La protectora de los vendedores de flores

Emmanuel Muñiz Alejandro

Historiador

Hasta aquí de Francia. De ahora en adelante el pueblo mundial: múltiples oficios, razas, naciones y, aún especies. Es un metasujeto que rebasa el horizonte francés, de naturaleza universal y cosmopolita por extensión1.

Se nos presentan los factores que constituyen el pueblo, cómo han sido rebajados a un estadio de servidumbre, pero cómo la disonancia que ha creado por mano del hombre que se enfrenta al mismo hombre y a la naturaleza, puede devenir en armonía: la asociación de lo disociado.

Este desconocimiento, hostilidad y aún desprecio por parte de las clases burguesas, adineradas, cultivadas (estas características no necesariamente coinciden) se da no únicamente hacia el pueblo en la faceta que hemos visto(la de la clase trabajadora), igualmente se da en otros ordenes que nos llevan al reconocimiento del verdadero Pueblo Universal en su conjunto. El primero en la disociación del mismo pueblo, sencillo, instintivo, de acción; frente a las clases cultas, reflexivas, sabias, con arte. Junto y dentro de ese pueblo encontramos a los niños, a los pueblos bárbaros, si se quiere, primitivos. “Los bárbaros los salvajes, los niños y el mismo pueblo (en su mayor parte), tienen en común esta miseria: que se desconoce su instinto y que ellos mismos no pueden hacérnoslo entender.2

Pero la fraternidad universal aún no está completa, hay un sector del pueblo frecuentemente olvidado sin el cual, no estaría completa la “ciudad universal, en la que nada que tenga vida [quede] excluido: [...] la fraternidad universal.”3

“Esta es la verdadera rehabilitación de la vida inferior. El animal, ese siervo de los siervos, se convierte en pariente del rey del mundo.”4. La naturaleza nos hace, ahora más que nunca saber que ella es participe de este concierto de la vida: “la tierra se ha vuelto rebelde, y se ha rehusado a alimentar a las razas inhumanas.”5

“Todos aquellos que gimen o sufren en silencio, todo lo que aspira y asciende a la vida, [...] Es el pueblo. [...Mientras la ciudad] esté incompleta, mientras sea exclusiva e injusta, seguirá bamboleándose y desplazándose. Su justicia es su solidez. [...] Será divina si, en vez de cerrar celosamente sus puertas, reúne a todos los hijos de Dios que se puedan encontrar, a los últimos, a los más humildes [...] Que todos, sin distinción de clase ni de rango, débiles o fuertes, sencillos o sabios, aporten su sabiduría o su instinto.”6

Aquí Michelet cita una frase de Aristóteles y la completa diciendo: “La ciudad no está hecha de hombre semejantes sino de hombres diferentes [...] armonizados por el amor. [...] La democracia es amor en la ciudad”7. Aqui llegamos al máximo ideal de la Patria como una “gran amistad”8, una fraternidad que englobe todas las amistades, es lo único que superará las envidias y rivalidades: un objetivo grande, espiritual, idealista. Es la visión del revolucionario, la visión de que por el amor y la camaradería se borrarán las divisiones y las rivalidades. Cada cual tomará el lugar que le corresponde, pues solo así el hombre se podrá echar de la espalda el servilismo y logrará la libertad que ofrece una Patria justa, fraternal. Del mismo modo estos pueblos (metasujetos) podrán dejar a un lado la guerra y la desolación de la naturaleza y podrá convivir en una fraternidad mundial de pueblos.

Esta es la herencia que Francia da al mundo, este es el pueblo que “gracias al esfuerzo de una nacionalidad heroica, han realizado la obra del mundo, fundando el evangelio de igualdad para todas las naciones.”9

“Mi camino ha sido el recorrido de la leyenda poética a la lógica, y de ésta a la fe y al corazón.”10

“La fe en la entrega, en el sacrificio, y en la gran asociación en la que todos se sacrifican por todos, quiero decir, en la Patria.”11

Hemos recorrido a grandes párrafos esta obra. Hemos desentrañado la naturaleza del Pueblo (del que nos habla Michelet) y sus relaciones con la sociedad y el mundo. Encontramos al pueblo como un organismo, al que hace el sujeto de la historia. Ese sujeto (la multitud silenciosa, reprimida y sacrificada) el que se convierte en el sujeto, en el autor o más bien en el forjador de la historia, pues “desde la primera página hasta la última, la historia ha tenido un solo héroe: el pueblo”12. Nos ha descrito –con mucho sentimiento y coraje- el espíritu de la clase trabajadora francesa. De hecho, me puedo atrever a decir –con tiento- que si bien el pueblo es el héroe de la historia, Michelet es el héroe13 del pueblo.

