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INTRODUCCIÓN

La llamada Década perdida representó para América latina una grave crisis económica en los años ochenta del siglo XX que devino en un fuerte retroceso económico, problemas de impago de la deuda externa, índices inflacionarios gravísimos, el índice de crecimiento experimentó fuertes retrocesos, el índice de bienestar humano bajó considerablemente con lo cual la zona experimentó pérdidas en la posición económica mundial. La zona quedaría vulnerable y tendrían que realizarse ajustes macroeconómicos muy difíciles, como las medidas presentadas en el Consenso de Washington. En Méxicoocurrióconcretamente a partir de 1982.

El análisis de las causas y las consecuencias de la crisis así como de las medidas que se instrumentaron y los obstáculos que impedirían la recuperación así como de la futura contracción de la economía presenta muchos enfoques que deben ser atendidos, tanto para la debida comprensión de la crisis en América latina en el contexto de la dinámica mundial como para las cuestiones nacionales concretas de los distintos países del área latinoamericana.

 Análisis presentado para la plataforma digitalDisgoo

DESARROLLO

Antecedentes de la crisis: El escenario internacional

 

Cronológicamente este periodo comenzaría con la crisis mexicana del año 1982, cuando se anuncio que no se podría hacer frente a los pagos de la deuda externa contraída. Si bien es cierto que los antecedentes de la crisis los encontramos años atrás, cuando distintos países desarrollados determinaron aumentar sus tasas de interés. El antecedente directo ocurrió en 1979 cuando la Reserva Federal de los Estados Unidos (FED), decidió aplicar duras medidas económicas monetarias restrictivas destinadas a reducir la inflación. Esta sería el detonante de la crisis. La crisis económica se comenzó a sentir con mayor fuerza en 1981. En 1982 el gobierno mexicano se vio obligado a reconocer que no podría continuar con los pagos de la deuda externa. El temor a una crisis de alcance mundial se desató en la comunidad financiera internacional por miedo a que esta situación se contagiara a otras naciones en vías de desarrollo y, aunque la crisis estalló en México, se propagó a todo el mundo, dando como resultado la desaceleración económica de los países desarrollados y, como es de suponer, afectó gravemente a los países en vías de desarrollo, dejándolos en una situación demasiado vulnerable.[1] Podemos apreciar dos factores económicos que incidirían directamente en la crisis:

 

  • Ya que la economía de los países desarrollados se desaceleró, disminuyó el mercado internacional para los países exportadores en vías de desarrollo: La exportaciones de los países latinoamericanos se redujo de modo grave.
  • Esta situación del mercado redundaría en una reducción significativa en el precio de las exportaciones, dañando nuevamente las economías nacionales latinoamericanas.

 

La consecuencia directa de esta menor entrada de divisas fue la depresión de estas economías entrando en una espiral inflacionaria, impago de una deuda externa eterna, contracción de la economía, quiebra de empresas, desempleo, y un cada vez mayor y más peligroso hundimiento de las economías nacionales de la zona. El sistema financiero mundial entraría en un periodo crítico y, aunque la crisis afectó de modo distinto a las economías desarrolladas y a las subdesarrolladas, en estas últimas se observa una caída aun mayor que las décadas atrás en los años de la Gran Depresión. Los organismos internacionales reestructuraron la forma de pago de la deuda externa de estos países y, por otra parte se aplicaron algunas medidas como el Plan Brady y el Consenso de Washington con diversos alcances y resultados.

 

 

Estudio de la crisis de las economías latinoamericanas

Es necesario profundizar en la comprensión de la estructura y procesos en las economías de la zona estudiada y de esta manera identificar elementos constantes y constitutivos que se inscriben una “larga historia” como nos sugiere Vuskovic. De esta manera el análisis de la crisis de la década perdida, aparece contextualizada dentro de la evolución histórica de estas sociedades. Repasemos algunas constantes fundamentales de la situación latinoamericana:

 

  • Incapacidad para generar unas dinámicas propias de desarrollo autónomo, como para sobreponerse a la dominación exterior.
  • Los factores externos han impuesto la intensidad y el sentido del desarrollo latinoamericano y sus transformaciones.
  • Las profundas readecuaciones que periódicamente han impuesto los intereses externos en las estructuras económicas y sociales latinoamericanas han ocasionado sacrificios muy granes y retrocesos sustanciales en los avances alcanzados hasta ese momento.[2]

 

Estas constantes que nos menciona Vuskovic las encontramos en las fases históricas del desarrollo económico de estas sociedades: 1. El transito de la vida prehispánica a la colonización; 2. El periodo colonial y todas sus fases; 3. El transito de la vida colonial a la independencia política y la inserción dentro de la división internacional de trabajo de la época; 4. El de las estructuras primario exportadoras a la industrialización sustitutiva y la “modernización”.

