Perdida en la noche; Capítulo doce

De Vanesa Ruiz García

El regreso a casa, fue mas profundo, e inspirador de cómo ella hubiese imaginado. Apenas hubo salido de coche, se le abalanzó en profundo y calido abrazo procedentes de sus padres. Sus ojos e mejillas resaltaban por lágrimas ante la gran pena e desesperación de haber perdido a su única nieta adolescente, de esa forma tan brutal e despiadada.

Las horas iban pasando. Samanta, no conseguía asumir ese catastrófico hecho, su cuerpo e rostro estaba paralizado, esperando desesperadamente, que todo aquello terminara, que al fin pudiera abrir los ojos, y despertar de aquella pesadilla. Esa noche de llegada apenas durmió dos horas, despertó empañada en sudor, sigilosamente, caminó hacía el salón, sentándose en la alfombra de piel, con sus piernas dobladas, mirando fijamente las grandes y profundas llamas que salían de la chimenea encendida:

  • Sam hija, ¿qué haces aquí a estas horas de la noche? –le pregunto su madre, apenas pasadas las dos de la madrugada, con su camisón y gorro azul celeste.

  • No puedo dormir mama, e tenido una pesadilla horrible –pronunció sin sacar la vista de esas vehementes llamaradas.

  • ¿Qué has soñado? –se intereso su madre, aproximándose a ella.

  • Qué Ruth desaparecía del viaje de fin de curso que hacían, después de varias horas buscándola, encontraron su cuerpo fallecido, totalmente desnudo, en un lago…

  • Sam, eso no ha sido un sueño… –empezó a decir su madre, confundida e pensativa –ha sido la realidad, hace unas horas que as llegado de allí ¿recuerdas?

  • Pero… ¿¿¿Qué dices mama??? ¡¡no digas eso ni de broma!! ¿¿entiendes??

  • Samanta, tu madre tiene razón, tu misma vistes como se la llevaban en el coche forense –intentó su padre, apareciendo en el salón con su pijama y zapatillas puestas, verde esperanza.

  • ¡No es verdad! Parecía muy real si ¡pero solo a sido una pesadilla! Ruth, esta en esa especie de campamento, yo mañana os lo voy a demostrar –dijo Samanta. Los dos ancianos se miraron.

  • Samanta no te hagas mas daño por favor –le pidió su madre preocupada, cogiéndola del brazo.

  • ¿qué yo me estoy haciendo daño? ¡¡sois vosotros que me lo estáis haciendo con todas esas mentiras!! ¿qué os habéis pensado? ¿Qué es el día de los inocentes? –exclamó – ¿o es que no sabéis diferenciar fantasía e realidad?

  • Bien hija de acuerdo, estaremos en la cama, si nos necesitas no dudes en llamarnos ¿eh? intenta descansar –dijo su padre, dándole un suave beso en la frente, decidiendo, que tenía que ser ella misma, que reaccionara, y fuera consciente de lo que estaba pasando, aunque eso suponía que su corazón se partiera en dos.

El día amaneció, Samanta despertó encontrándose tumbada en el suelo, pegando a la chimenea, poco a poco intentó recordar como es que había abierto los ojos allí, no tardo en venirle en mente la pesadilla, así pues, se puso en pie, cogiendo su teléfono móvil, llamando al de su hija, ese sonó allí mismo:

  • ¿pero que hace el móvil de Ruth, aquí en la casa? Estoy segura que se lo llevó, he hablado con ella mas de una vez ¿Cómo es posible que…? –se preguntaba Samanta para si misma, al mismo tiempo para su madre, que con tristeza la miraba como diciendo <<ya te estamos diciendo que todo aquello, no era una pesadilla>> -no, no puede ser… tiene que haber sido… no a podido ser real –corrió a la cocina, donde estaba su padre leyendo el periódico <<Se encuentra el cadáver de la adolescente Ruth Parcker, mientras estaba de viaje de fin de curso>> era el primer titular, con una foto de Ruth, en el lago, con su cuerpo desnudo –no, no puede ser… no es posible –dijo andando en ziga zaga, notando como un mareo se apoderaba de ella.

  • Tranquila cariño no estas sola –corrió ayudarla su madre asustada. La ayudó a sentarse en el sofá –trae un vaso de agua –le pidió a su marido, este, no tardó en obedecer.

  • No, no puede ser, Ruth, no puede estar muerta, no –dijo con la voz entrecortada, y la respiración acelerada, notando como le faltaba el aire –tengo calor… mucho calor… todo me da vueltas.

  • Tranquila Sam no estas sola –repitió nerviosa la anciana. Su marido se sentó al otro lado, dando aire a su hija con el periódico. Sin darse cuenta encendió el televisor, transmitiendo el informativo urgente con la misma noticia que el periódico –¡apaga eso! –exclamó. Este lo hizo con sus manos temblorosas y su rostro nervioso.

