Perdida en la noche; Capítulo diecinueve

De Vanesa Ruiz García

E
n todo el pueblo no se hablaba de otra cosa, al igual noticia principal de todos los periódicos e telediarios informativos, era la misma: <<Matt Parcker abuso e asesino a su propia hija>> Al fin aquella pesadilla había terminado, tras el juicio quince días después, declarándole culpable, pero no por eso Samanta Crochet se sentía satisfecha. Se apreciaba aliviada eso sí y también un tanto sorprendida, pero no vanidosa sabía que su ex era un hijo de puta e cabronazo de mierda, pero jamás se hubiese imaginado que sería capaz de matar y menos a su propia hija. Todos la felicitaban por conseguir su propósito sin rendirse, se sentía adulada al contemplar a tanta gente que le apoyaba pero no feliz, tal como ella suponía aquella felicidad que tanto ansiaba, ya no volvería a su lado. El teléfono tampoco dejaba de sonar, en esos quince días, Ceily la llamaba más que nunca, cuatro veces al día por lo menos con plena ilusión y alegría, ante la gran condena que le habían transmitido a Matt; cuarenta años de prisión.
Burton llamaba con desespero al timbre de Samanta, desde que salió la sentencia los periodistas no le dejaban ni a sol ni a sombra y cuando iba a visitar a su cliente, la insistencia aumentaba. Entre un gran gallinero de voces, cerró la puerta dejando a todos e todas con la intriga. Él y Samanta se miraron por unos segundos antes de abrazarse muy tiernamente uno al otro.
Miren quien me encontrado por el camino, ya me los he traído en coche –informó observando cómo detrás suyo salía los jóvenes Hillary y Dan.
- Queríamos estar con usted, tras enterrarnos de la sentencia final, y hacerle saber que nos alegramos muchísimo que al fin se haya hecho justicia –expresó con sus ojos humedecidos Hillary.
- Si es cierto, la admiramos por la gran fortaleza que ha mostrado, y queríamos felicitarla, por haber ganado el caso, por haber aguantado y haber luchado hasta el final –informó Dan notando como su voz al igual que sus ojos se debilitaban. Respiro con profundidad, limpiándose esas lágrimas que querían resbalar por sus mejillas, con su manga de jersey –bueno Hillary también quería ver a Maickel, le echaba en falta ¿he pillina? –le miró con perspicacia.
- Cállate Dan, él no se tiene que enterar hombre –le hizo callar Hillary con vergüenza, sin atreverse a mirar al protagonista de sus sueños.
- Me siento muy halagado la verdad, que una preciosidad como tú, le guste alguien como yo, porque eres muy niña para mí… que sino… me ajuntaba contigo sin pensármelo dos veces preciosa –le indico la última frase en un susurro.
- ¡Venga sacar la botella de champan que aquí hay algo que celebrar! –dijo muy animadamente el padre de Samanta.
- ¡Tiene toda la razón señor Crochet ya voy yo! –se apresuró Maickel.
- ¡Fiesta, fiesta! –aplaudió entusiasmada Asly yendo tras su hermano. Los dos fraternos salieron junto a los demás. Maickel llevaba en sus manos la botella de champan. Asly las copas de cristal. Todos se sobresaltaron cuando el padre de Samanta sacó el tapón de la botella, saliendo ese líquido con espuma. Todos exclamaron con alegría alzando sus copas brindando: ¡por Ruth!
- Por ti mi vida, al fin se ha hecho justicia, jamás te olvidare, siempre estarás en mi corazón –le dedico Samanta, lanzando un beso al mas allá.
- Cariño –le susurro su madre, besándole la frente.
Los días iban sucediendo y con ellos la primavera dio paso al verano. Ya hacía una temporada, que Samanta convenció a Maickel para que volviera a su casa junto a Asly, ambos volvieran a sus vidas diarias. El fue convencido muy a su pesar, pero día sí y día también, la visitaba o telefoneaba cuando lo primero no era posible. Timmy también se preocupaba mucho por ella, pese ya no tener ninguna obligación, allí continuaba él, al pie del cañón. Ceily tampoco se olvidaba de ella a pesadumbre de la distancia y estar junto al hombre que más quería en este mundo.
