómenos en las investigaciones.

Las revelaciones que se relatan resultan irrelevantes si sólo un puñado de personas privilegiadas pudieran tener acceso a dicho conocimiento, ya que lo divino, infinito y superior, debería desconocer fronteras, razas y clases sociales, debido que a la postre sólo son signos de evidencia total de ignorancia y atraso, muy a pesar de la pretendida erudición e intelectualidad a la que se atribuyen algunos contactados de su eventual fuente espiritual.

Estos fenómenos resultan enigmáticos ya que desconocemos su naturaleza intrínseca, pero aun así el misterio resulta tedioso ya que se imponía este conocimiento solo a unos pocos que tenían derecho, y no por ponerse una máscara de secreto ya que estos fenómenos son resultado de una verdad superior. Estos contactos se transforman en un monopolio exclusivo de “guardianes” además por el miedo que los seres humanos han tenido por su capacidad natural e innata de acceder al universo espiritual, o bien por las débiles bases de la filosofía que determina la supuesta verdad que confronta el análisis de la inteligencia crítica.

Los misterios de estos fenómenos están tan distantes y lejanos como nos queramos situar, y él ser voluntarioso no resuelve nada ya que siempre es necesario aceptar el desafío que plantea el conocimiento de cada uno de los pasos del proceso de este conocimiento, que impone utilizar tanto el mecanismo intelectual como intuitivo para comprender lo que sucede en los fenómenos tanto comunes y corrientes como sucesos extraordinarios que involucren los planos de una realidad poco transitada.

Tanto los conocimientos presunciones y propuestas que suceden en los fenómenos del espiritismo pueden ser evaluados objetivamente, no como una verdad revelada, ni como una doctrina a la que deba creerse ciegamente pues cada quien puede interpretarlo a la luz de la experiencia, ya que el universo espiritual puede aportarnos cierta claridad en la medida en que nosotros mismos actuemos en la claridad u obscuridad, sí anteponemos o no al examen de los hechos de los prejuicios y los errores ya que se es alumno antes que maestro y virtuoso aun antes que santo.

El espiritismo natural se refiere a técnicas espirituales mediúmnicas no a creencias ni liturgias. El rito propiamente dicho forma parte de la estructura espiritista de su historia y evolución que en la percepción de la sociedad lo ha asociado más con la fe y a la magia tanto como a lo oculto.

Las unidades de los médiums se han agrupado en torno a las percepciones extrasensoriales que forman parte del “Yo absoluto” que conviven con las facultades humanas más sutiles y profundas y que para aceptarlo se debe asumir que el espíritu existe como tal y que ninguna comprobación de su realidad resulta efectiva si no se realiza a través de los médiums y que para ponerla en práctica es indispensable estar por lo menos mínimamente persuadidos de la existencia real de los espíritus.

De hecho, desde esta perspectiva no habría manera de investigar la realidad casuística de estos fenómenos si antes no se abre la mente a los hechos que nos proporcionan pistas serias, evidencias contundentes o al menos indicios de alguna veracidad como una afirmación básica, esto no se trata un acto de fe, ya que si se pretende hacer una investigación se puede encontrar al menos una hipótesis plausible de que los espíritus son objeto de estudio.

Para tal caso primero es necesario despojarse de la negación espontanea, que es aquella negación que se hereda del bagaje cultural y nos predispone al desinterés; esto sin abandonar el pensamiento crítico. También despojarse de la duda y del moderado inconformismo con las explicaciones para hacer uso correcto de las herramientas que nos brindan en el análisis.

También hay que considerar que alejarse de lo ritual y no añadir pasiones ajenas al estudio de la mecanicidad mediúmnica. Así como ningún hombre teme caminar o mirar, tampoco hay que temer la utilización de otros medios de percepción no frecuentes para poder acceder a otros ámbitos de la realidad que son inaccesibles a nuestros tradicionales sentidos físicos. Una negación a priori es solo un reflejo cultural.

El espíritu como tal se debe entender como una sustancia original: de una composición fluida de naturaleza etérica que por su peculiar vibración, no puede ser detectada a simple vista ni con instrumentos para explorar su realidad material, su composición no forma parte de los elementos químicos de la tabla periódica ni consiste en ondas o energía subatómica, a pesar de ello los ocultistas sostienen que este fluido no tan solo es efectivo, sino que genera su propia realidad material.

Existen dos maneras para referirse a los espíritus dependiendo de su estado; el primero es como “primordial” o “natural” estas son las entidades que existen dentro de su propio medio etérico. El segundo estado corresponde a lo que se llama “espíritu encarnado” tal como los seres vivos, tal como nosotros.

Con esto se deduce que aún la materia inanimada se encuentra ligada a lo espiritual. La diferencia crítica entre los seres vivos y el resto de la materia resiste en que la unidad espiritual adquiere un cuerpo adecuado para realizar un propósito determinado dotándolo de una dinámica ideal para moldear su entorno y adaptarse a las condiciones y alcanzar así su objetivo. El ser humano producto de “dos mundos” que en apariencia son muy distintos, son el resultado de la simbiosis que lo constituye como un verdadero canal de interacción entre ambos mundos: el espiritual y el material.

Los elementos que componen el cuerpo humano, son parte del universo físico, pero que está adaptado a ser una guía etérica que se perfecciona a través de las eras. El cuerpo material no está amalgamado con el espiritual, sino que están acoplados. Por esta razón los dos planos poseen independencia aunque exista entre ambos una verdadera comunión y una particular convivencia, cuyo resultado inmediato es la individualidad o sea el “Yo consiente”.

Así que hablamos de dos estados; el de la unidad en su medio espiritual y el de la unidad encarnada en la materia. En el caso de los seres humanos la interrelación de esos dos planos o mundos es lo que da lugar a la existencia de los canales o filtros que se adaptan a esa interacción, a lo que se llama mediumnidades, y cuyo cometido primordial es enlazar la unidad inteligente con el medio que resulta de la convergencia de los dos planos.

Según los espiritistas, el espíritu es una masa fluídica relativamente pequeña, de unos 200 centímetros cúbicos aproximadamente, la cual no posee una forma específica. La que ante la visión de algún médium se presenta como una nebulosa algo iluminada de acuerdo a su propia condición.

El espíritu “encarnado” posee un periespíritu que consiste en una envoltura fluídica la cual adquiere formas reconocidas lo que permite su identificación, ya que la unidad inteligente está conectada en esos momentos a la materia y por lo tanto se puede adaptar a las lo complejo de la simbiosis de la realidad y así consigue el “Yo consiente”.

Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.