Un paño de agua fría tenía en su frente cuando fue consciente, su cuerpo estaba acostado en el sofá y sus padres no se movían de su lado, gran alegría sintieron cuando después de tanto rato, volvió en si.

  • A si… que es verdad… ¿Ruth, esta…? –no hizo falta que acabara la frase, que sus padres ya la contestaron. Un llanto profundo volvió a ser el protagonista. Cuando este fue calmado, la ayudaron a incorporarse en el sofá. Su madre, le preparó un caldo bien caliente.

  • Ha llamado ese agente, que antes era tu abogado, y también un tal Maickel, dice que es el monitor de la casa de colonias, dice que tu ya le conoces ¿es cierto? –preguntó su padre. Samanta afirmó con la cabeza, y la mirada baja, mientras que con sus manos, sostenía el tazón de sopa –ambos, querían saber como te encontrabas… -todo estaba en silenció. Él teléfono móvil sonó, pero Samanta no era consciente, así que su padre, decidió descolgar, liándose un poco, ante tanta modernidad –no, soy su padre, sí, sí que está aunque no esta muy disponible –dijo, viendo como su hija, estaba en una especie de trance –son los de la autopsia –indicó a su esposa e hija. Samanta reaccionó sin avisó corriendo al teléfono, que se lo pasara…

  • Hola, si soy Samanta Crochet, si… ¿¿Qué?? No, no puede ser, ¡dios mío! –exclamó notando como sus piernas le fallaban y todo su cuerpo se esdevanecía. Su madre corrió a socorrerla mientras su padre, cogía el relieve al teléfono. La cara era cada vez de mas horror. Al colgar estaba blanco como la pared, petrificado como si un fantasma hubiese visto.

  • ¿¿Que?? ¿Qué han dicho? ¡¡¡me estáis asustando de verdad!!! –expreso la madre preocupada, mirando a su marido e hija. Su marido vocalizó las palabras, aunque su petrificación no disminuía.

  • Ya tienen la autopsia de Ruth… -dijo el abuelo. Hubo minutos de silencio.

  • ¿¿Y?? ¿¿Qué han dicho?? ¡habla! –gritó su mujer.

  • Murió de un fuerte golpe en el craneo… como aun respiraba, tenía fuerzas para defenderse, pues la ahogaron metiendo su cabeza bajo el lago, aunque ella lucho… su contrincante fue superior…… antes por eso la forzaron a tener relaciones sexuales…. –explico el padre de Samanta, con su rostro aun en trance. En estos momentos, quien perdió el equilibrio a causa de un mareo, fue su mujer.

  • Solo era una niña… ¿como han podido hacerle pasar todo ese infierno…? ¿aun mas para acabar muriendo? –preguntó la anciana petrificada. El llanto de Samanta se volvió a sentir. Su madre la abrazó fuertemente, mientras lágrimas desconsoladoras salían también de sus mejillas – ¿quien ha sido? ¿lo sabrán con la autopsia no? –preguntó, viendo como su marido negaba – ¿como que no? ¿y las huellas que? Tanto del cuerpo de Ruth como del rifle encontrado –preguntó viendo como su esposo, volvía a negar con la cabeza –¿¿por qué estas negando otra vez?? ¿¿por qué estas siendo tan negativo?? –gritó nerviosa.

  • Utilizó guantes, y al meterla en el agua, las pocas huellas que quedaron, se esborraron, el arma tres cuartos de lo mismo –le explicó con lamentación.

  • Entonces… ¿Qué pista tienen? ¿Cómo van atrapar a ese monstruo? –preguntó la abuela cada vez mas nerviosa.

  • No tienen ninguna pista, ninguna idea de quien la asesinó –le explicó el abuelo, con lamentación. El llanto de Samanta, volvió a sobresalir. Sus padres la miraron por un instante, justamente después la abrazaron con fuerza.

