M.A.C. Capítulo veintiuno

De Vanesa Ruiz García

El tren iba deprisa. El cielo nocturno estaba despejado, dejando a la visibilidad, todo tipo de estrellas voluminosas. Miró a su alrededor, todos los asientos, estaban ocupados, muy pocos, se encontraban sin usar. Había diferentes televisiones, en el que se proyectaban distintos videos de CD. Los ocupantes hacían diferentes funciones; algunos dormían, otros leían, descansaban con los ojos abiertos, mirando por la ventana, o simplemente algún punto de techo o pared, otros observaban concentrados esa película que estaba, ya en marcha. Los que estaban viajando acompañados, hablaban entre sí, o jugando alguna distracción de mesa. Una mezcla de voces se escuchaban: español, francés, e inglés.

Aaron no dormía, él era de los que miraban por la ventana, y rezaba en silencio. Era curioso, en su vida le había interesado Dios, y ahora no dejaba de dar sus oraciones, ante esa oscuridad de la noche… estaba tan nervioso, suplicaba a Dios que su corazón aguantase, lo suficiente para que su gran deseo, que faltaba horas por cumplir se hiciera realidad.

El tiempo pasaba tan lento… Sí al menos hubiera horas solares, se las pasaría más entretenido admirando el paisaje de fuera. Intentó dormir, pero al pensar que más de una cara le podía observar, abrió los ojos en un acto reflejo, sin poder cerrarlos de nuevo. Se levantó al baño, mas de una vez, no era normal en él, lo ajuntaba a los nervios, que le recomían el estomago, los mismos causantes, que pocos bocados de bocadillos, logro dar, ya que su tripa cerrada se encontraba. El carrito de las golosinas, e bebidas se acercó a él en varias ocasiones, pero pocas veces aceptó. Se dedicó a ver a ratos, las películas que reproducían los televisores.

  • ¿No tienes sueño? –se le acercó un muchacho de no más de quince años, su piel era oscura, llevaba una boina en su corto pelo negro.

  • Sí… pero no puedo dormir con tantos ojos a la vista –respondió entre un gran bostezo.

  • Te entiendo, ¿pero no te aburres?

  • Sí, la verdad es que sí, no pensé que fuera tan pesado, el viajar de noche.

  • Sí, yo tampoco, suerte que me he traído el mp3…. Tengo más de quinientas setenta canciones ¿quieres que te lo deje?

  • ¿Seguro? ¿Y tú que harás? ¿no te aburrirás?

  • No, que va, tengo otro con setecientas y pico, no te preocupes, estás las tengo demasiado escuchadas… escúchalas y disfrútalas… -le guiñó un ojo, dándole una palmada en su espalda. Se levantó, volviendo con sus acompañantes. Aaron le sonrió una vez sentado en su asiento. El recién aposentado le correspondió. Lo iba a encender, cuando el llanto de un bebe, le sobrecogió. Lloraba con fuerza, viajaba con una mujer, que él suponía que era su madre. Le costaba calmarlo, por más que le acunaba el bebe no callaba. Aaron se levantó << ¿por qué no?>> << ¿qué pierdo probando?>> se levantó, se acercó a esa madre que no debería tener más de veinticinco años.

  • Perdone… ¿pero qué le pasa a su hijo?

  • No lo sé… no deja de llorar… le dado de comer, le cambiado el pañal, le mirado la fiebre… todo está bien, no entiendo porque está así –acunaba la madre desesperada.

  • Yo no tengo práctica pero… ¿me deja probar?

  • Está bien, a ver si se calma contigo… –le pasó el bebe tras pensárselo unos segundos.

  • ¿Qué te pasa peque? ¿por qué estás tan enfadado? –le comenzó a susurrar, acunándolo, dando suaves palmadas en su espalda. Sin avisó eructó, el llanto acabo, mostrando una carcajada –parece que ya está más tranquilo, solo tenía cólicos –le devolvió el niño a su madre.

  • Gracias, muchas gracias –le agradeció la joven – ¿sabes? Serás un gran padre.

Aaron volvió a su asiento, con la frase de la chica en mente <<serás un gran padre>> rió << ¿querrá Dios que sea padre?>> con esa idea, escuchaba la música del mp3 que le habían regalado, sin ser consciente, se durmió.

La campana sonó, con el siguiente anuncio <<llegada a Barcelona>> <<llegada a Barcelona>> Aaron despertó entre esas voces << ¡ya estaba en Barcelona qué emoción!>> a pesar que apenas había descansado, se levantó rápido, se apresuró para salir de allí.

Un gran bostezo se apoderó de su boca, estirando sus brazos, cegado por la claridad del sol.

Veintisiete de abril, las nueve y media de la mañana, eso es lo que pudo comprobar, en un reloj de farmacia, no lo podía creer, ya estaba en España, en Barcelona, a dos horas de Vanesa, ella debía saberlo… No tuvo que caminar mucho, para encontrar una cabina y comenzar a marcar.

