M.A.C. Capítulo treinta y cinco

Eran principios de abril, Vanesa se encontraba en la parada (tal como decía ella) Hacía sol, sin viento. Un día esplendido, típico de primavera. Vanesa se encontraba de demasiado buen humor, no tenía constancia del porqué, pero si sabía, que cuando eso pasaba, algo malo venía detrás, aunque en ese día no le dio importancia.

  • Hola Vanesa –era la vecina de enfrente.

  • Ei hola ¿qué tal? –saludó Vanesa alegremente.

  • Vanesa, algo raro está pasando, hemos escuchado un estallido, venía de tu piso. Hemos escuchado como tu novio gritaba tu nombre. Mi marido y yo, hemos llamado al timbre, para ver si estaba bien, si necesitaba algo, pero no abierto, hemos oído como si cayera al suelo, los gritos han cesado, pero el perro no ha dejado de ladrar como un loco.

  • Gracias… gracias por avisarme, me voy a casa ¿pueden hacerme un favor? ¡llamen una ambulancia! ¡con urgencia por favor!

  • Eh niña ¿Dónde vas? ¡quiero dos cupones!

  • Lo siento tengo que irme –arrancó la silla metida en quinta, sin tardar en llegar a su piso. Le temblaban las manos, no podía abrir la puerta. Paso una chica joven que se la abrió. La ambulancia no había llegado. Pero ella no tardo en ir al piso. Totó ladraba con fuerza. Problemas temió que no se escapara cuando tuviera oportunidad. Cuando logró cerrar la puerta lo vio, a Aaron, caído en el suelo, con convulsiones en todo su cuerpo, sus ojos en blanco ¡estaba teniendo un ataqué! El telefonillo la sobresaltó. Totó comenzó a ladrar como un desesperado. Vanesa reaccionó más rápido de lo que ella misma esperaba, abrió la puerta, corrió con su silla abrirles, que no tardaron en subirle a la ambulancia, como estaba adaptada también a ella, dejando a Totó con los vecinos. Por el camino, telefoneó a sus padres.

  • De nuevo en la Vall hebron, ese centro, esas paredes, esos pasillos… Todo le recordaba esa mala experiencia, que ahora se volvía aparecer. Llanto de impotencia pudo con ella, y estaba sola, no había nadie para consolarla. Rezaba, rezaba en silencio y todo el tiempo, para que el señor, no permitiera la muerte en Aaron, aun no. El tiempo pasaba, nadie decía nada y Vanesa se desesperaba. La única llamada que recibía era la de su madre, para saber cómo iba todo.

    • ¿Familia de Aaron Philips? –pidió un doctor.

    • Soy su novia ¿como esta?

    • Está muy mal, necesita urgente una operación para situarle un by pass, como se imaginará tiene sus riesgos, que no son pequeños… sin consentimiento no podemos empezar, si está de acuerdo en seguir adelante, firme aquí –le ofrecieron el papel y el bolígrafo en mano. Vanesa, con la mente en blanco y las manos con temblor firme, firmó. No tardó en quedarse en soledad, con única compañía de sus propias lágrimas.

    Las horas pasaban, solo veía a médicos, enfermeras, todos de un lado a otro, pero nadie le decía nada. Vanesa se encontraba tan impotente. Sus ojos no podían dejar de soltar lágrimas. Necesitaba saber algo de Aaron, pero la única respuesta convincente era el silencio. Pasó un rato cuando el teléfono volvió a sonar:

    • Mama no sé, aquí nadie me dice nada, estoy de los nervios, ¿si le ha llegado la hora? ¿si se muere ya? No, yo no lo soportaría… ¡me muero yo con él! –escuchaba como su madre intentaba tranquilizarla, pero nada era suficiente. Su cerebro no estaba para consuelos, su cuerpo temblaba. El mínimo ruido, sobresaltó asegurado. Seguía al teléfono con su madre…

    • Vanesa, la operación de Aaron a terminado –escuchó a tientas que le anunciaban.

    • Mama, te dejo, ya ha salido de quirófano, después te llamo, adiós –no le dio tiempo a responder que ya había colgado.

  • Iba detrás de una enfermera, que le acompañaba por un largo pasillo. Habían subido a un ascensor, hasta la planta, no desconocida para Vanesa la de cuidados intensivos. Su corazón palpitaba con tanta fuerza, que parecía, que le entraría un ataque de un momento a otro. Entraron en una nueva sala, donde volvió a ponerse la misma bata, gorro, guantes y mascarilla, todas ellos de color verde. No tardó en volver quedarse a solas con Aaron, entubado de pies a cabeza, conectado a numerosas máquinas, que no dejaban de funcionar. Las lágrimas volvían a resbalar por sus mejillas. Con lentitud se acercó a la camilla, cogiendo su mano con fuerza:

    • Por favor aguanta, te amo Aaron –le suplicó, observando como una lágrima de ella, caía en la mano de él.