El entierro se celebro dos días mas tarde. Un día soleado había amanecido, mucha gente se encontraba alrededor de la tumba; sus familiares, acompañado del brazo de su padre, estaba Sherril, con lágrimas que le caían por sus mejillas, a diferencia de su esposo, que no quiso ponerse gafas de sol, y sus ojos no derramaban ni una sola lágrima. Sus compañeros de clase, Hillary y Dan estaban uno al lado del otro, se cogían fuertemente sus manos, del nerviosismo, y la rabia, sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, con algún que otro gemido, que sobresalía. Los profesores, que la tenían como alumna, muchos más también se encontraban allí presentes, aunque, no había rastro de Thomas, el profesor de la clase mas rebelde. Paul, Jennifer, Sofía allí estaban con gran tristeza. Paul con sus gafas de sol, disimulaba las lágrimas en sus ojos. En cambio, Jennifer y Sofía se les podía ver sin problemas las lágrimas que sobresalían y la gran pena en su rostro. A quien mas se le sentía es a Samanta, estaba rodeada de gente querida, aguantándola por todos lados, no conseguía que sus piernas la aguantasen y el llanto, rabia y dolor eran los que ganaban. La rodeaban sus padres, el agente Burton y Maickel, los cuatro no se movían ni un milímetro de su lado. Samanta escuchaba con dificultad el discurso del sacerdote, las palabras le parecían tan lejanas, no podía sacarse de la cabeza la imagen de su hija en el lago y el resultado de la autopsia. Entre Timmy y Maickel le aguantaron con mas fuerza, al notar que su cuerpo caía. El sacerdote, detuvo su discurso, mirando a esa madre. Timmy Burton indicó que siguieran, que ellos se encargaban. Maickel, la sujetaba mientras que el agente, le acercaba una silla para que se sentara. El padre de Samanta le acercó un baso de agua, y ella bebió ruidosamente. Samanta miraba fijamente el ataúd abierto con su hija dentro, parecía que estuviera dormida profundamente, antes de cerrarlo, cada persona paso por delante, para decirle el último adiós. Matt apenas la miró, paso de largo con rapidez. Samanta en cambió, no podía alejarse de ella, se abalanzó al ataúd cogiéndolo con fuerza sin dejar de sollozar <<¡mi niña no! ¡No puede ser, no puede estar muerta, no!>>

  • Señora Crochet, sigamos hacia delante, no puede estáncarse aquí, hay mas personas esperando para dar el último adiós a Ruth –le dijo Maickel, cogiéndola por los hombros.

  • No, no puedo dejarla sola, en este lugar tan oscuro, es una niña, tendrá miedo, mucho miedo, tengo que quedarme con ella –dijo resistiéndose a dejar la caja.

  • No se preocupe, su hija es muy fuerte, tiene a los ángeles que la guiarán y protegerán –dijo Maickel, notando como su corazón se partía en dos, sin dejar de sostener a Samanta. Timmy Burton, se aproximó ayudarle:

  • Samanta, Maickel tiene razón, tiene que ser fuerte, su hija ya está con los angelitos, no podría estar en ningún lugar mejor, eso se lo puedo asegurar –le dijo el agente.



El ataúd destapado, entraba en el oyó correspondiente, con mucha lentitud, la tapa se situó en su sitio. El cuerpo de Samanta, perdió el equilibrio, sus padres se sobresaltaron, fue cogida por Timmy, y Maickel. Todos observaron, como este se adentraba más en las profundidades.

Ya tanto abuelos, madre, monitor e agente se encontraban a la salida del cementerio, despidiendo a toda la gente, que se acercaban para darles el pésame.

  • ¿ya estás contenta Zorra? –gritó acercándose a ella Matt – ¡querías vengarte de mí, y as matado a mi hija zorra asquerosa! ¡pero esto la vas a pagar caro, que te quede claro!

  • Pero ¿que estas diciendo Matt? –se sorprendió Sherril, mirándole fijamente.

  • ¡Tú no te metas puta! –le gritó Matt, levantándole la mano.

  • ¡Lárguese Matt! ¡ahuyente su pena hacía otro lado! –exclamó Timmy, defendiendo junto a Maickel a Samanta. Los padres de esta, se encontraban a cada lado de ella.

  • As sido tú… -dijo en un susurro. Sin preaviso se abalanzó sobre su ex marido –¡¡as sido tu desgraciado de mierda!! ¡me dijiste que si no iba a tu casa esos quince días me arrepentiría! ¡me amenazaste y as cumplido tu amenaza! ¡as matado a Ruth!

  • ¿¿¿Me estas acusando de ser un asesino??? –gritó con gran mal humor –¡tu eres tan sospechosa como yo, cabrona! ¡al igual que todos los presentes! –miró a toda aquella gente, entre tan espectaculares gritos correspondidos. A continuación se acercó más a Samanta, y en un murmuro, le dijo al oído –si así fuera… si yo e matado a Ruth ¿Cómo harías para probarlo? –su tono era bien sádico, incluso un estilo divertido. Samanta se quedo petrificada, incapaz, de vocalizar palabra. Su mirada se clavo en este, que Timmy le hecho como un perro salvaje de aquella zona. Este obedeció sin discusión, alejándose, con sus manos en el bolsillo, su cabeza alta, silbando. Sherril, corría tras de él, para alcanzarle, tras disculparse, ante Samanta y compañía.

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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