  • ¿Sí? –respondió Vanesa desconcertada, cuando en la pantalla de su teléfono percató un numero oculto. No le gustaba recibir ese tipo de remitente.

  • ¿Princesa? –preguntó Aaron algo temeroso, notaba como sus manos temblaban, y su corazón latía mas eufórico que nunca.

  • ¡Aaron! ¿Como estas? ¿Dónde estás?

  • Muy cerca de ti…

  • ¿Muy cerca de mi? ¿Dónde? –preguntó observando a todos los lados nerviosa. Se encontraba en su punto de trabajo, sin mas compañía que ella misma.

  • No te temorices preciosa, que aun no he llegado a tu pueblo –le dijo como adivinando, que la joven observaba nerviosa, preocupada –estoy en Barcelona, en cuanto pueda cogeré algún vehículo que me lleve a tu pueblo.

  • ¿En serio? ¿ya estás en Barcelona? –notaba como sus manos temblaban, la clientela ya empezaba a llegar –tienes que coger una Sarfa… perdona… unos buses llamados Sarfas. Hay directos.

  • ¿Sabrías decirme como llegar hasta allí?

  • No, lo siento… lo único que se… es que lo tienes que coger en la Estación del Norte… -dijo entre pausas notando como su clientela, no dejaba de incordiar.

  • No sufras… ya me espabilaré, hoy mismo nos veremos princesa, te quiero.

  • Yo también te quie… -iba a responder cuando escucho <<venga niña, cuelga el teléfono, que estás trabajando, no es hora de ligar>> -lo siento Aaron tengo que dejarte, estoy deseando verte… -colgó apenada. Físicamente atendía a toda esa cola que la reclamaba, pero psicológicamente, solo había un nombre en su mente.

Aaron volvía a estar perdido, no sabía que tenía que hacer, solo se tenía que dirigir a la estación del Norte, que ni idea de cómo llegar. No le quedaba otra, más que preguntar. Sin ser novedad, todos le mandaban algún lugar distinto.

  • Perdona… ¿quieres ir a la estación del Norte? –pregunto una mujer, no muy alta, con algo de peso, su piel era fina y blanca, su pelo rizado y negro, a través de la ventanilla de su coche, del asiento del conductor –perdona he escuchado que preguntabas…

  • Sí, quiero ir allí, ¿usted sabe por dónde se va? Pero verdaderamente ¿eh? –acabo diciendo, sin fiarse del todo.

  • Sí, sí, vivo al lado, sube que te llevo.

  • ¡Muchísimas gracias! –se le dibujo una sonrisa de oreja a oreja, sin tardar en subir al asiento del copiloto. Al llegar Aaron agradeció nuevamente la ayuda a la mujer. Tras despedirse, entró en la central, algo atemorizado por si allí también le conocían. Afortunadamente no fue así, sin pensarlo más, pagó su ticket, subiendo al vehículo que ya partía. No le costó encontrar asiento libre, sin sacar los ojos del cristal de la ventana, comenzó su viaje. El viaje junto a Vanesa. No pudo evitar pensar, sí, pensar en cómo era su vida antes de conocer a Vanesa. Su único propósito era estudiar, sin ninguna emoción fuerte, dándole la bienvenida, todo era simple rutina. En cambio desde que recibió su primera carta, todo cambió, la aventura, se unió a él. En ese último tiempo, había vivido más que los veinticuatro años que tenía. Se encontraba, más satisfecho que nunca.

Vanesa se sentía cada vez más nerviosa… sus manos, sus piernas temblaban, apenas escuchaba lo que sus clientes le platicaban <<Aaron, Aaron>> solo pensaba, el mínimo ruido la sobresaltaba << ¡oh no! ¿Qué iba hacer? Aaron llegaría antes que ella plegara ¿Cómo se iban a encontrar? ¿Cómo ella le iba a guiar>> Hacía rato que no venía ningún cliente, no se hallaba ninguno a la vista <<¡ya está! Iría hablar con el hotel Vostre Llar, que estuvieran atentos a él que si podría estar allí, hasta que ella plegara, después guiarle hasta el Camping>> Arranco la silla, y en quinta se dirigió decidida.

El autocar de Barcelona, llegó al pueblo indicado… Aaron observaba inquieto, nervioso, a ver si reconocía a Vanesa << ¿pero qué hago? Es miércoles, ella debe estar trabajando>> << ¿y ahora qué hago?>> se preguntó con su equipaje en mano.

  • Perdona, ¿eres Aaron, el chico que ha venido de Estados Unidos para conocer a Vanesa?

  • ¡Atiza! ¿No me diga que aquí también soy famoso? –se sorprendió enormemente el chico.

  • ¿Eh? no, no, soy la directora, del hotel que hay en frente, hace un rato ha venido Vanesa, avisando que ibas a llegar, nos ha pedido que te guardemos las maletas, y tú que la esperes también allí.

  • ¡Ah Vale! –exclamó con su boca bien abierta, sin poner resistencia ninguna a la escolta, que le ayudaba con su equipaje.



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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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