Civilizaciones desaparecidas

Autor: José Miguel Parra Ortiz

Los sacerdotes en el antiguo Egipto, para quienes vivimos en un estado laico, pero en el cual la religión católica ha tenido una importante influencia, el sentido de la religiosidad egipcia es ajeno.

S ólo aquellos que en un momento de su vida la han sentido pasan a convertirse en sacerdotes, y eso tras un importante período de formación. En principio, todos los que sientan la vocación pueden ser acogidos en la jerarquía eclesiástica católica. En Egipto no sucedía nada semejante. En realidad, parece que hubiera sido justo al contrario, pues sólo una persona de los millones que llegaron a habitar a orillas del Nilo estaba cualificada para penetrar en el mundo de los dioses: el faraón.

La labor fundamental del monarca de las “Dos Tierras” era mantener la Maat, el equilibrio del mundo, y sólo quedaba cualificado para hacerlo tras su coronación. Gracias a ella penetraba en una nueva dimensión, que lo situaba en un nivel casi divino, pasando a estar capacitado para actuar como intermediario de toda la humanidad ante los dioses. En el mundo no existía nadie más que osara atreverse a pensar en usurpar tamaña responsabilidad. Sin embargo, aunque la ideología faraónica era capaz de separar al monarca del común de sus súbditos, no poseía medios para concederle el don de la ubicuidad.

El faraón era divino, pero no tanto. Si deseaba que en todos y cada uno de los templos egipcios se celebrara el culto de forma regular, no tenía más remedio que delegar las labores sacerdotales en personas escogidas para ello. Para que no hubiera posibilidad de equívoco sobre quién era realmente el encargado de realizar el culto diario, en la decoración de los templos egipcios sólo aparece una figura: el soberano de las “Dos Tierras”.

Ya desde la fachada misma de los pilonos le vemos como mantenedor del equilibrio del mundo, pues allí aparece maza en alto, dispuesto a golpear a unos enemigos vencidos. En el interior del templo había numerosas imágenes del faraón presentando ofrendas a los dioses y actuando como único sacerdote del país. Por lo tanto, el sacerdote egipcio no era, como se pudiera pensar, alguien imbuido de un profundo sentimiento de humildad, deseos de perfección personal y ansias por difundir la verdad de la palabra revelada de Dios. Si llegaba a penetrar en la casa de la divinidad era porque el faraón lo había nombrado para el cargo.

El sacerdote egipcio era, sencillamente, un funcionario público que aceptaba gustoso la tarea por los indudables beneficios, tanto sociales como económicos que el cargo conllevaba. Ni siquiera necesitaba una preparación especial para desempeñar sus funciones; una vez aprendido el ritual, no tenía sino repetirlo cuantas veces fueran necesarias mientras ejercía su cargo. En el Egipto faraónico, para desempeñar con decoro y exactitud las funciones sacerdotales no era necesario ningún sentimiento místico por parte del oficiante; bastaba con ser nombrado para el cargo.

Como sucede siempre entre el funcionariado del Egipto faraónico, no existe un escalafón rígido entre los distintos cargos sacerdotales, pues el título podía variar con el tiempo o el templo al que perteneciera. No obstante, sí se puede observar una cierta estructura. En primer lugar se encontraba el “sirviente del dios” –hem-netjer–, que los griegos nos han hecho llegar como “profeta del dios”. Eran los sacerdotes principales y sus funciones tenían que ver sobre todo con los templos, más que con los cultos funerarios. Participaban en la vida económica de éstos, realizaban los rituales y preparaban las ofrendas. Eran de los pocos privilegiados que podían penetrar en el sancta sanctórum y ver la estatua del dios.

Por encima de ellos existía la figura del “Supervisor de los sirvientes del dios”. Un cargo sacerdotal inferior era el de “sacerdote wab”, o “sacerdote puro”. Se trataba de las personas encargadas de manejar los objetos sagrados y realizar determinadas actividades culturales, aunque no podían penetrar en la parte sagrada del templo para ver al dios.

Para que el ritual se desarrollara correctamente, y las palabras y los gestos que realizaba fueran los precisos, el oficiante contaba siempre con la ayuda de un sacerdote lector –hery-hebt–, encargado de ir leyendo los gestos y acciones que había que realizar, además de recitar las oraciones correspondientes a cada fase de la ceremonia, según aparecían escritos en los papiros. En las representaciones murales, este tipo de sacerdote se caracteriza por llevar una banda de tela cruzada sobre el pecho.

El personal del templo se completaba con una serie de personal fijo formado por escribas y empleados varios, encargados de llevar las cuentas y de realizar las labores menos lucidas, como la limpieza, la evisceración de los animales sacrificados, etc. Sólo a partir del Reino Nuevo se convirtieron los cargos sacerdotales en algo permanente, en un puesto definitivo que el funcionario ocupaba teóricamente hasta su muerte –o una reorganización del organigrama decidida por el faraón–. Hasta entonces, durante todo el Reino Antiguo y Medio –la época de las grandes pirámides–, el cargo de sacerdote se ocupaba de forma cíclica. Cada diez meses y durante un período de 30 días –un mes egipcio–, un funcionario pasaba a desempeñar labores propias de un sacerdote en un templo funerario real.

