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Europa y las colonias americanas en el siglo XVIII

Europa y las colonias americanas en el siglo XVIII

Mientras el proceso de conquista y colonización progresaba sucedía otro, de modo paralelo y tal vez, más ignorado para los metropolitanos. Indudablemente las doctrinas mercantilistas sugerían los tratos y las políticas, ciertamente, mas los lazos entre las madres patrias y sus atadas hijas se estrechaban y más durante el siglo XVIII. A la vez las colonias les proveían los materiales que permitían sin proponerlo la acumulación originaria de capital, pero de modo incólume fueron sujecionando a sus respectivas metrópolis a sus particulares suertes y destinos.

Para la revista Disgoo

La política europea ya era de hecho la política mundial, abarcaba todos los confines, afectaba a todo el orbe. De la misma forma, lentamente, iba determinándose -cada vez mayormente- por la situación americana y en general la política colonial mundial. La forma de administrar y gobernar los territorios coloniales y el comercio dispuso su posterior desarrollo[1]. España dependió crecientemente de la importación de plata, mientras trataba, ya sin posibilidad, de dar abasto a la demanda de productos en sus colonias[2]. El mercado del azúcar  determinó grandemente las guerras en las Indias Occidentales, ya sea inglesas o francesas; mientras España absorta y a la vez implicada en tales enfrentamientos, buscando siempre que la balanza estratégica no se alejara para siempre de sus manos; malabarismo político (en su caso sobrevivencia)[3]. La política borbónica de volver eficiente la administración[4] y retirar al mismo tiempo a los grupos criollos de la burocracia colonial española (también no olvidar la expulsión de los jesuitas, la desamortización de los bienes eclesiásticos…) aceleró en gran medida lo que debería ocurrir en el atardecer colonial español. Las guerras ya no estaban determinadas tanto por el interés territorial, sino ahora, al mismo tiempo, se presentaban las de mero interés comercial: hacerse del mercado ajeno, destruir las fuentes de riqueza del opuesto, negociar rutas marítimas. Ciertamente Perry Anderson piensa en las diferentes motivaciones que ha tenido la guerra en el transcurso de las civilizaciones humanas[5]. Si bien la política de las potencias coloniales europeas fue tratar a las colonias como un asunto secundario, era claro que no podría ser por más tiempo, a riesgo de perder sus beneficios y quedar fuera del juego geopolítico.

 

Para entonces, la existencia del Nuevo Mundo ya se había ajustado a los horizontes mentales de los europeos y tenía que incorporarse definitivamente a sus sistemas políticos y económicos. Hasta mediados del siglo XVII, aproximadamente América había permanecido más alejada de Europa, pero en adelante los gobiernos europeos tratarán de buscar un mayor control administrativo de aquellos territorios que presentan una también una importancia económica reciente. Así, en el siglo XVIII América estará en el horizonte mental de los europeos como esa nueva frontera, formulada de maneras muy variadas, que constituye la nueva Europa, la Europa extensa, renovada y necesaria.[6]

 

Tal es la situación que propició las estrategias en las batallas en América; eran casi siempre proyecciones de las europeas, a veces un mero trasplantar la guerra a lugar distante, pero por ejemplo en la batalla en que se capturó Louisburgo -y luego se devolvió- iban ya inyectas las prioridades americanas. La vida americana, sus necesidades y contingencias, ya delineaban unas formas y una lógica interna netamente americana. Ciertamente los mercados de los últimos se hallaban sujetos al de sus respectivas metrópolis, pero en esto también iba su perdurabilidad: la una protegía, la otra abastecía. Todos ganaban y todos guerreaban. Todos querían comerciar con las colonias españolas;[7] claro, los que podían jugar el juego del dominio. Mientras tanto, firmemente llegaba el mediodía de Inglaterra trazado con seguridad. Se estaba yendo el tiempo de los ibéricos, pero todavía no del todo.

 

Estas realidades se hicieron más patentes cuando, durante la Guerra de los Siete Años, se produjo el enfrentamiento entre los dos mundos coloniales en Norteamérica. Francia encontró enfrente a una Gran Bretaña más decidida a fundar un imperio colonial, con una marina y unos recursos mejor organizados, y también con unos colonos más entusiastas y con más medios. Sólo tardíamente Choiseul consiguió el apoyo de una España neutral hasta entonces (1761) y que al final obtendría parte del territorio colonial francés a cambio de la Florida a Gran Bretaña, Francia desaparecería de Norteamérica, donde España y Gran Bretaña España pasarían a enfrentarse mutuamente.

