Iztaccihuatl: La conmovedora leyenda de amor

Iztaccihuatl: La conmovedora leyenda de amor

Parte I: La Guerra de los Dioses

Después de la batalla cuando las huestes de guerreros del Imperio azteca regresaban de la guerra, ni los teponaxtles ni las caracolas ni el héhuetl sonaban como lo habían hecho en los templos y calles, ni las chirimías esparcían su aflautado tono en el vasto valle del Anáhuac, todo esto era señal de solo una cosa, el ejército azteca volvía de la guerra derrotado, los Caballeros águila, los Caballeros Tigre, y su capitán Coyote traían sus penachos rotos, sus rodelas rotas y sus ropas desgarradas hechas jirones y ensangrentadas tremolando al viento.

También los braseros se mantenían apagados  y vacíos, no hubo sahumerio para festejar, tampoco los pebeteros de barro dejaban ver al dios Tezcatlipoca, el terrible dios de la Guerra. En los templos y cuarteles los estandartes se mantenían recogidos, así mismo el Consejo de Sabios esperaban pacientemente a que los guerreros aztecas les dieran la explicación de tan estrepitosa derrota.

Durante dos lunas se habían batido valientemente y con gran esfuerzo ni dando ni pidiendo tregua, pero a pesar de su heroica lucha y de sus amplios conocimientos en estrategia y tácticas aprendidas en el Calmecac (academia de guerra del Imperio mexica), a pesar de ello, estos guerreros volvían diezmados y maltrechos, con sus escudos rotos, sus masas igualmente rotas, y sus macuahuitls desdentadas (un arma del México prehispánico parecido a una espada con obsidianas incrustadas). Eso sí, hubo algo en favor de esos valientes, que les resguardo el honor militar: la mayor parte de la sangre derramada en la batalla, fue la de sus enemigos.

Dios de la Muerte azteca

A la entrada de la gran ciudad Tenochtitlán, al frente del contingente venia un guerrero águila que a pesar de su tristeza, su desencanto y de traer sus ropas desgarradas y el penacho de plumas multicolores, revuelto, él conservaba su gallardía, altivez y orgullo por su estirpe.

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Iztaccihuatl y Popocatepetl: La épica leyenda azteca: Parte II

Xochiquétzal y el guerrero

Ya hacia largo tiempo que un grande y bien armado ejército de los mejores guerreros aztecas intentaron conquistar las tierras del sur de la península mexicana, allá donde moraban los olmecas, los xicalanca, los zapotecas y los vixtotis, a quienes consideraron e intentaron  sojuzgar y poner bajo el señorío de Tenochtitlán. Y fracasaron por primera vez, dos ciclos lunares después lo volvieron a intentar -pensaron que ahora si estaban mejor preparados-, y sin embargo, de nuevo regresaron abatidos y llenos de vergüenza.

Ahora también era momento de que esos hombres ocultaran su rostro, las mujeres lloraban y presurosas corrían a esconder a sus hijos para que no fueran testigos de tan deshonroso regreso a la nación azteca.

Entre los habitantes había una mujer que no lloraba y atónita miraba a aquel singular guerrero que con su altivez y ojos serenos quería demostrar a la multitud que había luchado con denuedo y que había perdido en buena lid, contra un ejército mucho mayor de los hombres de los países del sur del México prehispánico

Esta mujer se sintió subyugada y palideció, su rostro se tornó tan blanco como los lirios del lago al sentir la mirada de aquel imponente guerrero azteca, cuando este le clavo la mirada de sus vivases ojos oscuros. Xochiquétzal se llamaba esta bella dama y cuyo nombre significa “hermosa flor”, ella sintió que se marchitaba de improviso, si porque ese guerrero era su amado y a quien le había jurado amor eterno.

Ella se revolvió furiosa buscando con odio a su marido el señor tlaxcalteca quien con mentiras y engaños la había hecho su esposa, jurándole que el guerrero azteca había muerto en la campaña.

Con rabia le gritó:

“¡Me has mentido hombre vil y más ponzoñoso que el propio Tzompetlácatl (Dios Escorpión), me has engañado para poder casarte conmigo!, ¡Pero yo no te amo, porque siempre lo he amado a él!”

 

Xochiquétzal, lanzó más de mil insultos contra el falaz  tlaxcalteca, desesperada levanto la orla de su huipil y echo a correr por la llanura, gimiendo su gran desventura de amor, cuando el guerrero azteca volteo para mirarla sin más la vio alejarse reflejando su grácil figura  sobre la irisadas superficies de las agua del lago de Texcoco.

Él la vio correr seguida por su marido, aquel malvado tlaxcalteca, y pudo comprobar que ella corría desesperada, entonces se le conmovieron las entrañas y apretó fuertemente su macuahuitl (su arma de guerra) y separándose de inmediato de las filas de su ejército que marchaba humillado y se lanzó a seguir a los dos.