    Vanesa dejó el hospital, cerca de las ocho de la tarde. Aun había claridad, con el cambio de hora, en el mes de abril. No quería pero no tenía alternativa que volver a Palamós. Había hablado con la ONCE, pero está ya no le permitían más días. Hablo con el hospital, dándoles números de teléfono, para cualquier cambio, ya fuera positivo o negativo, por pequeño que fuera que la informaran. De camino a casa, en el bus adaptado, telefoneo a su madre, informándole de todo. El llanto silencioso volvió a ser protagonista, al colgar, algo tardo, en acabar, al pensar por todo lo que estaba pasando. Antes de ir a casa de sus padres, timbreo al piso de sus vecinos. Totó ladró, entre desesperado y con alegría moviendo su colita. Totó ese nombre se lo puso Aaron, ahora ella no sabía si el animal, volvería a ver a su también dueño. Lo abrazó entre lágrimas, antes de encaminarse, a casa de sus padres.

    Los días pasaban. Vanesa telefoneaba cada día al hospital, con una mínima esperanza, de algo positivo en Aaron, que se hubiesen olvidado de avisarla, pero no era así, su estado no empeoraba, pero tampoco mejoraba y Vanesa se sentía cada día que pasaba más desesperada, más impotente. Su madre se encargaba de sacar a pasear a Totó de tanto ella trabajaba.

    En esos días, que se encontraba sin su gran amor, que iba sola a todos lados, un nuevo acosador le acecchó, hacía tanto que no le pasaba, que no le acosaban. Era un cliente, un cliente, que antes que llegara Aaron, le venía a visitar a la parada, le daba dos besos sin consentimiento ninguno, siempre decía que era su novia. Desde que Aaron llegó, no se la acercaba, ni aparecía a la parada, ni un saludo, nada. En esos días que volvía a casa sin compañía ninguna, en una ocasión, volvía a casa del Mónica se lo encontró, le frenó la silla y le dijo entre risas:

    • Jajajaj ¿hoy vas sola? ¿Dónde está tu novio? ¡Ya eres mía! –se acojonó, no estaba para averiguaciones, echó a correr, observando a Totó sin dejarla de defender. Días más tarde se lo encontró de cara, yendo con una conocida, este le echó una cara pervertida total como diciendo <<ya te pillaré sola>> quien la acompañaba al estar hablando y distraída, no fue consciente del hecho, pero ella sí, se acojonó bien, pero siguió callada, sufriéndolo en silencio.

    Mediados de abril, estaba con la lotería liada, en su ex habitación, Totó le acompañaba, entre ladridos, y movimiento de su pequeña cola. Cerca de las cuatro de la tarde, su móvil sonó.

    • Vanesa Ruiz, somos del hospital Vall hebron, Aaron está consciente.

    A la mañana, no fue a trabajar, pidió los cinco días personales, todos de golpe, se fue a Barcelona, a cuidar de Aaron. A los pocos días le subieron a planta, aunque llevaba conectados todos esos cables a todas esas maquinas pero al menos ya estaba fuera de peligro.

    En esos cinco días, Vanesa a las diez de la mañana ya estaba junto Aaron, hasta las ocho de la tarde. En esos días, ambos ya tenían los planes hechos, que harían a mediados de mayo, cuando Vanesa tuviera vacaciones, que ya quedaba poco tiempo, aunque les doliera, también eran conscientes, que el fin de Aaron andaba cerca, ni siquiera podían confiar que aguantara hasta las vacaciones. Tenía que ser algo grande, único y inolvidable para los tres: Aaron, Vanesa y Totó.

    El mes de Mayo llegó, Vanesa tenía que trabajar, no tenía vacaciones hasta la segunda quincena. Le quedaba siete días, para que pasara el sorteo especial del siete de mayo, el día de la madre, era una nueva oportunidad, de ganas dinero, el doble, gracias a este cupón. Aaron apenas salía de casa, excepto, para ir a comprar e sacar a Totó. Ya tenían en mente del que hacer, en esos días que estarían los tres juntos, era ir a Estados Unidos a ver a su madre, ya de paso Vanesa la conocería personalmente, el problema era como llegar, ya que un avión era un riesgo demasiado grande, pero lo llegó a pensar y no le importaba. Tenía claro que como había llegado a España, no podía para volver a repetir experiencia, era demasiado largo el viaje, tanto por las vacaciones de Vanesa como por su propia vida, no quedaba tiempo. Así que no le importaba morir por el camino, quizás llegaba quizás no, pero al menos lo abría intentado.

De Vanesa Ruiz García

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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