M.A.C. Capítulo treinta y seis; Estados Unidos

Esta vez, hemos cambiado los papeles, y Vanesa me ha pedido, que sea yo, quien escriba este apartado, así que espero no defraudar a los lectores, lo haré lo mejor posible…

Pero comencemos por el principio, porque como podéis ver, si hay un viaje que explicar, un viaje, lleno de emoción… para comenzar, cogimos un avión… Sí, sí, no me lo tuve que pensar mucho, el barco y el tren nos llevaban demasiado tiempo, y también dinero, no nos sobraban, ninguna de las dos. Sabía que era un riesgo, pero también sabía, que si tenía que salir adelante, lo conseguiría, sabía que no iba solo, que Dios me acompañaría. Pero bien el viaje en avión, fue del todo perfecto, mucho mejor de lo que esperaba. Yo no tuve que hacer ningún esfuerzo, la compañía misma se encargaba, solo me preocupe en ir y acompañar a Vanesa al baño. La comida ya nos la traían. De tanto nosotros, nos dediquemos a jugar a juegos de mesa, leer, dormir… El viaje era largo demasiado… Vanesa, estaba preocupada, por Totó, allí él solo, con las demás masc0tas del vuelo. Después tocó trasbordo en parís. Yo tranquilo, sin la más mínima preocupación, bueno si, una << ¿aguantaría mi corazón otro vuelo superior?>> rezaba porque así fuera, para que pudiera ver a mi madre una última vez, para que me pudiera despedir de ella como era debido…

Lo conseguí, lleguemos a mi país, aunque me dolía el pecho, no era nada, con la alegría mas grande, que me invadía, de volver estar en mi tierra. Estaba idéntica de cómo la dejé, nada había cambiado. Me emocionaba, al decir a Vanesa que allí había nacido, que allí, había empezado mi vida. Me impacientaba por querer mostrar a mi princesa, todos los lugares que conocía, que había estado allí. No telefoneé a mi madre, no quería, pretendía darle una sorpresa. Subimos a un bus, que nos conduciría en la dirección correcta. No hacía frío, pero tampoco un calor de agosto, había una temperatura agradable, ideal para primavera. El bus nos dejó a dos manzanas de mi casa ¡mi casa! Notaba como mi corazón quería salir de mi pecho. Totó no dejaba de ladrar, ansioso por corretear. Le pusimos la correa, y a correr se ha dicho. Parecía que en vez de llevar yo a Vanesa, él nos llevaba a los dos. Vaya panzón de reír nos dimos ambos. Había poca gente, pero estaban paseando aprovechando ese buen día. No conocía a nadie.

El encuentro fue de lo más conmovedor, aun tiemblo de emoción al recordarlo. Estaba en el jardín, quería darle una sorpresa tapándole sus ojos. Pero Totó ha comenzado a ladrar como un desesperado, llamando su atención. La cara que ha puesto es para no olvidar, nos hemos abrazado entre gritos de felicidad, me ha mirado de arriba abajo, varias veces, a continuación, un nuevo abrazo. Al rato hemos entrado en la casa, y ha preparado batido de cacao, con pastas, incluso Totó tomó su porción entre risas y charlas.

Los días, pasaban deprisa, cada vez faltaban menos para volver a casa, para volver a España, para decir adiós a la mujer que me trajo al mundo, pero daba gracias a Dios por poder despedirme de mi madre.

En los días que estuvimos allí nos levantábamos a las ocho y nos acostábamos a las once de la noche, aprovechando el día, al cien por cien, Vanesa, contemplo, en todos los lugares que ido desde pequeño; el colegio, la universidad, el hospital, museus, obras importantes… No pude presentarle a mucha gente, porque no tenía amigos, pero sí que le presente, a mi cartero preferido (al único que conozco) Yogüi. 

Los días pasaban, cada vez quedaba menos para decir adiós a Chicago a Aroa, y a todo lo que Aaron le correspondía. Vanesa se alegraba muchísimo de tener la oportunidad de conocer la madre de quien más quería. Aroa, lo mismo pero a la inversa, se alegraba de conocer a la persona que había hecho tan feliz a su hijo.