Grande fue su alegría cuando el veinte de julio, Maickel le informó que una escuela, reclamaban de sus servicios, para estar quince días junto a ellos.
- ¡Cuánto me alegro Maickel, os lo tenéis bien merecido! –se alegro enormemente.
- La verdad nos da un poco de miedo… pero no tiene que pasar nada… hace años que nos dedicamos a esto y nunca ha pasado nada, y con Ruth fue una gran desgracia, y viviré con esa culpabilidad toda mi vida ya que era su tutor, era responsabilidad mía y no debí permitir que esto pasara, no debí mandarles hacer ese juego, viendo el tiempo que se avecinaba.
- Yo no te culpo Maickel, ni a ti ni a ninguno de tus compañeros –le aclaró Samanta.
- Lo sé, pero es algo que no puedo evitar, sentirme culpable –expresó con la cabeza baja. Ahora fue Samanta quien le besó la mejilla a él dándole un fuerte abrazo.
No pasaron muchos días, Samanta paseaba por la playa, en ese día el cielo estaba gris, con ráfagas de aire cálido, que le avolotaba su cabello e le elevaba mínimamente su falda larga. Se descalzo de esos zapatos abiertos, caminando por la orilla. Sus huellas se clavaban en la arena mojada, desapareciendo cuando una ola, la envestía, llevándosela con ella. El agua estaba fría, algo de gente ocupaba ese terrenal, tomando la deslumbración de esas nubes que no dejaban pasar los escondidos rayos de sol. Ella no estaba para tumbarse e relajarse, tenía una cuestión que pensar… su cabeza no dejaba de dar vueltas, a la posibilidad de trabajar con Maickel y los demás en la casa de colonias, o al menos que estuviera allí con ellos, no en su casa en soledad, ya que se negaba volver a la masía junto a sus padres, ya que no dejarían de estar pendiente a ella e sufrir, pero estar en esa casa de colonias… todos los recuerdos le vendrían de su niña… no era consciente que fuera capaz de afrontarlo. Dejo atrás ese mar revuelto sentándose lo bastante apartada para que esas aguas no la atraparan. Sus piernas se doblaron rodeándolas con sus brazos, sin dejar de observar esa agua tan transparente e cristalina. Los minutos, las horas pasaban, las agujas de reloj se recorrían la redonda completa, sin ella ser consciente. Dos horas más tarde se puso en pie, con la decisión tomada, tenía que volver a casa, para acabar de preparar la comida que ya tenía medio resuelta, pero aún le quedaban cuatro detalles, tenían que estar listo antes que sus invitados llegaran para ser exactos eran dos: Maickel y Asly.
A las cinco de la tarde los tres personajes se encontraban paseando por el largo paseo que formaba parte del pueblo. Era famoso por la longitud que tenía, y en él se encontraba una gran pista, con dos canastas y dos porterías, para los jóvenes deportistas, todo tipo de columpios de todas las edades, una zona de petanca para los jubilados del lugar, un gran lago con patos e otros animales acuáticos, una amplia fuente, que rebosaba de echar agua, rodeada de bancos, en el que a quien le apeteciera podía sentarse a disfrutar de la esplendida visión de aquel saca agua o relajarse incluso echar alguna cabezadita al aire libre. Los rayos de sol se dejaban ver en aquella tarde que se representaba con un cielo bastante claro, bien distinto de cómo había amanecido. Quien más disfrutaba era Asly, corría de un lado para otro, alegremente, sin que nada ni nadie la pudiera lastimar, aquella felicidad que le poseía.
- ¡Amigos, amigos! –grito con alegría dando palmas e algún que otro salto.
