Anuncios

Artículos

Esta es una historia que ocurrió durante la época del México colonial en las afueras de la Ciudad de México.

Era un feliz matrimonio de criollos que tenían tres hijas, eran de buena familia y poseían mucho dinero, también eran dueños de una prospera granja, además les gustaba disfrutar de los beneficios y cosas  que les daba el dinero.

Todas las tardes al ocultarse el Sol, “La Dueña”, como le decían a la guapa y juvenil, señora Ruperta, y que era la feliz esposa, salía al jardín para oler los perfumes de la noche que bañaban los jazmines y azares y ya avanzada la noche se quedaba extasiada contemplando el cielo estrellado de la otrora Nueva España.

Así pasaron algunos años, hasta que según cuentan, llego a la granja familiar un extraño hombre, muy elegante vestido de negro, con capa y sombrero de tres picos, durante un tiempo la visitaba secretamente en las noches obscuras y si Luna. Se dice que aquel hombre la enamoraba, sin que ella le pudiera ver el rostro por la profunda obscuridad de la noche Su difusa silueta apenas se percibía bajo la densa penumbra de las pocas estrellas, el cual se desvanecía después de la Dueña una y otra vez le hacía profundos desaires.

Sin embargo, una sórdida noche pese a haber sido rechazado como siempre, la sombra de aquel hombre se fue acercando poco a poco hasta que quedaron frente a frente. El extendió la mano dejando caer una rosa blanca en la mano de ella.

Cuando La Dueña tomo la rosa sintió un frio intenso, mientras que la rosa misteriosamente se marchitaba rápidamente hasta volverse ceniza. En esos momentos la silueta del misterioso hombre se desvaneció  en medio de la noche, hasta que se perdió completamente en medio de la noche, y nunca más la volvió a ver.

Desde aquel día la Dueña vivió bajo una intensa angustia que la atormentaba todo el tiempo, además las flores de su jardín comenzaron a marchitarse, pero en su lugar brotaron rosas blancas hasta que una noche fría y lluviosa, en la que se encontraba sola, ya que su esposo había ido a la ciudad, y la Dueña atravesaba por una terrible angustia. Ella se aterró aún más cuando escucho un susurro de una voz que le hablaba por su nombre…

-Ruperta, Ruperta.

Ella volvió rápidamente la mirada hacia donde creía escuchar su nombre, quedó petrificada al ver una sombra, la que se parecía a la del hombre que antes la visitaba, de pronto una descarga eléctrica de un rayo que cayó en las inmediaciones iluminó la habitación de aquella mujer, un frío intenso penetró hasta lo más hondo de sus huesos y quedó horrorizada al ver en el rostro de esa sombra el rostro de una de sus hijas: Julia, quien se había casado ya hace un tiempo, la cual vivía en la ciudad y ahí donde había ido su esposo, pero el rostro de ella en esa sombra se veía marchito con los labios resecos y el resto del rostro estaba cadavérico.

La dueña no podía moverse por el terror que la apoderaba, la sombra lentamente se acercó, le tendió una mano esquelética con una rosa blanca, sin pensar ella estiró su mano y él le dejó caer la rosa, la que, al tocar la mano de la Dueña, como la vez anterior se convirtió en cenizas.

De pronto comenzaron a llamar en el portón de la casona. Ella aún no se reponía de su vivencia, cuando escuchó que un sirviente abría el portón, una corazonada hizo que ella corriera al portón, donde encontró a su marido con el rostro desencajado. Ella se acercó poco a poco, finalmente su marido le dio la terrible noticia, su querida hija había sufrido una misteriosa y repentina muerte en la capital del virreinato de Nueva España.

Al regresar de la capital, después de haber sepultado a su hija y en compañía de su marido, el matrimonio fue sorprendido por una tormenta eléctrica. Penosamente al llegar a su propiedad se sorprendieron sobre manera al encontrar su granja en llamas la que se consumió lentamente hasta convertirse en cenizas. Algunos dicen que fue la maldición del misterioso hombre, al que rechazó la Dueña. Otros que solo fue un rayo.

Al perder todo y hundidos en la mayor depresión, la familia cayó en la pobreza por lo que tuvieron que huir de sus tierras. Se dice que en las noches frías y sin luna, en aquel paraje, en donde alguna vez estuvo el jardín, brota misteriosamente una rosa blanca, que ilumina aquel maldito lugar.

Aturor: Jaime Muñiz Xakan

Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.