Leyendas de México: Popocatépetl e Iztaccíhuatl, los volcanes y el amor eterno

Esta es una leyenda sobre sobre ambos volcanes y una historia sobre el amor eterno de dos personas que dio pie a la siguiente historia. Aunque no se sabe cuál fue la primera versión[1] te contaré esta que se remonta siglos atrás, hasta los tiempos del Imperio Azteca:

Un triste día regresaron de la guerra a la Gran Tenochtitlán las huestes del imperio azteca derrotadas, en esta ocasión no hubo fiesta ni se dejaron escuchar los teponaxtles, ni las caracolas, ni el huéhuetl que en tantas otras batallas habían hecho rebosar de alegría en calles y templos.

Las chirimías tampoco esparcieron su aflautado tono en toda la amplitud del Valle del Anáhuac. Todo esto era indicio de sólo una cosa: Que el poderoso ejército azteca volvía de una desacostumbrada derrota de una batalla desigual.

Los Caballeros Águila, los Caballero Tigre precedidos por el Capitán Coyote, venían con sus rodelas rotas sus penachos destrozados y sus ropas que tremolaban al viento hechas jirones todos ellos ensangrentados.

En esta ocasión los braceros se mantuvieron apagados y sin incienso no había caso para celebrar con sahumerio, así mismo los pebeteros de barro no dejaron mostrar la figura de Tezcatlipoca (el dios “cojo” de la guerra), los estandartes estuvieron recogidos y los viejos sabios tlatoanis ansiosos aguardaban el momento en que los guerreros les dieran la explicación de la anormal derrota.

Ya había pasado un buen tiempo que un grande y bien armado contingente de guerreros aztecas habían salido a conquistar más tierras al sur de su territorio, en lugares que moran los olmecas, los xicalancas, los zapotecas y los vixtotis. A estos pueblos a los cuales ya era consideraban preciso anexar al enorme señorío azteca.

Habían pasado ya dos ciclos lunares y todos pensaban en el triunfo y conquista, pero en cambio habían regresado abatidos y llenos de vergüenza.

Durante dos lunas lucharon con gran esfuerzo, sin dar ni pedir tregua pero a pesar de su valiente lucha y de los amplios conocimientos sobre las técnicas de guerra que aprendieron en el Calmecac (Academia de Guerra) volvieron derrotados y diezmados, con las mazas rotas, las macanas rotas y desdentadas, los escudos maltrechos, pero si algo tenían a su favor y honra era que la sangre que los cubría, era de sus enemigos.

Al frente de estas humilladas huestes venía triste y desencantado un guerrero azteca que sobresalía por su gallardía y altivez, que a pesar de traer desgarradas sus ropas y revuelto su penacho de plumas multicolores conservaba el orgullo de su estirpe.

La vergüenza hacía que estos guerreros ocultaran su rostro; las mujeres lloraban y corrían a esconder a los niños para que no fueran testigos de tan deshonroso regreso.

Pero había una mujer que estaba asombrada y no lloraba, atónita miraba al adusto guerrero, quien  con su talante altivez y sus ojos serenos que  con esa actitud quería demostrar que había luchado y perdido en buena lid contra un abrumador número de guerreros de las razas del Sur.

Esta mujer palideció y su rostro se tornó tan blanco como el lirio de los lagos cuando la mirada del valiente guerrero azteca se cruzó con la de ella. El guerrero clavó sus ojos vivases y obscuros en su rostro. Xochiquétzal (hermosa flor) sintió que se desfallecía de improvisto ya que aquel guerrero era su amado a quien había jurado amor eterno.

Xochiquétzal se revolvió furiosa para ver con profundo odio al capitán y embajador tlaxcalteca quien la había hecho su esposa sólo algunas semanas antes a base de engaños y mentiras, jurándole que su amado guerrero azteca ya estaba muerto en las batallas de conquistas del Sur.

Perdiendo el control le gritó:

-¡Me has engañado! Hombre vil y ¡más ponzoñoso que el mismo Tzompetlácatl (escorpión)!, ¡Me has engañado para poder casarte conmigo! Pero sábelo ¡Yo no te amo! Lo amo solo a él.

Así es como la desventurada Xochiquetzal lanzó mil insultos al falaz tlaxcalteca, desesperada levantó la orla de su huipil y se echó a correr por la llanura a las afuera de la gran Tenochtitlán, llorando y gimiendo su intensa desventura de amor. Al abandonar la ciudad, su grácil figura se reflejaba sobre las irisadas superficies de las aguas del gran lago de Texcoco así la vio el guerrero azteca cuando volteo a buscarla.

Detuvo su marcha cuando también vio al tlaxcalteca correr tras ella, comprobando que corría despavorida huyendo de este. No fueron necesarias las explicaciones: el valiente guerrero comprobó que el tlaxcalteca había actuado vilmente. Entonces apretó con furia su macana y separándose de las filas de los guerreros humillados se lanzó en seguimiento de la pareja.

Pocos pasos separaban a la hermosa Xichiquetzal de su despreciable marido quien casi la alcanzaba, pero le dio alcance el ágil guerrero No hubo intercambio de palabras porque estas salían sobrando. Intempestivamente el tlaxcalteca sacó un cuchillo de pedernal que astutamente llevaba oculto debajo de su tilma y el azteca esgrimió su macana dentada con colmillos de jaguar y jabalí así es como chocaron el amor sincero y la mentira.