Mientras tanto, no dejaba de seguir ocupándose de las obligaciones de sus otros cargos en la Administración. Como vemos, desempeñaban esta labor como una obligación más dentro de su carrera. Para los egipcios tampoco resultaba nada raro este sacerdocio a tiempo parcial, pues en su vida común todos tenían la obligación teórica de oficiar como sacerdotes. Para los hijos era perentorio realizar el funeral de sus padres –incluida la ceremonia de la “apertura de la boca”– o estarían faltando a una de sus principales obligaciones morales.

Al encabezar la ceremonia y realizar los ritos necesarios estaban actuando en calidad de sacerdotes sem. Una labor para la cual habían de vestir una piel de leopardo sobre sus ropas, como signo de su categoría. Este punto tenía tanta importancia ideológica, que el encargado de oficiar los funerales del faraón se convertía en su sucesor, pues al hacerlo había actuado como su hijo. No importa que no hubiera sido engendrado por él.

Por este motivo, en la tumba de Tutankhamon vemos al general Ay –de mucha más edad que el difunto soberano– representado en la pared realizando las labores propias de un sacerdote sem. Vestido con su piel de leopardo y con la azadilla –llamada peseshkef– empleada en la “apertura de la boca”, Ay se presenta ante la eternidad como el “hijo” y sucesor del difunto faraón, legitimando de este modo su acceso al trono.

Así se explican también las prisas de Senuseret I, en el relato de Sinuhé, por llegar al palacio tras conocer la noticia del asesinato de su padre; no fueran los magnicidas a adelantársele. Más le valía estar allí antes de que nadie pudiera organizar los funerales regios… No era la única ocasión en que los egipcios “normales” tenían que ejercer como sacerdotes, pues cuando se ocupaban de mantener el culto funerario de sus padres e iban a la tumba a depositar ofrendas, lo hacían en calidad de sacerdotes ka. No obstante, desde muy temprano, este tipo de rituales se fue haciendo más complejo, por lo que no tardó en aparecer un grupo de profesionales encargados de desempeñar estas labores.

La conversión del sacerdocio en una profesión a tiempo completo coincidió con importantes cambios sociales –Egipto se convirtió en una de las potencias dominantes del Mediterráneo oriental–; cambios que también se vieron reflejados en la arquitectura religiosa, pues fue entonces cuando los templos adquirieron la forma definitiva y estándar que tan familiar nos es hoy. Hasta el Reino Nuevo, en Egipto existieron tres tipos principales de templos: los provinciales, los que acompañaban a las pirámides y los solares. Los templos provinciales tenían cada uno su propia idiosincrasia, siendo todos ellos diferentes entre sí, como el de Elefantina –una habitación construida al abrigo de un gran afloramiento de granito–, y Medamud –un recinto sagrado con dos colinas situadas en ángulo recto y dos sinuosos túneles excavados en su interior, cada uno de los cuales terminaba en un santuario–.

En ellos se adoraba a los dioses protectores de la ciudad donde estaban ubicados. Los templos solares constaban de un pequeño templo bajo, una calzada de acceso y un templo alto, que consistía en un patio con un gran obelisco en el centro. Su función no está muy clara, pues sólo se construyeron durante la V Dinastía; pero parecen haber sido una especie de templos funerarios para el dios Sol. Por su parte, los complejos piramidales contaban nada menos que con tres estructuras templarias: templo bajo, calzada de acceso y templo alto, de las cuales sólo de la última podemos seguir la evolución. Los templos altos también tardaron algunas dinastías en conseguir su planta estándar, dividida en una parte interna y una externa.

La externa terminó siendo un vestíbulo de acceso –llamado “casa de los grandes”– seguido de un patio columnado –llamado “patio weshkhet”–, todo ello flanqueado por almacenes; la parte interna, separada por un corredor transversal, constaba de una habitación con cinco nichos –llamados “cavernas”– para estatuas del faraón y, justo detrás, un santuario con una gran estela de falsa-puerta, todo ello rodeado por más almacenes. En estos templos se rendía culto al faraón difunto.

Fuente: http://www.akasico.wanadoo.es/akasico/html/carticulos/47501_1.html

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Comentarios

  • Hola Daniel!

    Es una opinión magistral y me gusta este punto de vista que combina el conocimiento histórico, arqueológico y político para opinar sobre este tipo de temas como el de las civilizaciones desaparecidas y la religiosidad de los publos.

    Te invitaría que tan vasta e informativa respuesta también la pusieras como artículo de blog para que quedase lista para que el gran publico que sigue estos temas pueda tenerla a mano.

    De verdad tanto el artículo como la opinión valiosísimos.

    2761291?profile=original

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