Una mañana Vanesa estaba desayunando junto Aroa. La joven le explicaba a la superior, todo lo que esta quería saber. Escucharon un ruido y supieron que Aaron había despertado, se estaba levantando. Totó no tardo en correr para darle los buenos días. Las dos mujeres, escucharon como el joven, le saludaba dejándole entrar en la habitación, jugando con él. Vanesa y Aroa se miraron con complicidad. Un gran golpe sobresaltó a los dos.

  • ¿Que ha sido eso? –preguntó Aroa, atragantándose con el café. Totó bajó deprisa sin dejar de ladrar, nervioso.

  • ¡Aaron, Aaron! –gritó Vanesa, sin respuesta ninguna. Aroa nerviosa corrió arriba. Un gritó de impotencia sobresaltó de su boca.

  • Aroa ¡llame a una ambulancia rápido! ¡Aaron está teniendo un ataque! –le indicó Vanesa, desde abajo. Aun no había visto el cuerpo de Aaron pero no le hacía falta, ya lo había vivido antes, por la situación en sí, estaba convencida ¡un nuevo ataque invadió Aaron!

La ambulancia no tardó en llegar. Las dos mujeres acompañaban al hombre, tumbado en la camilla, con su cuerpo ardiendo, con convulsiones continuas. Le habían puesto la mascarilla, al mismo tiempo que su cuerpo seguía inconsciente. Lágrimas derramaba Aroa, cogiendo con fuerza la mano de Aaron. Vanesa se le caía el alma, en ver en ese estado a madre e hijo, pero debía… ahora le tocaba a ella ser fuerte, tenía que ayudar a mirar para adelante Aroa. Le abrazó la otra mano con fuerza. El vehículo iba a gran velocidad, con todas las sirenas, resonando por toda la carretera.

Lo metieron en cuestión de segundos para adentro, informando los síntomas entre unos y otros. Aroa se abrazó a Vanesa con un desconsuelo 

descontrolado. Para Vanesa no era novedad, pero para Aroa era insoportable, esas horas de angustia de desespero, viendo pasar de un lado a otro a médicos, enfermeras y ninguno, nadie se detenía hablar con ellas.

  • Perdone –detuvo a una –mi hijo, lleva horas ahí dentro, nadie nos dice nada, ¿qué está pasando?

  • Tiene que tener paciencia señora, estamos haciendo todo lo posible por salvarle.

  • ¿Qué significa esa frase? –la cogió del brazo.

  • Disculpen tengo que irme, me reclaman –echo a correr por el largo pasillo.

  • ¿por qué tardan tanto? –preguntó a Vanesa, está la miraba con tristeza, nunca habían tardado tanto, un mal presentimiento la invadía.

  • No lo sé Aroa, no lo sé –se abrazó a ella con fuerza, lágrimas de dolor y tristeza le invadían.

Las horas pasaban, Aroa, ya estaba cansada, de todas las posturas, sentada, de pie, estaba agotada, solo quería recibir noticias de su hijo. Ambas se quedaron mirando, a un hombre de bata blanca, que se les acercaba. Vanesa nunca había visto un rostro tan decaído como aquel. Su corazón se aceleró, el temblor se apoderó de ella.

  • Señora Philips lo sentimos mucho… hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance… pero el corazón de Aaron estaba ya muy mal herido…

  • ¿Qué me quieren decir con eso? Yo no les entiendo…

Vanesa lo sabía, desde la primera frase…. El corazón de Aaron no había aguantado el tercer ataque. Se abrazó a Aroa, con un llanto desconsolado y potente. Aroa la miró, lo sabía pero no quería afirmarlo, tenía la esperanza de equivocarse…

  • Señora Philips, lamento comunicarle que su hijo ha fallecido. -Aroa se quedo en una especie de choc de trance, perdió el equilibrio, le ayudaron a sentarse a la silla, le trajeron un vaso de agua… Todo eran tramites y papeleo para Aroa, a pesar de apenas tener fuerzas. Pese que Aroa se había pasado tiempo en soledad, mientras que su hijo estaba en España, en ese momento que sabía que Aaron había marchado para siempre, ahora que sabía que el señor se lo había llevado con él, encontraba un vacio tan grande en su interior, que dudaba que se llenara alguna vez. El entierro llegó, la iglesia se llenó, todos conocían al fallecido, algunos más, otros menos, pero nadie faltó para darle el último adiós. Un gran aplauso le fue dedicado con fuerte sentimiento y en silencio ¿Sabes? Cuando Aaron recibió tu primera carta, no se lo creía, estaba convencido que te habías equivocado, y fíjate como ha ido todo.

