Diario personal: Cuidando los Mellizos

Diario personal: Cuidando los  Mellizos

 

 

Autora; Vanesa Ruiz García

Sí, si como bien dice el titulo de este nuevo relato, en ese día cuidemos de mis primos de un año y medio de edad, mellizos. Todo empezó, cuando su madre, apareció esa mañana, preguntando si nos podíamos quedar con ellos, y su hija de 4 años, de mientras ella, hacía unos pocos de recados. Nosotros no vimos inconveniente de ese echo, y aceptemos, aprovecharíamos para ir al supermercado hacer unas comprar, ¿por qué negarlo? me hacía gracia ir con ellos, así iría practicando, para cuando me toque ser mamá.

Nuestra idea era la siguiente: subir a mis rodillas a Mar (la hermana de 4 años de los mellizos) yo llevando la silla de motor, Emmanuel llevando el cochecito de los mellizos. Pero fue empezar el recorrido de esta forma, y Mar empezó a llorar, que quería ir con su madre... El berrinche se le hubiese pasado pronto, si no hubiese visto a su madre, que viendola llorando, la cogió en brazos, ya claro, ya la niña, no había quien la despegara de ella. Madre e hija marcharon, nosotros nos quedemos con los más pequeños, y sus peluches, Aitor; un elefante, y Joel; un perro, que en menos que nos dimos cuenta, el perrito ya estaba en medio de la acera, nosotros a cierta distancia por delante. Fui consciente, por pura casualidad, aun suerte de ello, porque sin esos muñecos, ellos no saben dormir. Se lo entreguemos, pero en todo el trayecto, fueron visitando el suelo varias veces, así que opte, por sostenerlos en mi falda, de tanto cantando para distraerlas, y dejaran de quejarse.

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No podía faltar la mirada de quien nos encontraban, una mirada y alguno dijo: "¡hay pobre chico, la mujer discapacitada, y encima mellizos!" yo me sentía contenta por poder tener la oportunidad de tener esa oportunidad, de poder fijarme de como moverme, espabilarme, ante esos dos revoltosos... Entremos en un gran supermercado, del pueblo en cada parada que hacíamos los niños se quejaban e iniciaban a llorar, les entregué sus peluches, pero en poco volvían a estar en el suelo, así que nada, de nuevo esos animales conmigo. Los lloros y protestas aumentaron, el deseo de atrapar todo lo que había a su paso, nació, exacto, el pasillo de las patatas de bolsa, ganchitos, golosinas... les abrí, una bolsa, solo necesitaban el código en caja, de mientras que fueran comiendo, o en otras palabras distrayéndose, de tanto Emmanuel y yo acabábamos de comprar. No, no les di la bolsa a ellos, porque sino adiós ganchitos, no precisamente en su boca... la sostuve en mi mano libre, cuando empezaban a protestar les daba uno a cada uno, el problema es que en segundos acababan, pero nada, a protestar un poco se ha dicho.

Al salir nos encontremos con mi jefe, que como habíamos quedado, me iba a entregar más números del extra de Agosto. Emmanuel no se le ocurrió nada mejor, que decirle, que eran nuestros hijos, yo no tardé en rectificar la realidad. No tardemos en marchar, en el mismo recorrido a nuestra casa. Los peques no tardaron en dormirse, con sus peluches en mano. Fue cerrar la puerta de casa, llamaron al timbre, Mar y su madre, ya habían llegado. Sinceramente la experiencia, había valido la pena.

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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