Perdida en la noche; Capítulo dieciséis

De Vanesa Ruiz García

L
a primera capa de nieve empezaba a deshacerse ante el sol que emprendía hacerse notar en ese mes de marzo, que estaba a punto de finalizar. Los fuertes chubascos también ayudaban a que desapareciera más aprisa. Casi nueve meses habían pasado desde que comenzó aquel insoportable infierno, la investigación se había quedado parada sin ningún avance importante. La medicación de Samanta fue reducida ya que su estado había mejorado mínimamente, y esas pesadillas habían bajado consideradamente. Samanta sabía por eso que sin la ayuda de sus amigos e padres, no hubiese llegado a ese estado tan favorable, aunque el bajón de tanto en tanto le hacía acto de presencia. Ceily hablaba a menudo con su esposo, que por el momento le era imposible volver ya que tenían demasiada faena pendiente. Esta se entristecía, pero se animaba al pensar, que podría ayudar y estar con su amiga, que aunque ella lo negara, estaba en falta de mucha ayuda.
Uno de abril, el día amaneció tristón, de aquellos que al observar por la ventana, te volverías a la cama. Samanta, no se volvió acostar, pero si cerro rápidamente el cristal de esta, ya que aire frío se adentraba. Se tapó mas con la bata que llevaba de levantarse de la cama, caminando al salón. Ceily aun dormía. Se acercó al cristal de la terraza, tenía todo el aspecto de caer una agradecida tormenta. Caminó, sentándose en el sofá. Miró a su alrededor antes de ser consciente de lo que tenía delante de sus ojos. Sus pupilas se transformaron en los de un búho en plena noche, al ser consciente que sobre la vidriera de la mesa pequeña que tenía delante, se sostenía, una corona de cementerio, su llave de repuesto, una foto de periódico con la imagen del cuerpo de su hija en el lago y una nota. En movimientos muy lentos, se acercó a atrapar ese papel, con aquellas líneas de fluorescente negro escritas por un documento Word:

Buenos días zorra,
¿Qué te ha parecido el detalle que he tenido contigo? ¿Te ha sorprendido? ¿O acaso pensabas que me había olvidado de mi dicho? He querido darte una sorpresa, espero que lo haya conseguido, o al menos sorprendido, solo decirte putilla mía, que no te vas a librar de mi, que voy a cumplir mi palabra de hacerte sufrir tanto como tú me has hecho sufrir a mí. Mastates a mi hija, eso lo vas a pagar muy caro, te voy a des mascarar zorra, te vas a repentir de todo, de tal forma, que las palizas que te di, no serán más que caricias jajajajajaja

P.D.: Podías ser más original para guardar la llave de repuesto, que hemos estado casados veinte años, putilla mía, para utilizar el mismo escondite jejejeje.


