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El Planeta del Miedo II

Miedo por doquier

 

El regreso del comandante Cooper y el teniente Romanov a la nave fue titánico ya que el peso de sus cuerpos era mucho mayor que en la Tierra, la capa de  polvo que les llegaba hasta la cintura aunado a esto el llevar cargando el cuerpo desfallecido del ingeniero geólogo Pelard, los pocos metros que recorrieron se les hicieron eternos.

Prácticamente sin aliento, ya frente a la nave con gran esfuerzo abrieron la escotilla que el mismo polvo impedía su apertura, el teniente Romanov desquitaba su ira profiriendo maldiciones y malas palabras mientras hacía a un lado la espesa capa del polvo que parece más bien cenizas, una vez que por fin logran abrir la escotilla el teniente queda estupefacto.

-¿Quiénes son ustedes? ¿Qué hacen en mi nave?, malditos monstruos.

El comandante Cooper, admirado observa que no hay nadie dentro de la nave.

-Teniente, no hay nadie, la nave está sola ¿Qué ve teniente? ¿Dígamelo?

-Señor, están aquí, son monstruos.

-Tranquilícese, teniente es su imaginación.

Tras unos breves instantes de meditarlo. El comandante le habla con tranquilidad al teniente.

-Le debe estar pasando lo mismo que al ingeniero Pelard, algo los está dañando, sólo tranquilícese unos momentos, tal vez le ayude cerrar los ojos.

Ahora los gritos del ingeniero Méndez son más que histéricos.

-Comandante, ¿Qué está pasando? Aquí arriba se oyen gritos de monstruos ¿Por favor díganme que está pasando?

- Aquí el comandante Cooper, tranquilo ingeniero, el teniente Romanov también ha visto visiones aterradoras, es posible algo en el ambiente o tal vez la mezcla de oxígeno en los trajes nos afecte, siga atento y grabe en la bitácora todo lo que escuche.

-Enterado, señor, pero ya no asusten.

El teniente Romanov haciendo esfuerzos sobre humanos para controlar el miedo y con los ojos cerrados ayuda al comandante a meter a la nave al ingeniero que aún continua desmayado pero que aparenta estar plácidamente dormido.

El comandante se encarga de cerrar la escotilla y estabilizar la presión de aire en la nave, una vez que se quita el traje, ayuda al teniente a quitarse el suyo, mientras este continúa con los ojos cerrado apretando con fuerza los parpados y que por momentos emite sollozos y un sudor frío perla su frente.

Cuando por fin ya está sin su traje de exploración el teniente respira profundamente intentando que el aire llegue hasta el último rincón de su cuerpo. El comandante trata de que se tranquilice dándole un masaje en sus hombros y sienes.

Por fin el teniente recupera su respiración y abre los ojos temiendo continúen sus visiones.

-Por ahora ya estoy mejor, tiene razón comandante es probable que la mezcla de oxigeno de los trajes nos afecten.

-Eso espero teniente, eso espero. Por ahora voy a checar al ingeniero, sigue desmayado o dormido, en realidad no sé.

-En unos momentos lo ayudo, cada vez me siento mejor.

El comandante visiblemente más tranquilo se aproxima al ingeniero Pelard que aparenta estar tranquilamente dormido. De pronto grita.

-¿Ingeniero, que pasó?, ¿Por qué está así? Santo cielo ¿Qué le pasó?, Es horrible.

El comandante ve horrorizado el rostro del ingeniero él cual está descarnado y los ojos rojos le brillan atrás de esas cuencas ya sin carne.

El teniente de un salto se aproxima y observa al ingeniero, el cual parece ya estar despertando.

-Comandante, yo veo normal al ingeniero, le está pasando lo mismo que a nosotros, siéntese y cálmese.

-Perdón por unos segundos me perdí, nunca pensé que a mí también me pasara sobre todo ahora que nos quitamos los trajes, estaba seguro que la mezcla de aire de los trajes era el problema.

-Es probable pero que a usted tuvo efectos retardados, debe ser solo eso.

Mientras cavilan en lo que les está pasando, no se percatan que el ingeniero Pelard está recobrando el sentido.

-Hey, que pasó, que hago aquí como llegué ¿Dónde están?

-Aquí estamos ingeniero, nosotros lo trajimos, se desmayó, ahorita le ayudamos a quitarse el traje.