El cuchillo con su erizada navaja de pedernal buscaba impactar en el pecho del guerrero y este a su vez mandaba furiosos golpes con su macana directamente al cráneo de quién le había robado el amor de su amada haciendo huso de arteras engañifas.

Fue una lucha sin cuartel, trenzados en mortal combate fueron alejándose de valle trenzados en la más ruda pelea entre las lagunas en donde a su paso saltaban los ajolotes y ranitas verdes de las orillas limosas.

Toda la tarde duro aquel mortal duelo.

El capitán tlaxcalteca defendió hasta la muerte a su mujer y su mentira, el guerrero azteca defendió el amor de la mujer a quien amaba y por quien tuvo motivos suficientes de regresar con vida de las batallas.

Ya casi al atardecer, por fin el azteca pudo herir de muerte al embajador tlaxcalteca quien al sentirse mortalmente herido huyó hacia su territorio. El vencedor por amor y verdad presuroso regresó a buscar a su amada Xochiquetzal, pero al encontrarla su desconcierto fue mayúsculo, pues la encontró tendida en el suelo ya sin vida a mitad del valle.

Porque una mujer que amó como ella ya no podía vivir soportando la pena y vergüenza de haber sido de otro hombre que no le importó que hubiera sido a base de mentiras.

Desesperado el guerrero azteca se arrodilló a su lado y lloró, lagrimas salieron de sus ojos y de alma, incorporándose cortó maravillosas flores de xoxocotzin y con ellas tiernamente cubrió el cuerpo inerte de su hermosa Xochiquetzal, también coronó las sienes de su amada con estas fragantes flores y trayendo un incensario quemó copal.

Hasta ese lugar tiernamente llegó un cenzontle, esa ave que imita los cuatrocientos cantos de otros pajarillos (su nombre quiere decir precisamente “400 trinos”) así cuatrocientos dulces cantos les entonó esta ave a tan desdichada pareja.

De pronto el cielo se cubrió de nubarrones, era como si los dioses los estuvieran mirando y sintieran pena por su dolor, por ese lugar cruzó Tlahuelpoch, el mensajero de la muerte.

La leyenda cuenta que en ese preciso momento se estremeció la tierra y un poderoso relámpago atronó por el espacio, fue tan grande el cataclismo que no había tradiciones orales de los tlachiques (viejos sabios y adivinos) ni de los tlacuilos (escribanos) hubieran escrito en los famosos códices.

Todo tembló y se nubló la tierra. De pronto cayeron piedras de fuego sobre los cinco lagos, el cielo se tornó tenebroso y todos los habitantes del Anáhuac se llenaron de pavor.

Fue una noche larga y desesperante, al amanecer había ocurrido algo sorprendente: en donde un día antes era un valle, había dos montañas nevadas. Una tenía la forma inconfundible, la de una mujer recostada sobre un túmulo de flores blancas, y la otra montaña era alta y elevada adoptando la figura de un guerrero azteca arrodillado. Junto a los pies nevados de su amada, todo esto es una magnifica escultura de hielo. Desde ese día las flores que crecen en las montañas se llamaron tepexóchitl.

A partir de esa hazaña se entiende que esos dos volcanes vigilan el hermoso valle del Anáhuac y se les dio el nombre de Iztaccíhuatl (Mujer dormida) y Popocatépetl (Montaña que humea).

A partir de aquella triste y conmovedora leyenda de amor, a las doncellas muertas en amores desdichados o por malos amores eran sepultadas en las cercanías del Iztaccíhuatl porque aquella hermosa Xochiquetzal que murió de pena y amor aquella alma serena que aún mira y contempla a su amado en silencio.

Pero al cobarde y engañador tlaxcalteca, según continua la leyenda también fue alcanzado por la conflagración de los cielos, ya que fue a morir herido y desorientado  muy cerca de su tierra, también se hizo montaña nevada, primero le pusieron por nombre Poyautecatl (Señor Crepuscular) y posteriormente Citlaltépetl (Cerro de la estrella) y que desde lejos vigila el sueño eterno de los dos amantes a quienes ya nunca podrá separar.

Aquí se ofrece un fragmento en idioma español y náhuatl.

 

Oyohualli ihcahuacan teutli in popocha          Donde resuenan los cascabeles el polvo sube

Ahuitilo ipalnemohuani                                        es deleitado el dador de vida

Chimalli xochitl in cuepontimani                        abren sus corolas las flores al escudo

In mahuiztli moteca molinia in tlalli                  el terror se difunde, se estremece la tierra

Ye nican  ic xochimiicohua aya -                           Aquí se adquieren las flores  así-

In ixtlahuatl itec                                                        en medio de la llanura

 

Onca tonaz                                                                 Allá saldrá el sol

Onca tlathuiz                                                             Allá aparecerá la luz

Onca yazque                                                               allá apareceremos

Ayamo nican.                                                              No más aquí.           

 

Bibliografía:

 

  • Sodja, Carlos franco, Leyendas Mexicanas de antes y después de la conquista,México, Edamex, 17va. edición, 1988, 2005.
  • Flores, Vicente, Y después del túnel, México, Palibrio, 2016.
  • Comparán Rizo, José, et al, Lecturas Didácticas, México, Umbral, 2005.

 

[1] Flores, Vicente, Y después del túnel, México, Palibrio, 2016.

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Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.

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