Es la última parte de esta fase histórica la que nos ocupa, del momento en que el sistema de industrialización por sustitución de importaciones presentó sus limitaciones y finalmente quedó agotado en la crisis que nos ocupa forzando a las naciones a buscar o aceptar nuevas soluciones.

Debemos señalar que estas profundas tendencias económicas en las sociedades no pueden dejar de ser interpretadas sin tomar en cuenta el papel de la economía mundial en nuestros análisis, por lo mismo, explicar satisfactoriamente la dependencia de América Latina no puede minimizar el componente de la economía y la política mundial en la estructura económica de estas naciones. Estas etapas que hemos repasado están lastradas, cada una por la anterior y se superponen, la profundidad de cada una impone límites a las proyecciones y respuestas posibles a las situaciones que se le presentan. Nos ha sido ilustrativo el concepto de la teoría de la dependencia de Cardoso y Enzo Faletto que aplicó al caso brasileño.[3]

 

El nuevo concepto de dependencia […] intenta separar, analíticamente, las fuerzas políticas de las económicas y sugiere que, aunque los límites para maniobrar de hecho son fijados por el mundo externo (por el imperialismo), la gama de respuestas posibles a una situación determinada depende de las alianzas políticas internas y del espíritu creador. Puesto que la historia de cada país le atribuye una combinación peculiar de acciones posibles, la respuesta no puede ser prevista sólo a partir de la teoría general. Requiere además un minucioso estudio de las tendencias históricas y de la realidad del poder en cada instancia. La clave para llegar a comprender estas realidades está en enfocar la atención sobre las respuestas internas que se dan a la dependencia externa, Es más […] niega que [en algún caso] la industrialización dependiente conduzca necesariamente al estancamiento económico.[4]

 

Como hemos expuesto en ensayos anteriores, a partir de la crisis de los años treinta (Gran depresión) y el cambio en la orientación del mercado internacional, la zona presentó las desventajas de una estructura de intercambio comercial que favoreció a las naciones más desarrolladas, de acuerdo al modelo primario exportador. Esta dinámica conllevaba la simplificación de la estructura productiva que entraba en contradicción con la diversificación de la demanda interna. Exigía una dependencia de productos manufacturados provenientes del exterior. Sin embargo “involucraba una tasa de crecimiento considerablemente menor a la de las economías más adelantadas […] o un desequilibrio creciente de las cuentas externas y la acumulación consiguiente de endeudamiento” por la dinámica asimétrica entre la demanda de productos manufacturados y los productos primarios. En suma, orillaba a la perpetuación del crecimiento económico fundamentado en una economía extensiva y a una balanza de signo negativo. El esquema se vería agravado por el avance tecnológico que permitió que las economías desarrollaras pudieran sustituir productos primarios naturales por productos industriales: se alteraría la división internacional del trabajo perjudicando a los países menos desarrollados productores de esos productos naturales primarios (relación adversa de precios en el intercambio y concentración de tecnología en los países desarrollados). La economía era profundamente dependiente del contexto internacional.

Desde la Primera Guerra Mundial y la crisis capitalista de los años treinta, ese modelo productivo quedó obsoleto, se intentó redefinir el modelo tratando de satisfacer la demanda interna, es decir, un desarrollo industrial “hacia adentro” que buscara satisfacer la demanda interna. Estas políticas de “industrialización sustitutiva” de hecho ya se estaban implementando cuando Prebisch trató de darles un sustento teórico; después “reconoció que su propuesta de política intentó dar una justificación teórica para la política de la industrialización que ya se seguía”.[5]

 

La creencia de que el desarrollo impulsado por las exportaciones no era una opción correcta para América Latina estaba muy arraigada en la región durante la posguerra. La recesión internacional de los años 30, los disturbios económicos causados por la segunda guerra mundial y las políticas proteccionistas de las naciones desarrolladas --como el arancel Smoot-Hawley de Estados Unidos, de 1930- habían debilitado la demanda de productos básicos con la contracción consiguiente de las economías de América Latina. La división internacional del trabajo -con el norte que producía artículos manufacturados y el sur que abastecía de bienes primarios- parecía contraria al desarrollo a largo plazo de la región, debido a las fluctuaciones adversas de la relación de precios del intercambio y a la concentración de la tecnología en las industrias fabriles del norte. Esta dicotomía de "centro-periferia", poderosamente descrita por Prebisch (CEPAL, 195l), dominó el pensamiento económico regional durante los primeros años de la posguerra.