Por suerte Samanta estaba sentada, ya que perdió el control de su equilibrio dejando caer su espalda en el respaldo del sofá.
- Buenas diaaaaaas –saludó Ceily estirando sus brazos y saliendo un largo bostezo de su boca, sin dejar de andar a la cocina con su largo camisón blanco de media manga –bueno, buenos días para decir algo, porque hace un día asqueroso, ayer que puse a secar un montón de ropa, abra que recogerla antes que empiece a llover –comentaba desde la cocina –estoy haciendo café porque tengo un cansancio, que dormiría todo un año entero, un apetito, que yo no sé… -ilustraba saliendo de la cocina, empezándose a alimentar con una tostada de mantequilla con mermelada. Se sentó al lado de su amiga, encendiendo el televisor sin ser consciente de nada –uffff que cansancio –rechino – ¿desde cuándo compras el periódico? –preguntó echando a un lado, la fotografía que les había dejado Matt, sin reflexionar de lo que pasaba en realidad –un momento… ¿qué es todo esto? ¿Quién ha hecho esta broma de mal gusto? –preguntó asombrada sin dejar de mirar todos aquellos objetos – ¿y esta llave? ¿no es la de recambio?
- Matt… -contestó Samanta.
- ¿Qué pasa con ese impresentable? –se malhumoró Ceily.
- Él, el me ha traído todo esto, mira a dejado esta nota… -le informó sin sacar la vista del punto de pared, entregándole la nota en mano.
- Será desgraciado de mierda, hay que avisar el señor Burton de seguida –opino Ceily marcando con desespero el número indicado.
Ceily estaba arrimada a la ventana sin dejar de estar alerta… Se sentía tan nerviosa como Samanta, su único deseo era ver la llegada del oficial que no hacía más de cinco minutos que le habían avisado.
- ¡Al fin ya está aquí! –exclamó al contemplar llegada de ese vehículo entre pitazos, para poder circular en la calle transitada. Con un frenazo brusco, salió corriendo de su furgoneta, dirigiéndose al piso indicado, donde se encontró la puerta abierta, Samanta sentada en el sofá con la mirada perdida en algún punto de la pared, con la nota en sus manos, Ceily sin dejar de dar vueltas de un lado a otro del salón.
- Ya estoy aquí… ya he llegado… -dijo cogiendo aire, tras tantas prisas –¿qué ha pasado? –preguntó tras cerrar la puerta.
- Esto ha pasado –le arrebató la nota a Samanta enseñándosela al agente.
- ¿Pero qué significa esto? –preguntó mirando a Ceily incrédulo. Ceily le explicó todo el relato, observando de tanto en tanto a su amiga que no dejaba de observar ese punto de pared.
- ¡Este tío esta para encerrarlo! –gritó Burton indignado.
- ¿Ahora se entera? ¡tendría que estar entre rejas desde la primera vez que le puso la mano encima!
- ¡No, no entre rejas no, en un manicomio, allí es donde debería estar! –aclaró Timmy –este tío esta chiflado, debe tener unos cuantos tornillos sueltos.
- ¡Este desgraciado hasta que no la mate no parará, como bien usted a dicho está bien loco! Tienen que hacer algo al respecto, no pueden dejar que continúe con esta actitud, sino quien acabará haciendo alguna locura es Sam –dejó caer Ceily. Ambos miraron a la protagonista. Esta sentada en el sofá, moviendo su cuerpo atrás para adelante, como si de un columpio se tratase, sin dejar de mirar aquel punto de pared, canturreando alguna canción por lo bajo.
- Ahora mismo me voy para el cuartel, haber si sirve como prueba del acoso que están sufriendo –cogió la nota Timmy.
- ¿Qué quiere decir? –le miró desconfiada ceily cruzándose de brazos.
- Es una nota hecha por ordenador, no creo que sea una prueba concluyente… mas bien no nos dice nada que sea él.
- ¿¿Como que no?? ¡Es su forma de hablar, dice su nombre! –se escandalizó Ceily.
- Sí, sí pero no es suficiente, no es demasiado fuerte, bueno de todas formas, la llevare a que la examinen –rectificó antes de que Ceily volviera a protestar –después las informó, usted cuide sobretodo de Samanta, no la deje sola –le aconsejó, mirando una vez más aquella mujer al borde de la locura, justamente después marchó.
Timmy se encontró con su pulgar a punto de llamar al timbre, cuando la puerta se abrió por sí misma.
- Esto sí que es rapidez de reflejos –se sorprendió entre risas.
- Le he visto llegar, dígame ¿qué le han dicho?
- Donde se encuentra Samanta –se interesó antes el recién llegado, sin identificarla por ningún lado.
- Se ha acostado un rato, se sentía mareada, con un fuerte dolor de cabeza. No tiene porque preocuparse, ya le he dado su medicación para que pueda descansar y un gelocatil para el dolor de cabeza –le aclaró, viendo su rostro preocupado.
- Menos mal, suerte que la tiene a usted si no, no saldría adelante ella sola –se alegró.
- ¿Me puede decir lo que le han dicho de la nota por favor? Ya estoy bastante nerviosa por culpa de ese desgraciado.
- Lamentablemente tenía razón –confirmó con clamor –esta nota no es ninguna pista ni prueba aparente.
- ¡Esto es increíble! –no pudo evitar dar un taconazo en el suelo con rabia.
- Lo mismo digo yo, pero no se preocupen que no les voy a dejar solas, voy a poner una patrulla de vigilancia las veinte cuatro horas, por la noche dos de estas, si este impresentable se atreve acercarse le pillaremos pagará por todo el mal rato que les está dando.
- ¿No acaba de confirmar que la nota y demás no aclaran nada? –se confundía Ceily.
- Ya le dije que si Samanta… si ustedes estaban en peligro, me cogía la justicia por mi mano –le recordó.
Los siguientes días fueron la vuelta de la pesadilla para Samanta, no solo por las noches, sino también por el día, aquel temor tan solo levantarse, por el simple hecho si su ex marido habría vuelto a entrar en la casa, mientras ellas dormían. Lo tendría complicado, ya que guardias custodiaban la casa día y noche, en este último, el doble de vigilancia, que el anterior, ya por el ese hecho ambas se podían sentir seguras. Aparte Maickel se había ofrecido voluntario para pasar la noche en el sofá, mientras su hermana descansaba en la habitación de invitados, de los dos damas, para así, ayudarlas a combatir contra el enemigo, pero estas, sobretodo Samanta había denegado tal preposición justificando, que ya bastantes dolores de cabeza les daba, y habiendo tanta seguridad fuera, ya creían suficiente. Habían cambiado la cerradura, ya tenían un punto más, para no preocuparse, pero faltaba donde esconder la de recambio, por si la principal se quedaba dentro, tras pensárselo mucho, Samanta encontró el escondite perfecto. A pesar de todos esos avances nuestra protagonista no podía evitar sentirse abatida, sin fuerzas para nada. Su psiquiatra le tubo que aumentar la dosis de medicamento para que se reponiera, e pudiera descansar toda una noche seguida, pero sobretodo hablo con su mejor amiga, que no la dejara sola, que intentara que saliera, que se distrajera, que riera. Ceily se tomo bien en serio su papel: la obligaba a salir diariamente, quisiera o no quisiera, se iban de compras, a la peluquería, a pasear, al cine, a tomar algo… se pasaban más fuera que dentro de casa, aunque le costaba bien, lograba sacarle alguna que otra débil sonrisa. Los días iban cruzando y con ellos el miedo de Samanta se iba desvaneciendo, en vuelta a tranquilidad que no significaba menos pesar.
Las diez y media se hacía notar en el reloj del salón, aunque también se percibía por la intensidad de los rayos de sol, en ese mes de Mayo. Ceily aun descansaba, se acostaron tarde la noche pasada, Ceily le había obligado salir a tomar algo a un local con música, la hizo arreglarse, pintarse, vestirse, como hacía tanto tiempo que no hacía… tiempos que ni ella misma se acordaba… ¿diez años atrás? No más bien veinte años a las espaldas. Se sentía una veiteañera, eso que sobre pasaba veinte quilos más, tal como decía los jóvenes de hoy en día, tal como decía su hija. Mientras se aseaba, recordaba como dos chicos más o menos de su edad se les había acercado en el asiento de la terraza donde estaban ellas dos, tomando su Vozca con limonada, emprendieron conversación ellos mismos, con tales preciosidades. Se empezó a reír ella sola al recordar, las payasadas que acabaron haciendo a causa del alcohol que hacía tantísimo tiempo que no tomaban. Esos chicos les había acompañado a casa, sin pasar del porche y con un buenas noches como despedida. No tenía ni el ánimo ni las fuerzas para ligar, aunque ese fuera el propósito de Ceily. Su corazón le dio un salto, cuando vio sobre la mesa una nota. Su cuerpo empezó a temblar, le costaba mucho dar los pasos, su respiración se entrecortaba. Un gran suspiro de alivio salió de su boca al leer:
 