Otras potencias coloniales perdieron fuerza militar en el siglo XVIII, aunque conservaron el control de sus recursos comerciales. Con la dinastía de los Braganza Portugal recobró nueva vitalidad en el interior que se reflejó también en la ampliación y mejora del Brasil. Sin embargo Portugal vivió en clara dependencia política y económica de Gran Bretaña, consagrada definitivamente en el Tratado de Methuen (1703). Los británicos tenían libre acceso al comercio brasileño a través de su factoría en Lisboa… Las Provincias Unidas habían perdido ya en el último tercio del siglo XVII su importancia anterior. Durante el siglo XVII su gobierno se debatió entre las tendencias monárquicas de los partidarios de los Orange y las republicanas. Estas últimas venían representadas por la provincia más poderosa, Holanda… Como potencia militar, las Provincias Unidas vivieron bajo la permanente amenaza de la invasión francesa en cualquier guerra, y siempre se apoyaron en la alianza británica, que se aprovechó de su fuerza naval cuando fue necesario. Por lo demás, a nadie parecía molestar demasiado un imperio colonial como el holandés, reducido en América a algunas islas antillanas y Surinam, que junto con las tradicionales islas de las Especias en Indonesia contribuían a soportar la gran importancia financiera de Armsterdam, que ya se había hecho imprescindible para cualquier operación de altura en toda Europa.[8]

Al final las colonias en su mismo proceso evolutivo, en su misma lógica colonial pedirán la emancipación. El modo en que lo hicieron y por lo que lo hicieron fue dictado en gran medida por la motivación que les infundió la vida.

REFERENCIAS:

 

 

-Agustín González Enciso “América desde la política de las potencias europeas, 1700-1763”.”. En Historia de las Américas III, coordinador Luis Navarro García. Universidad de Sevilla, 1991, pp. 11-26.

 

-Frank Thistethwaite, “América del Norte”, pp. 360-369. En Ibid.

 

-John H. Parry, “El desarrollo de las comunidades americanas. 1. América Latina”, pp. 348-360. En Historia del Mundo Moderno. VII. El antiguo régimen, 1718-1763, bajo la dirección de J. O. Lindsay. Cambridge University Press - Editorial Ramón Sopena, Barcelona, 1977.

 

-John Parry, “Las rivalidades en América”, pp. 371-389. En Ibid.

 



[1][1] “En el siglo XVIII se mantuvieron esencialmente los dos sistemas fundamentales de regular el comercio con América. El sistema ibérico establecía un rígido control de puerto único y flotas organizadas y fijas. Esta modalidad beneficiaba fundamentalmente al Estado, que podía controlar mejor los aspectos fiscales y dirigir la actividad mercantil; pero perjudicaba a los comerciantes nacionales europeos, ya que comerciaban en igualdad de condiciones con los extranjeros que enviaban sus productos a las flotas.

La modalidad inglesa descentralizaba el control de las relaciones comerciales, perolas sometía a una rígida reglamentación a favor de los naturales de ambas orillas del Atlántico. Al exigir barcos, tripulación y puertos británicos, las Leyes de navegación excluían del comercio directo a los extranjeros y favorecían la navegación británica”. En general esta política se extiende a todos los ámbitos de la dirección regalista en ambas naciones. Agustín González Enciso “América desde la política de las potencias europeas, 1700-1763”. ”. En Historia de las Américas III, coordinador Luis Navarro García. Universidad de Sevilla, 1991, p. 16.

[2] Según Parry “Si los españoles no podían abastecer a sus colonias, les era aun más difícil defenderlas…”, ibid, p. 350.

[3] Aunque, si bien la trayectoria de España estaba trazada, experimentará un relativo restablecimiento, si bien de alcance discutible: “La nueva política atlantista [española] llevó necesariamente al enfrentamiento con Gran Bretaña, que se produjo a partir de 1739. La suspensión del asiento de negros a los británicos en 1750 sería un logro  tardío y limitado, aunque lógico corolario, por otra parte, de la renovación que experimentaba España en su papel como potencia atlántica. Ibid, p. 19.

[4] Parry, “Los más amplios cambios de los Borbónes –la sustitución del Consejo de Indias como órgano administrativo por un Ministerio colonial, el establecimiento de intendencias como un medio de enlace entre los virreyes y los funcionarios locales; la abolición del monopolio comercial de Sevilla, el aligeramiento de las cargas que pesaban sobre el comercio con la consiguiente expansión comercial y la expulsión de los jesuitas- tuvieron todos lugar después de la guerra de los siete años… el proceso de reforma y racionalización administrativa dio comienzo en el reinado de Felipe V y continuó –aunque no siempre al mismo ritmo- hasta cerca de finales del siglo”. También la reforma monetaria en 1728. John H. Parry, “El desarrollo de las comunidades americanas. 1. América Latina”, pp. 348-360. En Historia del Mundo Moderno. VII. El antiguo régimen, 1718-1763, bajo la dirección de J. O. Lindsay. Cambridge University Press - Editorial Ramón Sopena, Barcelona, 1977, p. 354.

[5] Anderson, Perry.

[6] Parry, “América desde la política…”, op cit, p. 13.

[7] “La mayor parte de los escritores extranjeros… estaban divididos entre el deseo de la riqueza, actual o potencial, de los reinos americanos, y el descontento por la mala administración española”, Parry, “el desarrollo de las…”, op cit, p. 348

[8] Parry, “América desde la política…”, op cit, p. 22-23.

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Emmanuel Muñiz Alejandro es historiador, investigador y editor. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, graduado con honores, en la Escuela Nacional de Música (ENM). Actualmente se dedica a tareas de investigación histórica, estudios de género, discapacidad y tecnologías de la información. Se encuentra realizando un Máster en Historia del Mediterráneo Antiguo en España.

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