-Solo recuerdo que vi a unos seres con unas sotanas de monjes medievales pero…pero sus rostros estaban descarnados, además sus ojos brillaban extrañamente.

Mientras se aproximan pesadamente y le ayudan a quitarse el casco para que respire el aire de la nave, el comandante le comenta lo sucedido.

-Lo entendemos ingeniero a nosotros nos pasó lo mismo, hemos tenido visiones igual de horrorosas.

Respirando profundamente, intentando aclarar sus ideas el ingeniero le cuestiona.

-¿A qué cree que se deba?

-Hemos pensado que la mezcla de aire de los trajes esté incorrecta.

Mientras intercambian opiniones, se escucha por la radio la voz del ingeniero Méndez.

-Comandante ¿Me escuchan? He descubierto algo que les interesará ¿Me escuchan?

Moviéndose pesadamente en el interior de la nave el teniente Romanov se aproxima a la radio y responde.

-Aquí la nave exploradora si lo escuchamos ingeniero, adelante.

-Señores desde que llegaron a la superficie del planeta la señal ha aumentado de intensidad, en unos cientos de años llegara a la Tierra  tan fuerte como si la enviaran desde la Luna.

El comandante que aún ayuda a Pelard a quitarse el traje,  le pregunta.

-¿Ha modificado la información?

-No señor, sólo aumento la potencia, sin duda es de vida inteligente.

-Enterado, ingeniero, una vez que nos repongamos y chequemos la mezcla de aire de los trajes intentaremos de nuevo alcanzar la fuente de emisión.

Cada vez es más agotador el moverse en ese planeta, sus cuerpos ya resienten el peso de la elevada gravedad.

Al paso de casi una hora y de haber checado y rectificado todo los tanque de oxígeno se convencen que no hay nada anormal. El comandante arenga a sus compañeros a volver a salir.

-Bueno amigos hagamos la tarea, sólo tenemos está oportunidad para comprobar que hay vida inteligente en este universo y demostrar que no estamos solo.

Pero el ingeniero Pelard tiene otra opinión.

-Señor, aquí no hay vida, es un planeta muerto, yo creo que los que enviaron las señales ya no existen.

El comandante le responde totalmente convencido.

-Esa es una gran posibilidad, pero cumpliremos la misión, llegaremos a la fuente de la señal y veremos que hay y de ser posible nos llevaremos algo.

El ingeniero Pelard puntualiza.

-Debo reconocer que el salir de nuevo no me agrada nada, es más me pone nervioso.

El teniente Romanov lo apoya.

-Es verdad, creo que no es buena idea salir de nuevo, pero hagámoslo, todo el mundo en la Tierra espera noticias y no les fallaremos.

 

Leer: El planeta del miedo I

 

El miedo aumenta

 

-Sigamos caminado ya avanzamos cien metros, cada vez falta menos.

-T5engo que reconocer comandante, que a pesar de lo pesado, creo que sí lo lograremos esta vez.

Así es ingeniero, sigamos.

-Aquí, la nave nodriza, me escuchan, van en buena dirección, la señal aumenta de potencia ahora parece un faro de radio.

El camino fue pesado y extenuante, caminar entre polvo que parece ceniza que les llega hasta la cintura y su excesivo aumento de peso por la gravedad.

En el cielo la estrella está a punto de ocultase en el árido horizonte dando una tenue iluminación  roja sanguinolenta.

Desde lo lejos sus cuerpos se ven como diminutos puntos blancos moviéndose pesadamente en un fondo negro, sólo sus lámparas emiten una luz que a poca distancia languidece.

-Señores están a punto de llegar, en mis localizadores les faltan solo unos metros, ¿Me escuchan? Lo lograron.

-Enterado ingeniero, aún no vemos nada esto parece un campo cubierto de nieve negra, fuera de los trajes la temperatura ha de ser menos de cien grados centígrados.

-Pues sí comandante y para ser más exactos están a menos de casi doscientos grados, Así que no salgan de sus trajes. Se congelarían instantáneamente.

-Enterado ingeniero, trataremos de no hacerlo.

De pronto un grito del ingeniero Pelar los distrae de su conversación.

-¡Cuidado! Tengan cuidado, hay un abismo frente a nosotros.

