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Introducción

 

El objetivo de este breve ensayo es exponer de manera concreta que hubo en el proceso de conquista y colonización europea en América dos grandes momentos. El primero de ellos dentro de una etapa ibérica. Hispanos y lusitanos repartiéndose el mundo como dos imperios mundiales con el contubernio vaticano. Sería la primera etapa del reparto europeo del mundo americano. Ya después nos encontraremos en el siglo XVII a nuevos actores (Francia, Inglaterra y Holanda) retando los presupuestos ibéricos del dominio americano, si no en su totalidad, si en su integridad; les llevará a establecerse sobre inmensas áreas no ocupadas realmente hasta ese momento, valiéndose de nuevos mecanismos ya propios de la época de la producción masiva. Éstas son, pues, las dos vertientes colonizadoras, pero ¿fueron semejantes? ¿Cuales fueron las diferencias apartando lo cronológico? ¿Cuáles fueron los motores que les impulsaron?[1] ¿Se podría en última instancia hablar de un fracaso de alguno de los dos modelos o, simplemente de la evolución natural de los mismos en relación a fuerzas dinámicas ya implícitas en las sociedades europeas que dieron pautas a las americanas con su creciente personalidad propia?

 

 

DESARROLLO

 

PARTES

 

-Breve reseña histórica (España y Portugal los reinos conquistadores posmedievales)

-Bulas papales. Las primeras islas.

-El desarrollo en Amberes.

-La debilidad española y el cuestionamiento de su hegemonía.

-El papel del capitalismo.

-La colonización inglesa y de los otros países.

-El protagonismo inglés.

-La esclavitud y las causas del fortalecimiento norteamericano.

-análisis final.

 

 

Cuando la Castilla católica pudo jactarse de la ocupación de efectiva de nuevas islas más allá de Cabo Verde ya la maquinaria conquistadora se encontraba en plena forma; fue la llegada a San Salvador un eslabón más -si bien de máxima significación- de la dinámica de las cruzadas.

La vertiente justificadora era ganar almas y tierras, en su corazón latía el ansia de riqueza, honores, cargos y tierras; todas ellas se juntaban en el anhelo de vida noble[2]. El orden noble y el eclesiástico se alimentaban de la captación de rentas. Rentas pues, es la palabra clave de la vida material del estamento noble. Idealmente guiaba el proceder de los conquistadores españoles que ocuparon las tierras americanas[3]. Para entonces Portugal ya se encontraba firme en el predominio de la ruta hacia las Indias Orientales. Por medio de feitorias se establecían en puntos intermedios de las rutas; captaba, comerciaba, almacenaba y embarcaba las mercancías hacia Europa[4]. Los esclavos de Guinea eran una de tales mercancías.

Como podemos observar Las coronas de ibéricas se habían repartido el globo (Occidente y Oriente) en el siglo XVI. Esto quedó plasmado en el Tratado de Tordesillas y en las distintas bulas papales[5] que, además imponían un sello netamente católico y evangelizador a la acción militar, signaba ésta dentro de una esfera religiosa y legitimaba la participación del orden eclesiástico dentro de ella. Fue norma llevar misioneros en expediciones conquistadoras y éstos religiosos fueron parte inherente de la vida colonial hasta el final (y hasta la actualidad), trataron de regular la vida, fueron parte del componente económico, cultural, pedagógico y material del estilo de vida colonial, en su vertiente española (franciscanos, dominicos, jesuitas) como de portugueses en Brasil (jesuitas).

 

En la relación Iglesia-Estado, las bulas papales como alianza y legitimación o formalización de una ocupación y por otro lado, en la relación Estado-Conquistador por medio de las mercedes y títulos: “la autorización papal concedía un título extra de seguridad a las peticiones castellanas contra cualquier intento de recusación por parte de los portugueses, y elevó la empresa de las Indias ligando los derechos exclusivos de Castilla a  una obligación permanente de que se ganarán a los paganos a la fe. Esta empresa misionera, solemnemente confiada a la corona de Castilla se dotó así de una justificación moral para la conquista y colonización,, que a la vez reforzaban las concesiones en una forma u otra obtenidas del primer descubrimiento.[6]

 

 

