Ofelia Muerta, Millais

Aquí es necesario hacer una pausa. La cita anterior nos remite al concepto de objetivación y enajenación de Marx, pues sin ir más lejos, el hombre realiza su persona, existe y debe su existencia al trabajo; no sólo es una actividad económica, sino el medio para desarrollar su naturaleza universal.

“El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio [...] pertenece a otro y representa la perdida de sí mismo [luego] llegamos pues, al resultado de que el hombre (el obrero) solo se siente como un ser que obre libremente en sus funciones animales, cuando come, bebe y procrea, a lo sumo, cuando se viste y acicala y mora bajo un techo, para convertirse, en sus funciones humanas, simplemente como un animal [pues estas son] indudablemente funciones auténticamente humanas. Pero en la abstracción, separadas de todo el resto de la actividad humana, convertidas en fines últimos y exclusivos, son funciones animales.”1

Esta es la lamentación para Michelet, la deshumanización que se hace del obrero (y hacia él). Michelet no nos habla acerca de la crítica del capitalismo, ni de las categorías económicas, pero la conclusión es semejante: que el obrero se ha convertido en una mercancía con valor de cambio, un objeto ajeno a sí mismo, un mero engranaje de la industria, arrebatándole una de las virtudes mayores: la libertad, y luego la dignidad; como francés y luego como humano. La consecuencia es “extrema dependencia física, exigencias de la vida instintiva, que se convierten también en dependencia moral y vacío del espíritu, tales son las causas de sus vicios. [...] Esa multitud no es mala en sí misma. Sus desórdenes derivan en gran parte de su condición, de su sujeción a un orden mecánico y que por ello incita, en los raros momentos de libertad, a buscar violentos retornos a la vida.”23

Como contraparte de esta situación, Michelet encuentra en el fenómeno de la industrialización (con la maquina como representante de la concentración de capital que supone) ”un “poderosísimo agente del proceso democrático”4, porque la libre competencia entre fabricantes pone al alcance de los más pobres, objetos útiles antes inalcanzables, lo que supone una homogeneización de los productos en la población.

En general, estas situaciones de servidumbre se pueden resumir así: trabajar o morir. Es pues el motor que hace vivir a Francia, pero no solo económicamente, sino aún más, también en su calidad moral, espiritual; es la que junto con sus fabricantes le da el valor, orgullo, su gloria (como si se tratara de una batalla militar) reivindicándola y enalteciéndola de las demás naciones europeas. Entonces estos industriales, que, de hecho fueron en un comienzo obreros (emancipados a sí mismos de su condición); militares que alguna vez fueron parte del “gran ejercito” de Napoleón5; adueñados a fuerza de las armas y de la sangre de las cualidades del arrojo, audacia, iniciativa; convertidos de siervos a amos, inclusive más crueles que sus antecesores del Antiguo Régimen6. Son ellos, los que, en lugar de las armas y ejércitos, libran batallas comerciales en contra de Inglaterra y Europa en sus propios territorios, dignificando al pueblo y su sacrificio, pues en la idea del pueblo (que Michelet nos ofrece como el sentimiento más elevado) y en la idea del pueblo se conjuntan y renuevan los ideales de Francia y sus más profundas aspiraciones.

“¡Trabaja pues, Francia, para que sigas siendo pobre! ¡Trabaja, sufre sin cansarte jamás! El lema de las grandes fábricas que forjan tu gloria, y que imponen al mundo tu gusto y tu pensamiento, en el campo del arte es éste: Inventar o morir.”7

Hemos conocido de reojo el motor productivo de Francia. Dejando para después unas palabras sobre los comerciantes (los que podemos agrupar dentro otra categoría intermedia, o bien, ajena al pueblo) conviene examinar la situación de los funcionarios, sean bien militares o civiles.

Hemos visto que los campesinos y obreros, además de los fabricantes, suministran los bienes necesarios para la subsistencia y el comercio interior y exterior; sin embargo los funcionarios son los productores de servicios que provee el Estado, y, aunque la producción de éstos no sea material -“¡Como si la justicia y el orden civil, la defensa del país y la instrucción no fueran también producciones, y las primeras de todas ellas!”8- no por ello son menos parte del pueblo, cuya constitución obedece más bien que a categorías económicas o funcionales, a la particular medida de honor, dignidad y sacrificio por Francia.

“¡La servidumbre! ¡La pesada servidumbre! La vuelvo a encontrar, subiendo o bajando, en todos los peldaños de la escala social, ¡aplastando a los más dignos, a los más humildes, a los de mayor mérito!”9

En esta situación encontramos a soldados y oficiales del Ejercito francés; a jueces viajando de un pueblo o ciudad a otro; al agente de aduanas que, a cambio de una miseria “pasa una noche en la frontera o en la costa, sin más resguardo que su abrigo, expuesto al ataque del contrabandista y el viento de la tempestad”10; qué decir del maestro:”El hombre más meritorio, más miserable y más olvidado en Francia. El Estado, que ni siquiera está enterado de cuáles son sus verdaderos instrumentos y su fuerza, [y] que tampoco sospecha la poderosa palanca moral que sería esta clase de hombres”11. Los ojos y los brazos de Francia se hayan inmovilizados, o más bien dicho, amordazados, atados por la fuerza de las destituciones, de los salarios, de la servidumbre. “Un panadero gana más que dos aduaneros, más que un teniente de infantería, más que tal o cual magistrado y más que la mayoría de los profesores; ¡y gana lo mismo que seis maestros de escuela! [...] El país que paga menos a los que instruyen al pueblo [...] es Francia.”12

hemos visto, pues, al pueblo; este conglomerado de personas, de oficios, de profesiones que se definen e identifican más que por una cualidad funcional, por una metafísica que los une y dignifica con los demás “pueblos” del mundo. Es éste el pueblo, más allá de los vicios y corrupciones que le imputan, de la denigración y bajeza moral y espiritual que en el ven quienes lo desconocen (o quieren desconocer) y lo confunden con la consecuencia del deteriorado sistema político y económico de la nación. Al pueblo no se le encuentra en las cárceles y tabernas; se le encuentra trabajando en el campo, en las fábricas, en las escuelas; impartiendo justicia, defendiendo el territorio.