Desesperado intenta detener al comandante que va a su lado, mientras un rictus de terror se dibuja en su rostro.

Al escuchar esto el teniente Romanov checa algunos instrumentos que lleva en la manga de su traje.

-No veo nada,  los instrumentos no marcan nada.

A pesar de los gritos del ingeniero Pelard el teniente se adelanta cuidadosamente, midiendo sus pasos.

-No hay nada todo está igual, continuemos comandante.

-¡Ya no sigan! ¡Vamos a caer! Por favor comandante regresemos.

-Tranquilo ingeniero si quiere quédese aquí, nosotros seguiremos, ya falta muy poco.

El comandante, para asegurarse llama al ingeniero Méndez que en la nave que orbita hace las funciones de estación espacial.

-Ingeniero Méndez ¿Me escucha?

-Si señor estoy escuchándolos, ya estoy checando y parece no hay nada, ya solo les falta unos pocos metros.

-Ya escuchó Pelard no hay nada, quédese aquí nosot…

Sus palabras son interrumpidas por unos gritos del teniente Romanov.

-¡Cuidado! Se está levantando algo en la arena, ¡Es grande!... Está cobrando vida.

Es el teniente Romanov, que se dirige al comandante tratando de correr entre esa espesa capa de polvo negro, en su rostro hay terror y angustia.

Desconcertado el comandante enciende una luz extra e ilumina en esa dirección.

-Tampoco hay nada ahí les está pasando lo mismo, ¡Concéntrense! son solo visiones…Háganme caso, tranquilícense este es nuestro trabajo.

-Pero señor, están ahí, la arena está cobrando vida.

-Les digo que es un abismo… ¡Ahora están saliendo, unas criaturas! ¡Comandante, por favor vámonos!

-Les estoy diciendo que no hay nada, ¡Es una orden! ¡Sigamos adelante! O quédense.

-Señor desde aquí arriba no detecto nada, de no ser por la señal todo está tranquilo, son sólo visiones.

-Ya escucharon, vamos no hagan caso a lo que ven.

El comandante Cooper se acerca a el teniente Romanov para tratar de tranquilizarlo pero se sorprende al ver su rostro a través del casco.

-¿Teniente que tiene? Se le está cayendo la piel…Es horrible, ¿Qué tiene?

Pero en vez de obtener una respuesta el teniente señala al frente.

-Ahí, ahí viene, es enorme, ¡Nos va atrapar!     

Entre la histeria del teniente, se escuchan los gritos del ingeniero Pelard.

-Sí comandante son muchas criaturas, son como murciélagos gigantes pero con rostros casi humanos, ¡vienen por nosotros!

El comandante Cooper al escuchar al ingeniero voltea a verlo, pero su sorpresa es mayor.

-¡Usted también ingeniero, ya no tiene piel ni músculos en el rostro, es horrible!, ¿Yo, también estoy así?

Entre el terror que representa lo que ve, el comandante trata de quitarse el casco.

Ante este espectáculo y tratando de sobreponerse los amigos del comandante pesadamente intentan detenerlo, El teniente Romanov la grita.

-¡No comandante! ¡No haga eso!

El ingeniero Pelar le detiene una mano, la cuan ya está tocando el seguro del casco.

-¡Señor, morirá!

Pero el comandante no los escucha y sólo balbucea.

-Oh no también mis manos, cielos están huesudas, ¡Me estoy muriendo en vida!

Con gran dificultad logran inmovilizarle las manos.

-Ustedes también están en mi contra quieren destruirme.

Pero el ingeniero de pronto los suelta y emite un grito desgarrador apenas legible.

-¿Ya están aquí, nos van a llevar?

Al escuchar esto el teniente voltea y se ve envuelto entre una nube de polvo espesa que lo aprisiona con unas descomunales manos.

-¡Moriremos! ¡Es horrible!

Para angustia y desesperación de ingeniero Méndez que orbita este obscuro y misterioso planeta, todo queda en silencio, sólo en la nave se escuchan débilmente los sonidos que emiten los instrumentos que envían los signos vitales de tan desafortunados exploradores espaciales.

Leer: El planeta del miedo I. para Revista Discover online.

 

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Planeta del Miedo I

Planeta del miedo III

Planeta del miedo IV

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Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.

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