Ninguna de éstas características observaremos en la colonización posterior, ya en el siglo XVII cuando las fortalecidas coronas Holandesa inglesa y francesa, disputen la hegemonía y autoridad de un reparto en que nadie (salvo España, Portugal y, claro, el Vaticano) coincidían. Además a estos nuevos colonizadores no les interesaban tanto los cargos y los honores, la simple percepción de rentas y senhorios como la gran producción manufacturera y enriquecimiento personal basado en el trabajo personal, y en gran cantidad. Si bien eran creyentes, no lo eran en la vertiente católica[7] y no llegaron a evangelizar sino a producir, claro, después de haber sobrevivido los primeros y terribles años de establecimiento de las colonias inglesas. El espíritu independiente y emprendedor impregnaba la mente de estos incipientes precapitalistas, quienes encontraron en la religión protestante el sustento moral e ideológico para el enriquecimiento personal y la explotación de los territorios recién ocupados, pues

 

 

Exalta las virtudes del trabajo manual, del comercio y de la industria y la libertad económica, bases del acenso del capitalismo y de la clase burguesa. […] una consecuencia práctica inmediata de la reforma religiosa fue la liberación financiera de los creyentes e instituciones de la fe con respecto al pontificado romano católico, de lo cual se aprovechó Inglaterra y también alivió la carga económica de las colonias inglesas de Norteamérica.[8]

 

De hecho ni siquiera existieron la transculturación y la asimilación de los grupos humanos naturales que sí hubo en los reinos españoles y portugués[9] (en mucha menor medida). Los colonos ingleses simplemente les relegaron de su esfera o los exterminaron.

 

Las relaciones con los indígenas fueron en algunos casos de convivencia, mediante el comercio y la asimilación de algunas experiencias en el cultivo del tabaco, las habas, el tomate, el maíz, y en otros casos de violencia, para la expansión  del territorio a expensas de aquellos; en ningún caso los colonos asimilaron a los naturales. Así pues, las colonias inglesas se desarrollaron como trasplantes humanos en un vasto territorio, extendido a lo largo de la costa atlántica,  con escasa penetración al interior los primeros tiempos, contenidos por dos obstáculos principales: las cadenas montañosas y la barrera indígena.[10]

 

 

Debemos recordar que el ascenso de Carlos V se debió al apoyo de banqueros alemanes y que los navíos portugueses llegaban raudamente a Amberes a depositar su mercancía, que el polvo de oro encontrado en África había activado la economía portuguesa pero que no era suficiente como para mantener su dominio mercantil, los ingenios requerían apoyo crediticio y los fletes holandeses. Amberes se había vuelto la capital del mundo (“la economía mundo” en términos wallerstenianos[11]); la riqueza americana se escurría de manos lusitanas y la plata americana corría a distintos lugares europeos más al norte de los Pirineos.

Uno de los destinos era Inglaterra, productor de paños y mercancías mejores y más baratas que las ibéricas. La demanda de artículos europeos en Nueva España, Lima, Jamaica, etc., era constante y creciente. Activaron los metales americanos el comercio y la vida de Europa. Pronto holandeses retaron y ocuparon territorios portugueses y españoles no ocupados bajo la premisa de que “prescripción sin posesión no tiene valor”[12]. Los ingleses les siguieron y en sus proyectos iniciales Virginia y Barbados triunfaron.

Los colonos ingleses se establecieron como personas independientes, para su propio interés, no para extender el dominio territorial y económico de la metrópoli en el nuevo mundo. Por ello defendieron celosamente la libertad de industria y comercio, dentro de las limitaciones que se les imponía la corona, así como también el derecho de autogestión en los asuntos privados y públicos. No obstante, la corona siguió adjudicándose en derecho de decidir en los asuntos más importantes (gobernador) y otorgó territorios a miembros importantes y de la nobleza que se asentarían especialmente en las colonias del sur (plantaciones y esclavos como signos distintivos). También proporcionó patentes, una forma de merced en desuso[13]. En términos generales, los promotores buscaban inversionistas y personas que se enrolaran en la aventura colonialista pero sin contar con el capital necesario y ofrecían su fuerza de trabajo personal como capital, esperando obtener tierras terminado el contrato y el cultivo en parcelas comunales. Habían reos y condenados a quienes se conmutaba la pena a cambio de trabajo. Recordar la falta de mano de obre indígena.

 

Los directores y generalmente los inversionistas esperaban obtener sus dividendos de las rentas fijas, del comercio por su propia cuenta y de los derechos impuestos al comercio de otros mercaderes […] por eso, la colonización fue por lo general una empresa de capital mancomunado en el cual una cantidad considerable de gente podía invertir su dinero sin aventurar necesariamente sus personas.[14]

 

En Barbados floreció la producción de azúcar. En las posesiones antillanas inglesas la producción de azúcar dominó la vida insular. El crecimiento económico fue exponencial y la mano de obra blanca hubo de ser suplida por una más barata y menos problemática; la esclavitud africana fue determinante componente de la vida azucarera. Portugal, la envejecida Portugal, perdió casi todos los mercados de esclavos africanos que pasaron a manos holandesas y luego inglesas en su mayoría; también franceses hacían incursiones en ámbitos americanos, de modo más a la zaga en este momento. Es la expansión esclavista en África.