“La masa es buena; no juzguéis por la espuma que flota en la superficie. Aunque flote esta masa tiene dentro una fuerza que la consolida: el sentimiento de honor militar constantemente alimentado por nuestra leyenda heroica.”13

Su esta masa, es el pueblo oprimido y olvidado, ¿que fuerza lo oprime? Aquí Michelet nos muestra la sociedad agrupada en torno a dos grandes polos: “el pueblo y la burguesía.”14

Aquí es algo confuso distinguir lo que Michelet denomina la burguesía, pues en este caso no hay tanto una equivalencia entre burgués y capitalista (aquél que posee los medios de producción); ya hemos visto que a los fabricantes los agrupa en las filas del pueblo, entonces no tiene que ver tanto con la acumulación de riqueza (ya financiera, ya medios de producción, incluida la tierra). De la lectura se concluye que se relaciona con algún grado de estabilidad económica, pues de otro modo el pequeño propietario campesino y el fabricante emprendedor quedarían fuera del pueblo. Tiene que ver con sus intereses. Dejemos que el propio Michelet nos ilustre con la siguiente pregunta: “Si la seguridad es la característica esencial del burgués ¿habrá que dar este nombre al que no sabe nunca si es rico o si es pobre?, ¿a los comerciantes, u otros más fuertes, al parecer, pero a los que la compra de cargos, o cualquier otro sistema, convierte en siervos del capitalista? Aunque no son esencialmente burgueses, pertenecen a la misma clase por sus intereses, por el miedo y por la idea fija de lograr la paz a cualquier precio”15. Entonces ya no encontramos tanto al burgués en el empobrecido propietario rural, o en el fabricante arriesgado; encontramos al burgués más bien en aquél que tiene algún grado de independencia y desahogo económico. Michelet no hace sus clasificaciones de acuerdo a cualidades funcionales o económicas sino más bien morales. Hallamos en el burgués de la época una falta de seguridad; ya no le interesa el porvenir de Francia, sólo la avaricia que obstruye la última esclusa de ambición de progreso; la falta de sacrificio por la nación y por el pueblo que depende de él y al que no sólo ha abandonado, además lo exprime y menosprecia; lo envilece a causa de su propio envilecimiento. Esta es, pues, -concluyo- la burguesía. Y allí también se da la servidumbre. Se es esclavo del banquero, del interés.

“La medida con la que juzgo a estos hombres y estas clases, es el sentimiento francés, la entrega del ciudadano a la patria; es una medida moral pero también natural; en toda cosa viviente, cada parte vale sobre todo por su relación con el conjunto.”16. Y no ésta, la anterior relación enferma, es la que deviene en sufrimiento físico y moral que “se avienen perfectamente para aplastar al débil”17, encerrarlo durante horas eternas, en actividades maquinales, reducido a un simple objeto, a un número, imperfecto, y sólo digno de su salario a través de las penalidades del día laboral.

Pero según Michelet, cuando nos parece que ésta polaridad de clases, solo puede comprenderse así: insociable, insoluble; tal vez solamente con su enfrentamiento y eventual desaparición comprendo la tesis de la asociación, de la amistad... del amor y la pongo en su justo sitio, pues es la premisa y el objetivo del libro: revelar la verdadera y sana relación de los seres vivos.

“He observado [...] la perfecta ignorancia en que cada clase vive respecto a las demás. [...] El pobre supone que atando al rico con una ley, todo se controlaría y que el mundo marcharía bien. El rico cree que haciendo regresar a l pobre a una forma religiosa muerta hace dos siglos, se consolidaría la sociedad. [...] El mal está en el corazón.”18

No es la lucha de clases, el antagonismo entre capital y trabajo, al contrario, es su asociación libre y armonica lo que permitirá –según Michelet- la supervivencia y establecimiento de un organismo social sano. Este es, pues, el diagnóstico y prescripción sobre la sociedad francesa y mundial.

Parte I

1 Marx, Karl, Manuscritos económico-filosóficos de 1844, Fondo de Cultura Económica, México, 1962, p., 67.

2 Michelet, op. cit., p. 69.

3 Para comprender mejor esta cuestión me ha sido de utilidad el siguiente libro: Freud, Sigmund, El Malestar en la Cultura, Alianza Editorial, México, 1989.

4 Ibid., p. 62.

5 Ibid., p. 37.

6 Ibid., p. 45.

7 Ibid., p. 95.

8 Ibid., p. 104.

9 Ibid., p. 109.

10 Ibid., p. 107.

11 Ibid., p. 108.

12 Ibid., p. 107.

13 Ibid., p. 111.

14 Ibid.

15 Ibid., p. 114.

16 Ibid., p. 126.

17 Ibid., p. 129.

18 Ibid., pp. 134 y 135.

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