  • Si, la verdad, ha sido todo muy curioso, nadie antes había hecho tanto por mí –se emocionaba Vanesa

  • Él te quería con locura, te amaba más que nada en este mundo. Nos peleemos ¿sabes? Yo quería que continuara la universidad, él era lo que menos le interesaba, solo quería estar contigo. Veras… mi hijo siempre se ha visto obligado a ir por un camino, no ha tenido la opción de escoger entre otros como todos. Por culpa de su enfermedad, siempre ha habido una dirección, no varias. Siempre la ha seguido valiente y sin protestar ni una sola vez, hasta que te conoció, se enamoro al mismo tiempo que nos enteremos, que su enfermedad aquí seguía, decidió arriesgarse, prefería morir antes que estar sin ti.

  • Yo también a él, lo amaba como al que más, él me hizo ver, que nada es imposible, me demostró que no importa las dificultades que tengas en la vida, si realmente lo deseas lo consigues, es un chico digno de admirar, no hace falta decir, que jamás lo olvidaré, por siempre estará en mi corazón, que por mucho que lo intente, nunca podre amar a nadie como lo amo a él –las dos se abrazaron con fuerza.

  • Por más que lo intentaba, Vanesa no se hacía a la idea, de que Aaron ya no estaba junto a ella, todos los recuerdos vividos, le venían a la mente, la imagen clara de Aaron, se le aparecía, su rostro, su sonrisa todo. Totó se acercaba a ella, apoyaba su cabeza en las rodillas de ella, como sintiendo su dolor, transmitiendo consuelo. Al mirar al animal hinchaba a llorar, le recordaba tanto Aaron. El señor no quiso que tuvieran hijos, pero tener a Totó era como haber tenido uno. Deseaba ser fuerte, pero no lo lograba, lo añoraba con fuerza, incluso su olor lo sentía en su habitación. Todo era superior ella, por mucho que lo intentaba no lo lograba, no conseguía que se fuera esa pena tan grande de su corazón.

    Los quince días pasaron, llegaba la hora de partir de nuevo a España, a casa. No sabía que sería de ella ahora ¿volver con sus padres? No, todo menos eso, no podía dar ese paso atrás, no podía volver al maltrato a la humillación. Las ayudas aun no habían nacido, no sabía cómo, pero Totó y ella se espabilarían. Aroa, decidió acompañarla, no podía dejarla sola en un viaje tan largo, también tenía que conocer a su familia, aquellos que habían aceptado y ayudado tanto a Aaron.

    El viaje fue largo, y silencioso. Ambas querían hablar emprender una conversación, pero ninguna sabía que decir. A ratos, distintos cerraron los ojos, quedándose dormidas. Vanesa, podía ver, como lágrimas resbalaban en las mejillas dormidas de Aroa. No pudo evitar mirarla con ternura, sin poder evitar lágrimas en su propio rostro. Llegada a Barcelona, de ahí coger un bus, e ir a Palamós. Aroa se emocionó, al conocer a los padres de Vanesa. Estos mostraron su mejor cara, dándole sus condolencias, mostrando su mayor apoyo.

    Días más tarde, Aroa, volvió a Chicago, dándole un fuerte abrazo a Vanesa, recordándole, que allí siempre tendría un lugar, sería más que bien recibida. Esmeralda, insistió que volviera a casa con ellos, que ella sola no podría espabilarse, pero Vanesa se negó en rotundo, ella había decidido, hacer su vida, y ahora tenía que afrontarlo, y buscar la manera. No pasaron muchos días, cuando el teléfono sonó.

    • Vanesa, somos de servicios sociales, en cuanto tengas un rato pásate, te han concedido la solicitud que mandaste, y te diremos las ayudas que te concierne –Vanesa no se lo podía creer, una obra más que demostraba que tenía un ángel de la guarda con ella. Él le mando Aaron, él hizo lo de la ayuda a la dependencia, y también que 

      • empezara a cobrar lo del piso. En pocos días, tenía una chica que le ayudaba a las tareas diarias de vestirse, prepararse, ducharse, limpiar, aparte, cobraba una paga considerable de dinero. Entre esa, la del piso, su sueldo, le sobraba el dinero, ya que la chica, no la pagaba ella, sino la propia ayuda, venía dentro de esa condición.

