Publicaciones de Carla Martínez (7)

Jugar es aprender

Cuando un niño es pequeño, digamos en edad de cursar el segundo ciclo de la educación infantil, es casi natural que los educadores le permitan aprender jugando. Se promueve, facilita y anima, sobre todo de unas dos décadas a la fecha, que el niño manipule materiales, descubra nociones y se acerque a sus primeros aprendizajes vía juegos y actividades divertidas.

Tristemente, en la educación primaria y secundaria, estas técnicas no se usan en la misma medida. De hecho, se formaliza a tal punto la adquisición de aprendizajes que los chicos dejan de divertirse al aprender y con ello, marginan el uso de su creatividad. Ello puede resultar muy complejo y triste a la vez, porque los aprendizajes en los que no estamos involucrados emocionalmente, por ejemplo, porque nos resultó divertido el proceso, están destinados a desaparecer más pronto de nuestra memoria.

Sin embargo, a pesar de la rigidez de la que se ha dotado al proceso de enseñanza-aprendizaje para niños más grandes y adolescentes, hay muchos profesores qe experimentan dando más libertad a los alumnos y permitiéndoles jugar y divertirse al tiempo que guían sus descubrimientos.

En un mundo tan cambiante e incierto como el que vivimos actualmente, la creatividad se convierte en una forma clave de enfrentar la vida, el futuro, el mundo laboral, etc. Para ello, los recursos lúdicos en la enseñanza de niños grandes y jóvenes, se convierte en un elemento interesante.

El juego y las dinámicas interesantes y activas son útiles tanto para el aprendizaje de lenguas vivas (un campamento para aprender inglés mientras se practican actividades deportivas), una salida a un vivero, un parque o un invernadero para el aprendizaje de ciencias, simplemente tomar la clase sentados en un jardín...son elementos que pueden marcar un hito en los aprendizaje para los jóvenes.

La idea no es simplemente dejar que los chicos jueguen sin medida ni control. La cuestión es incorporar de forma inteligente estrategias divertidas y lúdicas que vayan de acuerdo a cada disciplina enseñada y que con ello, permitan que los aprendizajes sean sólidos, significativos y duraderos.

Estas estrategias deben ayudar a aprender diferente para pensar diferente. Deberán así mismo animar a los estudiantes a cuestionar y desarrollar sus propias ideas.

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¿En dónde encontramos el sentido de pertenencia?

En una época en que la mundialización cultural y comunicativa nos permite estar conectados con cada rincón del planeta casi en tiempo real, es difícil encontrar el "sentido" a la idea de pertenencia. Si en casi cualquier latitud del planeta encontraremos personas vestidas en jeans y hay marcas de bebidas gaseosas que se pueden comprar en todo el mundo, ¿qué hace exclusivo a nuestro lugar de origen para que le tengamos un afecto especial?

Sin duda alguna, es la especificidad cultural de cada rincón del mundo lo que lo hace diferente, valioso y rico. Uniformar culturalmente al mundo no sólo sería triste por los elementos históricos que jugaron para dar una unicidad a cada espacio y a cada nación o pueblo, sino también por el colorido estético, artístico e incluso gastronómico que es lo que da a nuestro planeta una variedad digna de ser vivida.

Podemos entonces encontrar este manido "sentido de la pertenencia" en cosas mucho más simples de las que podemos esperar. No está siempre en una bandera nacional o en una serie de símbolos patrióticos. A veces, está simplemente en conocer nuestra ciudad a fondo, trabajar en ella, recorrer sus rincones con amor y sentir aprecio y cariño por las calles que recorrieron nuestros padres y abuelos.

Es encontrar en un rincón el parque en el que jugábamos de niños y recocijarnos con los aromas y sonidos que despide.

Es beber la bebida tradicional de nuestra ciudad y perdernos en su sabor, su olor y recordar personas, momentos e historias.

Es saber que podemos viajar, salir de nuestro lugar de origen, aprender otros idiomas, vivir en otras ciudades, pero que en el fondo, ese lugar que nos vio crecer ha dejado una huella profunda en nuestra memoria y que es precisamente este conocimiento de los sitios, canciones y refranes de nuestros abuelos lo que nos permite valorar la riqueza existente en otras culturas, en otros países, en otros idiomas.

La idea no es hacer menos a los demás por sentirnos parte de una cultura, sino sentirnos tan seguros de nuestros propios valores culturales que podamos aprender y disfrutar el resto de lo que el mundo tiene para ofrecer. 

Un sentimiento de pertenencia cultural pasa a ser una herramienta para compartir, respetar, descubrir y aceptar, sin dejar que se deslave cada particularidad que corresponde a nuestra propia ciudad, nuestro barrio, nuestro pueblo. 

¿Qué opináis al respecto?

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Un niño que construye su identidad

Entre los 2 y los 4 años un niño construye la noción de lo que es él mismo. Un bebé recién nacido no sabe que es una persona diferente a su mamá. Se siente tranquilo sólo cuando sabe que hay una de las personas que lo cuidan cerca. Pero conforme va creciendo y adquiere conocimientos que van dándole una progresiva independencia: desde poder sentarse y controlar el movimiento de su cabeza hasta la adquisición de la marcha a dos pies hasta el difícil proceso de control de esfínteres, pasando claro está por el dominio cada vez más pulido del lenguaje.

Como mamás y papás, acompañar este proceso puede no sólo ser fascinante y sorprendente, sino también un interesante desafío. ¿Cómo podemos reforzar esta autonomía y esta construcción tan individual de la personalidad de nuestros hijos?

Diversos estudios han demostrado que el alejarlos de nosotros no es la mejor técnica, aunque en la segunda mitad del siglo XX ésta era una noción muy difundida. La cercanía y el cariño serán fundamentales en los primeros dos años de un niño, dándole una gran seguridad en sí mismo para poder descubrir el mundo y en ese proceso, descubrirse a sí mismo.

Conforme el pequeño crece, necesitará de otras herramientas además de nuestra compañía y amor. Precisará también un espacio que llamar “propio”. Es una fortuna poder asignar un dormitorio para nuestro pequeño, de forma que empiece a descubrir los espacios, conocer los rincones y darle un sitio a sus tesoros personales.

Construir y diseñar esta habitación para facilitar que el niño descubra qué es lo que le gusta, qué es lo que quiere hacer y cómo quiere hacerlo puede ser una tarea compleja. No debemos dejarnos llevar por la publicidad y saturar el lugar de mobiliario y objetos que no son útiles en el camino de descubrimiento del niño.

Una cama al ras del piso, un armario a su alcance, uno o dos espejos colocados a su altura, y áreas bien definidas de reposo, juego y lectura son más que suficientes (inspirándonos básicamente en lo que dice la teoría Montessori sobre espacios diseñados para niños pequeños), y le permitirán al niño adueñarse del espacio e ir uniendo poco a poco las piezas de aquello que le interesa, le gusta y le disgusta.

Colaborar en el proceso de construcción de identidad de un pequeño, es un proceso multifactorial que involucra amor, respeto, cuidado e información. Un poco como cada una de las cosas que realizamos como padres y madres.

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