 

Por todo ello se puede afirmar que, a principios del siglo XVIII, en la mayoría de las islas británicas y francesas los africanos se habían visto reducidos al papel de una pequeña guarnición establecida entre esclavos.[15]

 

Aunque españoles ocupaban las Antillas mayores nunca fueron proclives a la producción azucarera[16]. La dinámica era distinta. Pero esta vez el dinero fluía a través de la caña de azúcar y en cantidades grandes. En la América española la plata fue la cualidad y la que determinaba las rutas y las ciudades, la vida misma. En las antillas inglesas, francesas y holandesas (el tiempo que las mantuvieron) la riqueza la proveyó la azúcar y, aunque el pillaje y la piratería hubieron de ser los primeros cimientos, las incursiones corsarias fueron siempre un lastre para España. Holandeses enseñaron a ingleses y franceses a producir azúcar, pues como dijimos habían ocupado lugares en Brasil. Fueron holandeses quienes tejieron el complejo transportista y crediticio en América.

Los españoles, que habían estado cultivando azúcar en La Española y en la costa del continente durante ciento veinte años, aunque en cantidades relativamente pequeñas, no habían reconocido oficialmente la existencia de colonias extranjeras en el Caribe. Los portugueses, que habían desarrollado extensas plantaciones de azúcar en el Brasil, estaban envueltos, desde 1640, en una lucha por desalojar a los holandeses de Pernambuco y no tenían motivos para vender los secretos de su industria a los extranjeros antillanos. Los holandeses, en cambio tenían un motivo poderoso para hacerlo. Como principales mercaderes de las Antillas, les era ventajoso alentar la producción de cualquier cultivo que pudiera ser vendido en Europa. Por lo tanto, los holandeses se convirtieron en los fundadores de la industria azucarera francesa e inglesa de las Antillas.[17]

 

 

Inglaterra se fortaleció mientras Holanda no pudo mantenerse en pie lo suficiente[18]. Simplemente la riqueza y el poder inglés habían superado[19]. De este momento es la vida norteamericana. Tabaco virginiano, azúcar, pieles y demás mercancía norteamericana fluía hacía Inglaterra. De allí la manufactura inglesa haría el resto. No tenían minas argentíferas, pero ya nos las necesitaban, de todas formas la plata novohispana les terminaba llegando. Por su parte España y Portugal ya inmersos en una vida de gastos y ejércitos no pudieron hacer lo necesario, sino solamente tratar de imitar, de seguir, siempre más exhaustos el compás cada vez más vertiginosos de las vida misma.

 

 

 

CONCLUSIONES

 

Hemos podido observar a muy amplios rasgos como, a lo largo del proceso colonialista en América fueron distintos los motores y momentos que impulsaron los viajes de europeos, tanto así que el Zavala dice de los ingleses que fueron solamente colonizadores y no conquistadores, a diferencia de los ibéricos. Los importante es que estos dos procesos, aunque caminaron después paralelos, fueron por decirlo de algún modo compitiendo o solapándose hasta el último de ellos desplazar formalmente al primero, el ibérico, de raíces feudalizantes.

 

 

Comerciantes holandeses particulares continuaron realizando muchos negocios en el Caribe, aunque de forma cada vez más reducida en las islas francesas e inglesas. Dos grupos rivales de colonizadores, dos clases de monopolios mercantiles y dos gobiernos metropolitanos, el francés y el inglés se enfrentaban en las Antillas exteriores. Ambos gobiernos apreciaban el valor inmenso de la industria del azúcar; ambos comprendían la importancia del comercio de esclavos y de la conexión complementaria entre las Antillas y África Occidental. Cada uno estaba resuelto a monopolizar el comercio de sus propias colonias; y cada uno miraba con envidia el comercio y las posesiones territoriales del otro.[20]

 

 

Que el mundo cambió es indudable, la impronta de ambas tendencias perdurable y cuya herencia marca la sangre de las sociedades que les sucedieron, hasta el día de hoy, con una realidad anglosajona en Norteamérica y otra, más propiamente latinoamericana, ambas participando de procesos globalizadores -una dictando y la otra tomando nota- pero conservando aun las marcas del leopardo que les parió.