En ese tiempo prevalecía la convicción de que las políticas económicas internas debían ajustarse para enfrentar las restricciones externas al crecimiento de la región. Prebisch sostuvo que la industrialización interna fomentaría la difusión de la tecnología, aumentaría el empleo, elevaría la productividad de la mano de obra y reduciría la vulnerabilidad de la región al sistema económico internacional. Esta tesis fue la base teórica de las políticas de industrialización por sustitución de importaciones que procuraban fortalecer el desarrollo industrial con la protección de los mercados internos aplicando aranceles, cuotas y otras restricciones, y con la promoción subsecuente de las industrias locales.[6]

 

Es la estrategia económica de “crecimiento hacia adentro” de acuerdo con el modelo de la industria sustitutiva donde teóricamente encajarían dentro de un progresivo desarrollo ascendente los siguientes procesos: Tecnificación agrícola, liberación de mano de obra rural para ser absorbida en zonas urbanas industriales, crecimiento de la productividad y el ingreso, diversificación de la demanda y los estímulos económicos consecuentes retomando nuevamente este “ciclo virtuoso” en un nivel superior. Sin embargo, este crecimiento presentaba diferencias fundamentales de respecto de las naciones capitalistas desarrolladas:

 

Primero, la industrialización encontraba una demanda preexistente, determinada por el nivel y la concentración del ingreso alcanzados en el desarrollo primario-exportador, y caracterizada por lo mismo por volúmenes globales relativamente pequeños y una alta diversificación en términos de variedad y calidad de los productos; de ahí la estructura productiva que tiende a conformarse con las consecuencias de baja productividad y altos costos. Segundo, no venía a sustituir producciones artesanales, sino importaciones originadas en las fuentes más productivas y eficientes del exterior; en consecuencia sólo podían desarrollarse en los marcos de amplia protección estatal.[7]

 

Con todo entre 1950 y 1960 la economía de América Latina creció a una tasa media anual de casi 5%. En algunos países más grandes se logró impulsar una industria pesada, sin embargo, ya entre 1960 y 1970 este modelo de crecimiento comenzó a mostrar sus deficiencias, deviniendo en un decrecimiento de la economía. La producción industrial requería insumos de bienes de capital intermedio que provenían del extranjero (maquinaria industrial principalmente), al final la producción y la economía cayeron en una dependencia de los países desarrollados exportadores de bienes de producción necesarios para la industrialización nacional, endureciendo la dependencia centro-periferia de América Latina. Además, la producción industrial de escala requiere un mercado más grande que el interno, mercado que no llegó a constituirse. Este modelo de sustitución de importaciones había sido agotado, no consiguiendo un desarrollo económico autosustentable.[8] Sin embargo, los países de la zona durante la década de los setenta continuaban importando fuertemente, en la dinámica de la sustitución de importaciones, confiados en la entrada de capitales y la fortaleza de los “petrodólares” (resultado de la crisis del petroleo de 1973). “Un ambiente internacional favorable, de bajas tasas de interés reales y una demanda renovada de exportaciones de América Latina ayudaron a los gobiernos de la región a servir su endeudamiento cada vez mayor con poca dificultad entre 1975 y 1979”.[9]

 

Pero antes de fracaso final, la "profundización" de este programa sustitutivo desde las manufacturas ligeras hasta las intermedias, y de allí hasta la maquinaria pesada, fue un proceso intentado hasta los setenta, lo que agravó las distorsiones económicas y sociales del subdesarrollo latinoamericano.[10]