¡Buenos días dormilona!
 He salido a comprar unas cosas, no tardare.

Tu siéntate y supera la resaca jejeje.

Un besito. Ceily.


Ya era bien verdad, su cabeza parecía un tambor estridente, ya decía ella que no tenía edad para esas aventuras. La puerta se abrió Samanta no pudo evitar clavar la mirada nerviosa.
- ¿Ya as despertado? Yo que quería prepararte un almuerzo único, pero ya me liado a comprar más de la cuenta, como siempre –informó entre risas.
- No te preocupes, no tengo apetito, más bien el estomago revuelto –le contestó Samanta con sus manos en sus tripas.
- Entonces como yo, ya no somos unas veiteañeras para la fiesta que hicimos anoche, por mucho que nos duela aceptarlo –le dio un suave codazo a su amiga. Esta le dedico una suave sonrisa.
- Voy a preparar café –se levantó Samanta.
- Ya voy yo, tú quédate tranquila en el sofá –se ofreció Ceily.
- No, déjame así me espabilo un poco, que estoy muy vaga –insistió Samanta entre risas.
- Bien como quieras –acabo desistiendo Ceily acomodándose en el sofá. Levantándose de un salto al sentir, el grito estridente de su amiga – ¡no, no puede, otra vez no! –abrazó fuertemente a Samanta, que toda ella temblaba, y lloraba sin consuelo, mientras que ella observaba nuevamente esa corona, esa carta, esa misma fotografía y ese nuevo recambio de llave.

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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