 

El establecimiento de una agricultura comercial en el Nuevo Mundo, en los siglos XVI al XVIII, significó una revolución comercial y cultural en el mundo occidental. […] Una relación circular, o mejor dicho en espiral se desarrolló entonces entre los progresos de la navegación, el ensanchamiento del comercio, la modernización de la agricultura [sic], la ampliación de los patrones de consumo, y el comienzo de la industria fabril. La influencia de América en ese proceso fue determinante. […] En esta materia de buques los norteamericanos fueron muy activos y exitosos, favorecidos por las condiciones naturales y acicateados por la necesidad. El comercio trasatlántico se enriqueció con nuevas mercancías: tabaco, añil, cacao, azúcar de caña, ron, maderas, pieles de adorno, entre otras. Durante cinco mil años el tráfico comercial marítimo estuvo limitado a la proximidad de las costas y las rutas transoceánicas hacia el Oriente; en los trescientos años que transcurrieren desde los viajes colombinos el comercio y la navegación se hacen realmente mundiales, condición esencial para el ascenso del capitalismo. Inglaterra y Holanda, más que España y Francia, se beneficiaron de estos progresos. Durante el siglo XVII el comercio exterior británico se multiplicó por tres y en el siglo XVIII por seis. Las llamadas Indias occidentales tanto como las orientales contribuyeron sustancialmente a esa expansión.[21]

 

 

Cuando Fray Servando y los autonomistas pedían -ya trescientos años después de la conquista cortesiana- se mirara la constitucionalidad inglesa y el republicanismo americano, y pedían reformas en la Cortes de Cádiz, es porque el mundo ya no era definitivamente español. El orden noble se desmoronaba y la clase burguesa ya había prorrumpido en Francia y Napoleón repartía su evangelio, en corcel blanco por el mundo.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

-Ellliot, J. H., “La Conquista española y las Colonias de América”, en Leslie Bethell (ed.) Historia de América Latina Colonial: La América Precolombina y la Conquista, Critica, Barcelona, 1990.

-Escudero, Gutiérrez, “Las Bulas Papales”, en América: Descubrimiento de un mundo nuevo, Istmo, Madrid, 1990.

-Malamud, Carlos, et al, Historia de América (temas didácticos), Universitas, Madrid, 1993.

-Malamud, Carlos, et al, Historia de América (temas didácticos), Universitas, Madrid, 1993.

-Maza, Zavala Domingo Felipe, Hispanoamérica-Angloamérica. Causas y factores de su diferente evolución, Colecciones MAPFRE, Madrid, 1992.

-Parry, J. H. y Sherlock, P. Historia de las Antillas, Kapelusz, Argentina, 1976.

-Parry, John, Europa y la expansión del mundo, 1415-1714, FCE, México, 1981.

-Wachtel, Natham, “Los indios y la conquista española”, en Bethel, Leslie, Historia de América Latina. 1. América Latina Colonial: La América precolombina y la Conquista, Crítica, Barcelona, 1990.

-Wallerstein, Immanuel, El moderno sistema mundial. El mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea, 1600-1750, trad. por Pilar López Máñez, vols. I y II, Siglo Veintiuno Editores, México, 1984.



[1] Nota preliminar. Si bien este ensayo, como tal, es autoconcluyente, debo informar que el objetivo de éste es la aprobación de una materia. Sin embargo, ya que la importancia del tema me ha captado, he creído conveniente ampliar los límites impuestos. El modo en que lo hice fue explayándome en las actividades del curso prescritas en la Guía de estudio. Es por la misma causa que las actividades son continuación del ensayo. Es la única forma en que pude honestamente transcribir el resto de las citas y los comentarios que hube de anotar para este ensayo que creí conveniente no desechar. Entonces, el ensayo es preliminar y preámbulo de las actividades que de esta forma lo completan.

[2] “Como en casi todas las empresas humanas, el estimulo principal lo constituyó el deseo de enriquecerse, el afán de lucro. Las transacciones mercantiles tenían como base el oro y la plata, unos metales que Europa no producía, salvo en pequeños yacimientos de plata en Europa central. Esta carencia se agravó con el drenaje del pago en oro que los comerciantes debían efectuar en su comercio con Oriente. De allí procedían los productos suntuarios (sedas, damascos, perfumes, vidrio) y, aún más importante […] especias que ampliaban la posibilidad de sabores y de conservación de carnes y otros alimentos” en Sepúlveda, Muñoz, Isidro, “La empresa colombina y la colonización del Caribe”, en Malamud, Carlos, et al, Historia de América (temas didácticos), Universitas, Madrid, 1993, p. 43.