Porque esta profundización implicaba un cambio cuantitativo en la producción, desde la fase "fácil" de la sustitución de importaciones, que incluía manufactura con mano de obra intensiva, poco capacitada y de baja tecnología, hacia la fase "dura" de industrias capital-intensivas, de alta especialización y tecnología. El resultado fue que la creciente emigración del campo no pudo ser absorbida por la industria urbana; durante la década de 1960 el desempleo urbano comenzó elevarse dramáticamente, dejando claro que la modernización y el crecimiento económico de las décadas anteriores no alcanzó a la mayor parte de la población ni a la gran masa urbana. “El fracaso del crecimiento económico, el desarrollismo y la modernización fue agravado, después de 1973, por los coletazos inflacionarios de las crisis internacionales, que en Latinoamérica no sólo fueron causadas por los elevados precios de los combustibles, sino también por el impagable incremento de la maquinaria importada del mundo industrializado”.[11]El agotamiento del modelo de crecimiento basado en la sustitución de importaciones, las crisis petroleras y recesiones de los setenta, y la segunda crisis del petróleo incidió en los factores que desataron la crisis de la década de 1980, como dijimos que pasaría a ser conocida como la década pérdida”. Algunos de los elementos económicos de esta crisis económica fueron: la disminución de las exportaciones latinoamericanas dentro del total del comercio mundial (del 13,5% en 1946 a 5,1% en 1970), que dispararon, como dijimos, el endeudamiento externo, “que había amenazado a las repúblicas latinoamericanas desde su independencia”. La banca privada internacional emitió tal cantidad desproporcionada de préstamos (llegaron a representar más del 50% por ciento del PNB de América Latina en 1980, con excepción de Brasil). La desaceleración en las tasas de crecimiento del PNB hicieron que el promedio regional decayera de 4,5% en los setenta a 1,3% en los ochenta, la hiperinflación superó el 2.000% anual en Argentina, Brasil y Perú, (excepción de Jamaica, Colombia y Chile que eludirían el declive general en el ingreso per cápita durante este periodo).[12]

Cuando comenzó la crisis los países de la zona se encontraron en una caída repentina y brusca de las corrientes de capital, se intentaron políticas con el fin de frenar el acelerado déficit interno y externo: muchos restringieron las importaciones, se impusieron aranceles más elevados, sistemas de tipos de cambio múltiples, aplicación de numerosos impuestos. En busca de financiamiento acudieron a los bancos centrales en búsqueda de nuevos empréstitos, lo que acrecentó la hiperinflación. En este periodo inicial comenzaron a hacerse reformas que tuvieron distintos alcances, aunque se pueden hacer algunas generalizaciones:

 

  • Ajustes macroeconómicos importantes para estabilizar la economía y reducir la inflación.
  • Estricta disciplina fiscal (mermada en gran parte por una gran corrupción: fuga de capital)
  • Política monetaria restrictiva y, en algunos casos
  • Fijación del tipo de cambio nominal.
  • La importancia del Estado, prominente en América Latina en décadas anteriores, disminuyó en favor de los poderes del sector privado y del mercado.
  • Desregulación y privatización de las empresas del Estado con el fin de impulsar una mayor competencia y reducir distorsiones en la economía.
  • Muchos países redujeron unilateralmente los aranceles y eliminaron varias barreras al comercio (para acelerar el crecimiento de la productividad regional).

 

Las reformas que se ensayaron tuvieron el objetivo de lograr un “crecimiento hacia afuera” en contraste con el anterior modelo de “crecimiento hacia adentro” de la industria de sustitución de importaciones.

 

Estas políticas estaban en abierta contraposición con el consenso de los primeros años de posguerra, según el cual los factores externos eran los impedimentos más relevantes para el crecimiento. Más que la solución a las restricciones externas, como lo planteaba Prebisch, las políticas internas proteccionistas y centradas en el Estado se consideraban la causa profunda de los problemas del desarrollo de la región. La idea de que se podían eliminar las trabas al crecimiento, eliminando las distorsiones de política interna pasó a dominar el pensamiento económico de la región y de las instituciones financieras multilaterales. Tanto el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) como el Banco Mundial acentuaron la importancia de las políticas internas desde principios del decenio de 1990.[13]

 

Este crecimiento tan buscado, basado en un desarrollo económico internacionalizador propio del neoliberalismo con todos sus riesgos y las consecuencias a que darían lugar en la década de 1990 y el comienzo del nuevo milenio. Que los intereses extranjeros en la región, el nuevo flujo de capital y las tendencias que arrastraban los países latinoamericanos devendrían en nuevas vicisitudes económicas y que la tragedia se repetiría y la independencia económica de América latina no se pudiera lograr es, lamentablemente otra historia.