No es tarea pequeña la que Michelet se hecha a cuestas: La de identificar y resucitar para nosotros el objetivo de su libro (y de su obra), nos entrega al Pueblo, lo identifica y lo reaviva poniéndolo en su justo lugar como fuente de progreso en la historia.

El objetivo de Michelet es presentarnos “el nuevo sujeto de la historia [que] no es otra cosa que todas las personas y grupos que murieron mudos, inadvertidos y sin ser escuchados, pero cuyas voces siguen atormentando a la historia con su presencia reprimida”14. Nos hace presentes temas de estudio, por demás actuales: la familia, los niños, las mujeres, los pueblos extinguidos... los resucita. De hecho, el nombra a su historia como resurrección.

Michelet nos muestra el acontecimiento histórico de una forma nueva y la narración adecuada a la representación de esta mezcla entre lo ocurrido y lo actual, se puede ver como un esfuerzo por hacer una historia viva, vivir la historia.

Su método es la observación atenta del presente, lo liga al pasado, estudia sus relaciones: “Cómo el ser viviente ya existía, por así decirlo, desde antes de nacer”15. Luego estas relaciones las establece en otros pueblos, revelando similitudes y conexiones entre ellos.

Sus conclusiones derivan del estudio de estructuras de larga duración16 (aún no existía la escuela de los annalistas) y los relaciona con hechos actuales –si se me permite-, de corta duración.

Podría concluir que fue un investigador que en términos de Koselleck comprendió que la unicidad de los acontecimientos sociales descansan a su vez, en estructuras de repetición de larga duración. Es la conclusión de que el tiempo social no es “únicamente la sustancia del pasado, sino también la materia de la vida social actual.”17

No es un observador impersonal, no es ajeno a la realidad. No solo identifica la realidad objetiva: “el mismo entra en el escenario de la historia, se dirige al lector en su propia voz”18, pero que esto pudiera llevar a sugerencias históricas no es conflicto para Michelet, porque él es la voz del pueblo, el pueblo en sí, la historia misma.

Michelet logró combinar la investigación científica de los documentos escritos y los de viva voz. Supo ordenar los hechos actuales (mostrándonos un conflicto ideológico y político entre las clases a causa de la Revolución Industrial) y relacionarlos con el pasado remontándolo hasta la Edad Media y aún, hasta la Roma clásica. Su narración es una disertación de la actualidad política. “Michelet borra la diferencia entre la narración [el relato de los hechos] y el discurso [sus argumentos, comentarios] eliminando la oposición entre el tiempo pasado y el tiempo presente y reemplazándola por la autoridad del presente, ‘para marcar la inmanencia del significado en el acontecimiento’”19

Pero su trabajo no es solamente narración o discusión. También llama a la sensibilidad, al sentimiento. Es una historia que apela a nuestra interioridad humana; nos llama a ser parte del relato, a acompañarle y si se quiere (o se puede) a conmovernos ante lo que somos nosotros mismos.

Parte I

Parte II

Bibliografía

-Michelet, Jules, El pueblo, Fondo de Cultura Económica, México. 1991.

-Braudel, Fernand, La Historia y las Ciencias Sociales, Alianza Editorial, Madrid, 1974.

-Freud, Sigmund, El Malestar en la Cultura, Alianza Editorial, México, 1989.

-Marx, Karl, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (borrador) 1857-1858, siglo veintiuno editores sa, México, 1971.

Fuentes Electrónicas

-Ikeda, Daisaku, “Quien hace la historia”, <http://www.sgi.org/spanish/presidente/ensayos/obras_ens_17.html>, (7 de junio del 2004).

-White, Hayden, “Prólogo a Ranciére”, <http://www.hemerodigital.unam.mx/ANUIES/ibero/historia/historia6/art9.html>, (7 de junio del 2004).

1 Sería interesante estudiar las semejanzas y diferencias sobre este punto con la filosofía de Kant.

2 Ibid., p, 204.

3 Ibid., pp. 178 y 183.

4 Ibid., p. 183.

5 Ibid., p. 177

6 Ibid., p. 205.

7 Ibid., p. 212.

8 Ibid., p. 209.

9 Ibid., p. 246.

10 Ibid., p. 281.

11 Ibid., p. 280.

12 Ikeda, Daisaku, “Quien hace la historia”, <http://www.sgi.org/spanish/presidente/ensayos/obras_ens_17.html>, (07 de junio del 2004).

13 En su significado etimológico.

14 White, Hayden, “Prólogo a Ranciére”, <http://www.hemerodigital.unam.mx/ANUIES/ibero/historia/historia6/art9.html>, (07 de junio del 2004).

15 Michelet, p. 147.

16 Tal vez de una manera empírica (en el sentido de intuitiva), pero no por ello contundente.

17 Braudel, Fernand, La Historia y las Ciencias Sociales, Alianza Editorial, Madrid, 1974, p. 63.

18 White, op. cit.

19 Ibid.

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