The lady of Shalot, John Williams waterhouse

Emmanuel Muñiz Alejandro

Historiador, Girona

 “Y yo, que salí de él, que he vivido con él, que he trabajado y sufrido con él; que más que ningún otro me he ganado el derecho de decir que lo conozco, me propongo exponer aquí, contra todos, su verdadera personalidad”

Jules Michelet.

Las líneas que siguen hablan acerca del libro “El Pueblo”, de Jules Michelet (1798-1874) escrito en 1846. Es el libro del pueblo. Habla acerca del deseo y la necesidad de una Ciudad justa, del derecho; donde puedan tener acogida aquellas multitudes oprimidas y dadas al olvido. Es un testimonio y una apología de los que ignoran si tiene algún derecho en este mundo. Su escritor, nacido de esta realidad y vuelto hacia ella se propone hacer justicia y devolverles su legítimo derecho: el de existir.

Comenzaré describiendo a muy grandes rasgos este libro, del cual espero ofrecer un panorama y alguna reflexión útil sobre él.

Michelet comienza hablándonos acerca de la situación del campo francés, en donde, a diferencia de otros países es notable la presencia de la pequeña propiedad. También identifica en el campesino la virtud de la provisión de la tierra a través de su única fuerza para proveerse de riqueza: el trabajo, pero no de trabajo asalariado; más bien refiriéndose a la fuerza de trabajo infatigable y abnegada hacia su “amada”, la tierra. “Apenas terminada la guerra, en ese campo arrasado, en esa choza aún renegrida y chamuscada, el campesino comienza a ahorrar y a comprar”1. A ella le dedica su vida, su corazón, por el derecho que ella le provee: el derecho a ser libre, pues el campesino aún sin ser filósofo es humano; cuanto más después de haber peleado desde las batallas de la Revolución, que nos han heredado (a todo el orbe) esas concepciones cosmopolitas de los Derechos del Hombre. No se puede esperar ,por tanto, del campesino menos que la lucha (irremediablemente perdida) por su propiedad, por su vida; la lucha por obtener de la tierra algo de renta, y aún más, contra la usura.2 Michelet ve en esta situación un problema, pues él encuentra que la Agricultura produce un poco más del 50% de la Renta Nacional, además que el sector agricultor condensa al mayor porcentaje de la población y sin embargo solo recibe del Estado la centésima octava parte del presupuesto. También explica que este sector rinde tributos por más de 500 000 000 de francos anuales, además de 1 000 000 000 en pagos a la usura, sin mencionar la ausencia de poder exportar sus productos, resultado, de la delicada situación de la política exterior francesa. Otros problemas del campo -no menos importantes- tienen que ver con el nivel económico tan bajo de sus habitantes, pues “estos hombres tan laboriosos son los que peor comen. Nada de carne. [...] Hasta el último obrero come pan blanco: ¡Pero el que hace crecer el trigo solo pan negro! Ellos hacen el vino y la ciudad lo bebe.”3

Un problema del campo francés de esta época (ignoro si de la presente) es el de la infertilidad del suelo. Al ser el ganado un bien de demanda rígida, el sector ganadero impone unos precios inalcanzables para el pequeño agricultor, quedando así, imposibilitado de las bondades que el abono ofrece a sus tierras y de la carne para las familias campesinas.

El proceso de industrialización no era ajeno para Francia (hablamos de la década de 1840) ni la proliferación de industrias textiles, con la consecuente perdida de competitividad de las devanadoras: pintorescas pero inferiores en comparación con las hiladoras mecánicas. Pero la indecible consecuencia de esto la emigración (a las ciudades, a otro país o continente), en busca de alguna fuente de ingreso, sería la última decisión, por cierto última, tomando la forma de alguna marcha fúnebre, en un éxodo hacia su tumba, que verá morir su vida, amor, ideales por los que pelearon ellos, sus padres y sus abuelos. En fin, el pueblo, que más allá de estructuras económicas, tiene que ver con las personas que guardan bajo sí mismas, la esencia que les da forma: Francia. Pero “antes de llegar a ese extremo, antes de dejar Francia se recurrirá a todo. El hijo se venderá, la hija se hará sirvienta, el chico entrará en la fábrica, la mujer se colocará como nodriza en la casa del burgués, o tomará en su casa al hijo del pequeño comerciante, o aún del obrero.”4

Esto nos lleva irremediablemente a echar un vistazo a la vida del obrero y como es que llega a serlo, forzado por la necesidad.

“Mirad el domingo, en las puertas de Paris, dos multitudes que marchan en sentido contrario: el obrero hacia el campo, el campesino hacia la ciudad. [...Pero el del] campesino no es un simple paseo: admira toda la ciudad; lo desea todo, si puede se quedará en ella”5. Así es, el campesino recién llegado encuentra las comodidades de la casa del amo muy diferentes de la austeridad del campo. Que decir del obrero, debilitado e “incapacitado para soportar los trabajos rudos y los cambios bruscos de temperatura: el aire libre los mataría”6. Pero al campesino “nada lo desanima, ninguna condición le resulta demasiado dura. Entrará como pueda, sea como empleado doméstico, como obrero, como simple ayudante de máquinas, convirtiéndose en máquina él mismo. [Porque el campesino] no entiende, él, que gana un franco o dos al día que con salarios de tres o cuatro o de cinco francos se pueda ser miserable”7 Ahora (siglo XIX) es más fácil entrar a una fabrica; ya quedaron atrás los tiempos del largo aprendizaje, del espíritu exclusivo de los gremios y las corporaciones. Ahora el “verdadero obrero, en estos oficios, es la máquina; el hombre [...] está allí solamente para vigilar y ayudar a este obrero de hierro”8. Y la consecuencia social de este fenómeno es “la de tener, en medio de un pueblo de hombres, un miserable pueblo de hombres-máquinas que viven a medias, que producen cosas maravillosas y que no se reproducen a ellos mismos”9.

PARTE II

1 Michelet, Jules, El Pueblo, Fondo de Cultura Económica, México, 1991, p. 39.

2 Ibid., p. 47.

3 Ibid., p. 52.

4 Ibid., p. 54.

5 Ibid., p. 56.

6 Ibid., p. 57.

7 Ibid.

8 Ibid., p. 59.

9 ibid., p. 63.

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