 

[3] “El deseo de ‘ganar honra’ y ‘valer más’ era una ambición central en la sociedad de la Castilla medieval, basada en la conciencia del honor y los límites que imponía el rango. El honor y la riqueza se ganaban más fácilmente con la espada y merecían formalizarse en una concesión de status más alto por un soberano agradecido” en Ellliot, J. H., “La Conquista española y las Colonias de América”, en Leslie Bethell (ed.) Historia de América Latina Colonial: La América Precolombina y la Conquista, Critica, Barcelona, 1990, p. 128.

[4] “La factoría fue un elemento característico del contacto de Portugal con África desde un primer momento […] el sistema de factoría constituía un medio excelente de establecer una presencia comercial permanente en una región sin tener que conquistarla u ocuparla”; en James Lockhart y Stuart Schuartz, América Latina en la Edad Moderna. Una historia de la América Española y el Brasil coloniales, Akal, Madrid, 1988, p. 31.

[5] Son en orden de aparición: Inter caetera, donación a los Reyes Católicos y su descendencia de los territorios descubiertos; la segunda es la Bula menor Inter caetera, amplía la anterior incluyendo una demarcación para futuros descubrimientos a 100 leguas de las Azores; la tercera Eximiae devotions reconoce y equipara en derechos a castellanos con anteriores privilegios portugueses en África; la cuarta es Dudum siquidem que autoriza a hispanos a descubrir y ocupar hacia occidente y oriente tierras que no pertenezcan a príncipe cristiano. Escudero, Gutiérrez, “Las Bulas Papales”, en América: Descubrimiento de un mundo nuevo, Istmo, Madrid, 1990, pp. 115-132.

[6] Elliott, op cit, p. 134.

[7] Los católicos llegados a Norteamérica no eran de la misma formación católica que la española o portuguesa.

[8] Maza, Zavala Domingo Felipe, Hispanoamérica-Angloamérica. Causas y factores de su diferente evolución, Colecciones MAPFRE, Madrid, 1992, pp. 142-143.

[9] “10 años después de la conquista, la sociedad nativa había sufrido un proceso de desestructuración a todos los niveles: demográfico, social y espiritual. Ciertas estructuras sobrevivieron, pero fragmentadas y aisladas de su contexto original y trasplantadas al mundo colonial. Sin embargo, esos elementos de continuidad aseguraron que las tradiciones nativas, algo modificadas, se transmitieran, mientras que al mismo tiempo soportaban la hegemonía española.”, en Wachtel, Natham, “Los indios y la conquista española”, en Bethel, Leslie, Historia de América Latina. 1. América Latina Colonial: La América precolombina y la Conquista, Crítica, Barcelona, 1990, p.189.

[10] Zavala, Maza, op cit, p. 120.

[11] Wallerstein, Immanuel, El moderno sistema mundial. El mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea, 1600-1750, trad. por Pilar López Máñez, vols. I y II, Siglo Veintiuno Editores, México, 1984.

[12] “La colonización de las islas exteriores” en Parry, J. H. y Sherlock, P. Historia de las Antillas, Kapelusz, Argentina, 1976, p. 55.

[13] Parry, John, Europa y la expansión del mundo, 1415-1714, FCE, México, 1981, cap. 7, “Las colonias inglesas”, p. 154.

[14] Ibíd, pp. 142 y 145.

[15] Parry, Historia de las Antillas, op cit, p. 79.

[16] “En las Antillas españolas el azúcar era un producto más y no el más importante. En las islas francesas e inglesas, en cambio, se convirtió desde 1650 en el producto más importante”, ibíd, p. 75.

[17] Ibíd, p. 73.

[18] “Los holandeses, aunque sabían que no podrían mantener su superioridad indefinidamente, no aprovecharon las grandes oportunidades que tuvieron para colonizar las Antillas.” en Ibid, p. 59.

[19] Ibíd, p. 90.

[20] Ibíd.

[21] Ibíd, pp. 190-191.

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Emmanuel Muñiz Alejandro es historiador, investigador y editor. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, graduado con honores, en la Escuela Nacional de Música (ENM). Actualmente se dedica a tareas de investigación histórica, estudios de género, discapacidad y tecnologías de la información. Se encuentra realizando un Máster en Historia del Mediterráneo Antiguo en España.

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