      Vanesa nunca se imaginó que ella, pudiera vivir sola en un piso, ella siempre había dicho que no se veía de esa forma, que estaría, en un piso con más chicos/as como ella. En ningún momento se vió en un piso, ella sola y cuidando de un perro. Gracias a esa chica y las ayudas, lo había logrado. Le adaptaron el piso, le proporcionaron ayudas económicas, haciendo posible ese sueño echó realidad. Esa chica era más que una mano para levantarse, una fuente para sobrevivir, poco a poco llegó a ser una amiga. Salían ambas juntas, a pasear, de fiesta… Ella le presentó sus amigos. Vanesa les acompañaba, a la discoteca, a dar paseos, en más de una ocasión, formaba parte de sus amigos. Ellos la aceptaban a ella como una amiga.

      A pesar de estar todo el día juntas, su ayudanta, no se metía en la vida diaria de Vanesa, simplemente se adaptaba a ella. Vanesa era su jefa, ella le correspondía como le era dicha. Le podía aconsejar, pero en ningún momento en forma de orden.

      Volvía a estar sola, ya no tenía Aaron con ella. A veces la pena y la nostalgia eran tan grandes, que la desesperación se apoderaba de ella. Suerte de Sandra, la chica que le mandó servicios sociales, ella siempre tenía las palabras justas para animarla y sacarle una sonrisa. Vanesa tenía internet, pero ya no volvió a conectarse, si no era para mirar el correo, o chatear en el Mesenger con sus conocidos, más íntimos, ya no volvió a conectarse a los chats. Una mañana, en su bandeja de entrada, recibió un correo que la dejo sin palabras:

      Autor: Aaron Philips

      Titulo: Hola nena ¿te acuerdas de mí?

      Vanesa no podía dar crédito a lo que sus ojos leían ¿Cómo era posible? Su corazón se aceleró, sus manos, temblaban, izo doble clic, abriendo el correo:

    • ¿Qué pasa buenorra? Hace tanto tiempo que no sé nada de ti… mi polla, ya extraña tus ojos, siendo testimonios de cómo se menea para ti… Mi vista extraña tu cuerpo desnudo, y tocándose para mí. ¿Qué pasa nena? ¿No me extrañas? quizás me hayas llamado al móvil, o mandado algo a mi casa… ¿acaso creíste que te daría mi número de teléfono y dirección verdaderas? Sí el móvil en principio si que era real, pero después, cuando ya me canse de ti, lo anulé. La dirección me lo inventé ambas cosas, para así no tener pista ninguna en caso de denuncia jeje Pero ya he vuelto, mas sediento de ti que nunca…

    • Vanesa no daba crédito de lo que leía, lo tuvo que repetir cuatro veces más, aun seguía igual, sin creerlo ¿o sí? Se habían vuelto a reír de ella, pero gracias a eso, había conocido a un doble mucho mejor, gracias a eso, su vida era muchísimo mejor, se había dado cuenta, que no había nada imposible, más bien, que si uno se lo propone, puede hacer realidad hasta el mas fantaseado de los sueños, nada era imposible, eso era algo que ella podía afirmar en primera persona. Marcó el correo, mandándolo a la papelera de reciclaje, pasando olímpicamente de sus palabras.

      Septiembre 2013, Aroa salió a su buzón, encontrándose en él un paquete, con una nota <<He pensado que le haría ilusión, tener como recuerdo, el último año y medio de vida de Aaron, su última voluntad es que usted lo tuviera. Vanesa>> Corrió en encerrarse y abrir el paquete. Lloraba de felicidad, no tardo e leerse el libro. Acabó comprendiendo, que gracias a esas cartas, esas vidas, muertas por dentro se ajuntaron en el mismo camino, reviviéndolas de nuevo, mostrando una lección, que muchos deberían aprender: No importa la dificultad que se tenga, con fuerza de voluntad, fe y esperanza, se puede conseguir todo.

      Ese libro que acababa de leer, no era otro más que el que les acabo de ofrecer, así es… acaban de ser testigos, de la historia de Aaron y Vanesa, un relato que va más allá de las cartas… 

    • De Vanesa Ruiz García
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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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