 

Claro está, que las reformas esgrimidas durante toda la década, sin dudas [sic], modificaron la estructura productiva de la mayoría de las naciones en desarrollo, sobre todo las latinoamericanas. Entonces, consumado, casi en su totalidad, la década pérdida, los vecinos del norte se apiadaron de nosotros, los pobres del sur. No lo hicieron porque sentían que era su deber moral, el de ayudar al prójimo, sino por simples intereses de que les perjudique en un futuro, pues no tendrían de quien saciarse. Algunas cosas sin descuidar, que este nuevo proceso ordeno [sic], fueron las ideas de los países, aplicando el neoliberalismo triunfante, pues había caído el muro comunista, dejando a Estados Unidos como líder absolutos [sic] del poder terrenal en materia económica. Naturalmente, las variables a nivel mundial cambiaron, pues se encontraron sin oposición fuerte en el planeta.[14]

 

 

Por último debemos mencionar en este bloque de medidas que se intentarían en distinta medida y con diversos resultados, las emanadas del Consenso de Washington (1990), impulsadas por Estados Unidos, con la finalidad de promover este cambio en la política económica de los países subdesarrollados con especial énfasis en América Latina. La aplicación de los diez instrumentos en política económica marcan esta nueva línea de modelo económico neoliberal: “Cuando analizamos este punto esencial de la vida económica de Latinoamérica, encontramos varios autores que denotan que este fue un hecho que intento [sic] plasmar aún más, desde la caída de la ex URSS, el poderío neoliberal en todo el planeta.”[15] Con mayor o menor grado serían las directrices que se exigirían en adelante a las naciones y que debían guiar en la solución a la urgente salida de la crisis de la década perdida. Los puntos básicos fueron los siguientes:

  • Disciplina fiscal de los gobiernos
  • Reorientar el gasto gubernamental a áreas de educación y salud
  • Reforma fiscal o tributaria, con bases amplias de contribuyentes e impuestos moderados
  • Desregulación financiera y tasas de interés libres de acuerdo al mercado
  • Tipo de cambio competitivo, regido por el mercado
  • Comercio libre entre naciones
  • Apertura a inversiones extranjeras directas
  • Privatización de empresas públicas
  • Desregulación de los mercados
  • Seguridad de los derechos de propiedad

 

En la década de los noventa como hemos observado continuarán las consecuencias de la crisis de la década de 1980 y de las medidas que se ensayaron para solucionarla, de las que brevemente hemos dado un repaso. Del agotamiento del modelo basado en el “crecimiento hacia adentro” y el desarrollismo a la internacionalización de la economías encontramos, como hemos dicho, muchas continuidades, constantes que las sociedades latinoamericanas llevan consigo desde la época de la conquista y que el peso de los intereses de las grandes potencias en la división internacional del trabajo y el mercado mundial han incidido en la recurrencia de nuevas crisis económicas y la permanencia de la dependencia y el subdesarrollo.

 

Poniendo en evidencia el agotamiento del "modelo latinoamericano de desarrollo" que se había caracterizado desde los años 1930 por una agricultura improductiva y subordinada a la industria protegida, así como por una fuerte presencia del Estado corporativo, la década perdida implicó una nueva y creciente dependencia de agencias como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), los cuales dictaron desde entonces las recomendaciones o recetas económicas y sociales a ser seguidas por los endeudados países. Inspirados por la Nueva Derecha del eje anglo-americano, los "planes de ajuste" firmados desde 1982 fueron de hecho paquetes de políticas neoliberales, incluyendo la reducción de las burocracias mostrencas y la privatización de muchos servicios y compañías de los Estados corporativos latinoamericanos. El paquete neoliberal fue aplicable, aunque produciendo inestabilidad a largo plazo, en las administraciones de Carlos Salinas de Gortari (1988-94) en México y Carlos Menem (1989-95, 1995-99) en Argentina, especialmente durante su primer mandato. Pero las reformas requeridas por el FMI y el BM probaron ser desastrosas cuando fueron introducidas demasiado tarde y drásticamente después de una relativa bonanza, tal como ocurrió durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez (1989-93) en Venezuela, marcado por saqueos, malestar social y golpes militares. El violento clima político y social venezolano fue exportado a otros países latinoamericanos donde, empeorado por el así llamado "efecto tequila" en México en 1994, los ajustes neoliberales no pudieron disminuir las desigualdades sociales, sino más bien incrementaron la pobreza y criminalidad para finales de la década (Rotker, 2000).[16]