El marido casi alcanzaba a la hermosa  Xochiquétzal, cuando el guerrero azteca alcanzó al despreciable tlaxcalteca, en ningún momento hubo intercambio de palabras ni explicaciones, todas palabras y razones sobraban, el tlaxcalteca de improviso sacó debajo de su tilma un venablo y el azteca esgrimió su macuahuitl dentada de jaguar, obsidiana y jabalí que en el aire chocaron el amor y la mentira.

El venablo con punta de pedernal buscaba clavarse en el pecho del guerrero, el azteca furioso lanzaba golpes que buscaban impactarse en el cráneo de quien le había robado a su amada engañándola vilmente.

La lucha duró algún tiempo mientras ellos estaban cruzados en una ruda pelea se iban alejando del valle, entre lagunas limosas donde saltaban ajolotes y ranitas verdes. El tlaxcalteca defendía a su mujer y su mentira, el guerrero mexica defendía el amor de la mujer a quien amaba y quien era el motivo principal que regresara al Valle de Anáhuac.

Por fin, ya cerca del atardecer, el valiente guerrero azteca pudo herir de muerte al tlaxcalteca, quien desesperado huyó hacia sus tierras. El vencedor por el amor y verdad regresó a buscar a su amada, pero para su sorpresa la encontró tendida para siempre, la encontró muerta a la mitad del valle. Desesperado él grito “¡Porque!” Aunque él sabía, que una mujer tan honorable, que amó como ella, ya no podría vivir soportando la pena y la vergüenza de haber sido de otro hombre.

 

Iztaccihuatl y Popocatepetl: La épica leyenda azteca

Tercera parte: El canto del C enzontle

Angustiado el guerrero azteca se arrodilló a su lado y lloró con los ojos y el alma, con gran tristeza cortó las flores más maravillosas de Xoxocotzin, y cubrió el inanimado cuerpo de la bella Xochiquétzal, de las flores hiso una corona y se la colocó en las sienes y encendió un  incensario  con copal, a ese lugar llegó un pájaro zenzontle (Centzontli) que imitaba el canto de otros pajarillos por lo que su nombre significa “400 trinos”. En ese momento esta ave emitió 400 cantos diferentes todos ellos tristes. También el cielo se llenó  de nubarrones, es como si alguien los hubiera observado y sintiera pena por su dolor, por ese lugar cruzó Tlahuelpoch, el mensajero de la muerte.

Iztaccihuatl y Popocatepetl: La épica leyenda azteca

Cuarta parte: La Montaña humeante

Cuenta la antigua leyenda que en algún momento se estremeció la Tierra y un gran relámpago atronó por el espacio, hubo un cataclismo del que no se tenían noticias ni en las tradiciones orales de los tlachiques, que son los viejos sabios y adivinos, ni de los tlacuilos que eran los escribas mexicas de los códices. Todo tembló y se nubló, cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se hizo tenebroso, las gentes del Anáhuac se llenaron de temor.

Al amanecer estaban allí, donde antes era un valle, dos montañas nevadas, una tenía la forma inconfundible de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas, y la otra montaña, alta y elevada que adoptaba la figura de un legendario guerrero azteca arrodillado junto a los pies nevados de su amada. Eran unas impresionantes esculturas de hielo. A partir de ahí las flores que crecen en las montañas se llaman Tepexóchitl.

La legendaria historia cuenta que desde esos días que esos dos volcanes vigilan el hermoso valle del Anáhuac, y se les dio el nombre de Iztaccíhuatl, que significa “Mujer Dormida”, y Popocatépetl que quiere decir “Montaña que humea

Sin olvidar al cobarde y engañoso tlaxcalteca, y según cuenta la leyenda fue a morir  desorientado muy cerca de su tierra, también se hizo montaña y se cubrió de nieve a la que nombraron Poyautecatl que quiere decir “Señor del Crepúsculo” o “Señor crepuscular”. Posteriormente le cambiaron de nombre a Citlaltepec o “Cerro de la Estrella” que desde lejos vigila el sueño eterno de los dos trágicos amantes y que por lo lejos ya nunca los podrá separar.

Para conocer los tiempos en que ocurrió esta epopeya dice la leyenda que eran los tiempos en que se adoraba al Dios Coyote y al Dios Colibrí, siendo estas montañas dioses en el panteón azteca, porque de sus faldas surge el agua que vivifica y da fertilidad a los campos desde tiempos prehispánicos.

Durante muchos años, a partir de aquella triste y a la vez conmovedora leyenda, las doncellas que morían por amores desdichados, eran sepultadas en las faldas del Iztaccíhuatl, la mujer que murió de pena y amor, aquella alma serena que contempla a su amado en silencio.

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Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.

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