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Cómo ayudar a nuestros hijos con las emociones

Necesitamos la inteligencia emocional para tener una vida feliz, y por eso es fundamental integrarla en la educación de nuestros hijos. Las habilidades personales y sociales que proporciona a los más pequeños son la base que garantiza su pleno bienestar psicológico y emocional.

Nadie nace con una forma de ser y de actuar definitiva e inalterable. Por suerte, no hemos de quedarnos con la que nos toca y aceptarnos obligatoriamente a nosotros mismos en todas y cada una de las facetas de nuestra personalidad. Mucho menos esperar a que los demás nos acepten también. Sí, es cierto que es importante la aceptación, sin embargo también lo es saber que podemos mejorar, avanzar en nuestros comportamientos y creencias personales, y es desde la infancia y hasta la vejez cuando ha de facilitarse este crecimiento.

El mayor deseo de cualquier padre, la finalidad última de su papel educador, es que su hijo sea feliz. Lo que en otros términos sería su bienestar personal. Ahora bien, si para que eso sea posible es imprescindible potenciar su inteligencia emocional, ¿cómo hacerlo efectivo? Hay dos formas: mediante acciones intencionadas por un lado, y mediante el ejemplo en la convivencia. Esta última metodología es importante a pesar de que a veces no se tiene tanto en cuenta. Se trata de una forma indirecta de aprendizaje que requiere la concienciación por parte de los padres de que los hijos aprenden de ellos día a día en la convivencia.

Resulta fundamental para todos los adultos interiorizar que la inteligencia emocional se percibe, se aprende por patrones, se imita, se copia y se adquiere por modelado de los padres, lo que nos lleva a una realidad: tenemos el deber de ser inteligentes emocionalmente para que nuestros hijos puedan serlo también. De nada sirve que le pidamos a nuestro hijo que aprenda a controlarse en sus enfados, si cuando nosotros nos enfadamos damos un grito para desahogarnos. O cuando nos disgustamos porque nuestro hijo no nos cuenta nada de lo que le pasa, y nosotros no somos capaces de expresar emociones de forma normalizada.

“Todo le da igual”

“Mi hijo no está motivado por nada, parece que todo le da igual” es una expresión que suele escucharse en las consultas del psicólogo, especialmente cuando se refiere a los hijos adolescentes. Se trata de casos en los que esos padres, en lugar de potenciar su propia capacidad de auto-motivarse, viven la vida de forma pasiva, como si se tratara de la de otra persona. Quienes así actúan no se dan cuenta de que en el papel de padres ha de ir incluida la responsabilidad de realizar una introspección, es decir, reflexionar sobre uno mismo acerca del nivel de inteligencia emocional que se tiene y que los hijos están percibiendo. De esta forma, detectando las propias fortalezas y los aspectos a mejorar, podremos ponernos en marcha para mejorar, en nosotros y en los pequeños, este concepto dirigido al bienestar.

Educar las emociones

Haremos a continuación un recorrido por los principios educacionales que potencian la inteligencia emocional en los más pequeños. Esperamos que te sirva, a ti como padre o madre, como guía de autoanálisis, así como de pauta para educar intencionadamente y mejorar la timidez como una respuesta a la interacción social y la autoestima:

1.         Crear su auto-concepto

El autoconocimiento es el punto de partida sobre el que el niño conforma la imagen que tiene de sí mismo así como su autoestima (valor positivo o negativo que le asigna a ese auto-concepto). Los niños deben conocer tanto sus habilidades como sus debilidades siempre con el trasfondo de objetivos a adquirir y en ningún caso como defectos. Para ello el papel de los adultos es fundamental. Te proponemos las siguientes acciones:

  • Comunícale tu propia percepción sobre sus virtudes y sus debilidades desde una perspectiva constructiva, no desde la crítica inútil.
  • Utiliza el refuerzo positivo. Especialmente en aquellas conductas adecuadas y habilidades positivas, relacionadas directamente con el desarrollo de su auto-concepto y su autoestima.
  • Evita las etiquetas negativas. Transmite el mensaje basándote en el comportamiento: “Has dejado varios días desordenada la ropa”, en lugar de poner etiquetas ofensivas.
  • Interésate por saber cómo se ve él a sí mismo. Muchas veces los padres se sorprenden al conocer cómo se autodefine el niño o adolescente. Conversa con él sobre esto y ayúdale a definirse de forma ajustada.

2.         Identificar y expresar emociones propias y ajenas

Es importante conocer el vocabulario de las diferentes emociones, sentimientos y estados de ánimo y saber identificar en uno mismo la sensación que nos provocan para, de esta forma, crear posteriormente estrategias eficaces para cada situación y saber lo que otras personas sienten en determinadas circunstancias. Los niños, por ejemplo, saben qué es llorar y gritar; la mayoría incluso conoce que las personas normalmente lloran si están tristes y gritan si están enfadadas. Sin embargo, el vocabulario de emociones suele ser escaso, y su identificación también.

  • Para que pueda ser efectiva la posterior gestión de las emociones, es necesario que el niño aprenda a definir los sentimientos que experimenta y darles un nombre: frustración, ira, vergüenza, apatía, miedo, asco, decepción, ansiedad, etc. Se trata de que le ayudes a definir lo que realmente le está pasando y brindarle así la primera de las herramientas.
  • Si tu hijo aprende a expresar aquello que es capaz de identificar y lo hace de forma normalizada, se convertirá en hábito en él. En este sentido el modelado es lo que permite a los padres normalizar las conversaciones acerca de cómo se sienten.