 

 

CONCLUSIONES

Como hemos observado, el modelo de sustitución de importaciones estuvo fuertemente condicionado por las circunstancias históricas de las naciones latinoamericanas y, además, por las condiciones internacionales de la división internacional del trabajo. El crecimiento hacia adentro, buscando la independencia económica y el desarrollo económico dio lugar a un fortalecimiento en el grado de dependencia hacia las naciones desarrolladas, las cuales nuevamente resultaron favorecidas de estos procesos (persistió o se acentuó el problema de la balanza de pagos deficitaria). El gran influjo de prestamos fue destinado cada vez más al servicio de la propia deuda (más aún desde que empezaron a subir las tasas de interés) lo que generó una “dinámica incontenible de endeudamiento”.[17] Estallaría una “crisis de la deuda” cuyos intereses fueron equivalentes a cuotas muy significativas del total de producto interno bruto, se suspendieron nuevos prestamos externos y el grave riesgo de una consecuente incapacidad de pago a futuro. El fracaso de la sustitución de importaciones y las crisis internacionales, principalmente por la segunda crisis del petróleo se conjugaron con las inercias y el tipo de desarrollo económico latinoamericano buscado. La década perdida no puede simplificarse a su propio periodo sino que como ya se indicó anteriormente lleva mucho de los “elementos constantes y constitutivos “de la larga historia de América Latina y los avatares de su existencia íntimamente relacionada con las naciones desarrolladas que se tradujo en una permanente dependencia hacía ellas y a las cambiantes condiciones del mercado internacional. De la Década Perdida surgió una dependencia creciente al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. Basta dar una ojeada rápida a la realidad latinoamericana actual y evaluar si resultaron exitosas estas medidas o no. Y creo que sobran los comentarios.



[1] Walter Nicolas Pepicelli, “La Década Perdida”, <<http://www.econlink.com.ar/subdesarrollo/decada-perdida>>, (20 de noviembre de 2011).

[2] Vuskovic Bravo, Pedro, La crisis en América Latina, Un desafío continental, Siglo XXI, México, 1990, pp. 17.

[3] “Los industriales brasileños […] como no tenían el poder económico ni político para construir un sistema industrial autónomo, recurrían cada vez más a colaborar con empresas trasnacionales para resolver sus problemas. Por lo tanto, tenían que desviarse de cualquier vínculo estrecho con otros sectores de Brasil, especialmente con la clase trabajadora”. Kahl, Joseph A., Tres sociólogos latinoamericanos, UNAM, ENEP Acatlán, México, 1976, pp. 227.

[4] Ibíd.

[5] Nancy Birdsall, y Carlos Lozada, “Shocks externos en economías vulnerables: una reconsideración de Prebisch”, Revista de la Comisión Económica para América Latina, versión en línea en <<http://www.eclac.org/publicaciones/xml/2/19232/nancy.htm>>, (10 de noviembre de 2011).

[6] Ibíd.

[7] Vuskovic, op cit, p. 23.

[8] “Ya en 1963, Prebisch reconoció que la época de la sustitución fácil había terminado (Prebisch, 1963)”, Nancy Birdsall, op cit.

[9] Ibíd.

[10] Ibíd.

[11] Arturo Almandoz, “Despegues sin madurez. Urbanización, industrialización y desarrollo en la Latinoamérica del siglo XX”, en Revista Eure, Vol. XXXIV, num. 102, pp. 61-76, agosto 2008, consultada en línea en <<http://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0250-71612008000200004&script=sci_arttext>>, (8 de noviembre de 2011).

[12] Ibíd.

[13] Nancy Birdsall, op cit.

[14] Walter Nicolas, op cit.

[15] Ibíd.

[16] Almandoz, op cit.

[17] Vuskovic, op cit, p. 28.

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Emmanuel Muñiz Alejandro es historiador, investigador y editor. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, graduado con honores, en la Escuela Nacional de Música (ENM). Actualmente se dedica a tareas de investigación histórica, estudios de género, discapacidad y tecnologías de la información. Se encuentra realizando un Máster en Historia del Mediterráneo Antiguo en España.

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