- Ui es verdad, shtttt no digáis nada –hizo saber Maickel, acercándose a hurtadillas – ¿quién soy? –preguntó tapando los ojos a Hillary, guiñando un ojo a Dan que estaba entretenido con su bocadillo de jamón salado.
- ¿Maick? ¿eres tú? –palpó Hillary nerviosa e intrigada.
 Ha acertado señorita, ha ganado un beso de mi parte, siempre y cuando usted quiera.
- ¿A mí? ¿un beso? ¿Tuyo? –no lograba vocalizar como era debido Hillary.
- ¿Me dejas preciosa?
-Sí, sí, claro que si –expresó con nerviosismo. Cerró los ojos, y saco un tanto los labios. Todos se la quedaron mirando. Maickel también con una tierna sonrisa. Se acercó pausadamente, pero al quedar a un milímetro de la boca de la joven, situó sus dedos, desvió sus labios a la frente, donde le dio un suave y tierno beso, susurrándole al oído:
- Si tuvieras cuatro años más, y yo sintiera lo mismo por ti, sin dudarlo te lo daría, en esa boquita linda –Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hillary, notando como una llama de calor le subía por toda su corporación.
- ¿Qué hacéis por aquí muchachos? ¿habéis salido a que os toque el aire un rato? –preguntó Samanta.
- Sí hemos ido a ver si encontrábamos trabajo para este verano, está bien un poco de relax, pero tres meses son demasiados, ahora que nos hemos quedado nosotros dos solos… necesitamos estar distraídos y no pensar… creemos que esta puede ser una buena forma –explico Hillary ya más relajada –pero nos hemos tenido que detener, porque Dan daba la vara con comer –le hecho una mirada furtiva.
- Yo no tengo la culpa si mi estómago reclama, tú misma as sentidos sus tambores, y me has aconsejado que le dé algo de comer, eso mismo he hecho, te he obedecido ¿de qué te quejas? –Samanta y Maickel no pudieron evitar reírse por lo bajo.
- ¿Y qué? ¿Habéis tenido suerte? –preguntó Samanta.
- Que va, nadie nos coge dicen que somos demasiados jóvenes, que tenemos demasiada cara de niños, y que no quieren problemas –explicó Hillary.
- Nadie se cree que tengamos la edad que tenemos todos se piensan que somos más niños, ni enseñando el carnet de identidad se lo creen – Maickel y Samanta se sorprendieron con una mirada de incredulidad.
- Dicen que son falsos –respondió Dan encogiéndose de hombros –la peña está bien loca, seguro que llevamos unos falsos, y nos cogen a la primera ¡oye Hillary! ¿por qué no nos los hacemos?
- ¿El qué? –preguntó Hillary encogiéndose de hombros.
- Los carnets falsos digo, así seguro que funciona.
- ¡Anda ya! ¡deja de decir tonterías anda! –exclamó esta, pensando que se le había ido la cabeza a su amigo.
- Hillary tiene razón os podéis meter en un buen lio –intervino Maickel –tengo una idea, la casa de colonias vuelve abrir sus puertas al público, somos cuatro como bien sabéis, no nos iría mal, dos chicos mas para ayudar, digo para ayudar, pero tendréis vuestro salario claro está que os pagaremos ¿he? ¿Qué me decís?
- ¿Trabajar contigo dices? –exclamó casi gritando la joven con una sonrisa de oreja a oreja, cogiendo con fuerza el brazo de Dan.
- Así es, conmigo, Paul, Sofía y Jennifer además del resto del personal que ya conocéis.
- Si, si, si, si, si, siiiii –zarandeo con velocidad el brazo de Dan.
- ¡¡Para Hillary que harás que hasta el bocadillo de atún que me comido antes, salga por mi boca!! –todos se echaron a reír.
- Pues allí nos veremos chicos ya que yo también iré ayudar –les hizo saber Samanta –también necesito como vosotros distraerme y no pensar –Los dos jóvenes le dedicaron una tierna sonrisa.

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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