3.         Darles la importancia justa

Una vez que el niño sabe identificar correctamente sus emociones y habla de lo que siente con normalidad, es necesario que aprenda a saber qué hacer con ello. El primer mensaje que debe tener claro, y que has de transmitirle, es que experimentar emociones es bueno y sano. Partiendo de esta idea:

  • Su aprendizaje se debe dirigir a la forma en que ha de vivirlas, es decir, experimentarlas en la intensidad, duración y forma adecuada o proporcionada a la situación concreta que las ha generado. Precisamente una de las consultas que más preocupa a los padres está relacionada con problemas de conducta en niños y jóvenes, gran parte de ellos originados por una falta de aprendizaje de autocontrol. Cuando los niños son pequeños, reciben el control externo en forma de normas, consejos, ayuda, etc, y con el tiempo, a medida que van desarrollando el control interno de sus emociones y se exponen a ellas, consiguen generar las estrategias adecuadas para una gestión eficaz. Por ejemplo, todos los niños manifiestan rabietas a una edad concreta; es su forma de expresión y comunicación. Ahora bien, de la reacción de los padres ante ellas dependerá el que el niño aprenda a auto gestionarse y a calmarse él solo, o derivará en una falta de autocontrol que puede llegar a verdaderos ataques de histeria y conductas poco adecuadas en algunos casos. Y es que el control externo tiene un tiempo de caducidad, es el interno el que garantiza la eficacia y el bienestar del pequeño y de la convivencia futura.
  • Relativizar es otro aspecto clave. Cuando el niño expresa sus preocupaciones, debemos enseñarle a darle la importancia justa, sin magnificar o darle más importancia de la que tiene y también sin minimizar o concederle menos relevancia. Es básico que aprenda a poner en práctica este concepto de relativizar, ya que es la forma en que la vivencia de sus emociones será ajustada.

4.         Inculcarles su auto-motivación

La auto-motivación es la capacidad para motivarnos a nosotros mismos. Cuando lo que pretendemos es motivar a nuestro hijo, muchas veces caemos en el error de darle un premio o regalarle algo, pensando que de esta forma le empezará a gustar aquello que nos proponemos. Esto se define como motivación extrínseca y tiene un tiempo de eficacia limitado.

  • Lo que se llamaría motivación intrínseca, es decir, la que el niño crea desde su interior, es más eficaz y duradera. Pero debe aprender a generarla dentro de sí para en un paso posterior poder gestionarla.
  • Existen muchas tareas o actividades que a los niños no les agrada hacer y que sin embargo deben realizar. La educación familiar ha de ir dirigida a que aprendan a encontrar un motivo que les lleve a ejecutar con buena actitud lo que no les gusta. Con mensajes como “hazlo cuanto antes y así te lo quitas de encima” o “cuanto antes termines los deberes, antes te pondrás a jugar”, lo único que consigues es que se pierda todo interés por la tarea.

5.         Desarrollar la empatía

Es la facultad de ponerse en el lugar del otro, algo necesario para establecer buenas relaciones con los demás. Todos, niños y adultos, nacemos con ella en condiciones normales, pero también podemos aprender a potenciarla. Los padres, en concreto, pueden enseñar a sus hijos a manejar su empatía en dos vertientes:

Con el fin de detectar los sentimientos en las otras personas.

  • Lo harán enseñándoles a saber cuándo alguien está triste o enfadado y trasmitiéndoles el valor de ayudar a los demás, ayudándoles además como vencer la timidez.
  • Para ser conscientes de los sentimientos que nuestras acciones provocan en otras personas. Los niños deben aprender que sus actos (lo que dicen y hacen) tienen consecuencias en las emociones de otras personas, y que cuando han de “pensar antes de actuar” es una de las cosas que han de tener muy presente, tanto para no hacer daño al otro como para generar sentimientos positivos en los demás.

6.         Fomentar su asertividad

Es otra de las habilidades interpersonales a desarrollar. Se refiere a una eficaz forma de comunicarse con los demás en la que expresamos al otro nuestro desacuerdo, malestar o diferente opinión, sin ofenderle y sin callarnos de forma pasiva. Es muy común en muchos niños asociar el conflicto con comunicar un desacuerdo, como si expresar lo que les ha molestado de otros o sus diferencias fuera causa directa de discusión con ellos. Al callarse y no decir nada, se convierten entonces en el amigo perfecto y querido por todos, pero interiormente esta situación les genera frustración o malestar. Otros niños, que sí expresan lo que les molesta o en lo que disienten, lo hacen de tal forma que ofenden al otro. Suelen decirlo muy directamente o de manera muy brusca, y eso hace que se genere un conflicto entre ellos que está lejos de ser una comunicación sana. Por tanto, es importante que le enseñes a tu hijo que la forma de decir las cosas es la clave para la buena comunicación.

  • La idea a transmitirle que puede decir todo lo que quiera a otra persona si lo hace con cuidado y teniendo en cuenta los sentimientos ajenos. Y que su discurso ha de partir desde el respeto de su propia forma de ser y actuar.
  • Somos muy dados a dictar a los hijos lo que deben decirle al compañero cuando les molestan, o a la profesora cuando le tienen que expresar algo, y olvidamos tener en cuenta que al igual que los adultos tenemos personalidades distintas y formas de expresión y de actuar con las que nos sentimos más o menos cómodos, en los niños pasa igual, y se debe respetar, para que aprendan ellos solos a crear estrategias que después pongan en práctica con éxito.

Puedes descargar este artículo en tu móvil u ordenador.

Una vez conocidos estos conceptos, solo queda ponerlos en marcha. Puede que resulte algo costoso en esfuerzo, o personalmente, pero es la forma en la que la educación emocional se desarrolla en nuestros hijos: enseñándola intencionadamente y practicándola cada día. No olvides acercarte con a plantear tus dudas con un psicólogo certificado.

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