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De manera brevísima (prácticamente un esbozo) reflexionaremos acerca de las consecuencias para la economía-política desde los la misión pastoral de la Iglesia Cristiana como una alternativa histórica. Pretendemos lograr tal objetivo retomando las categorías de la economía-política y de la superación comunal de la yoidad bíblica. Por nuestra parte consideramos que las interpretaciones bíblicas y las acciones de la Iglesia Contemporánea deben dar cuenta de los problemas de la humanidad y en consecuencia tratar de conformar una alternativa histórica a modo de la Iglesia Primitiva.

Ahora bien, y a modo de hipótesis, creemos que las actuales estructuras sociales propias de las sociedades mercantiles capitalistas no sólo son contrarias a las prácticas comunitarias y pastorales, sino que representan una forma moderna de idolatría. En consecuencia ¿Cuál es el antagonismo que se establece entre la Iglesia Cristiana y la Sociedad Capitalista? Finalmente es a través de procurar la justicia, la cooperación fraterna por diferentes medios en un mar de injusticias que puede resistirse a los poderes terrenos.

A mediados del siglo XIX, Marx representaba lo que sería la alternativa histórica socialista como “el fantasma que recorre Europa”; una expresión espiritual y cultural. En la actualidad, y desde la perspectiva de la derrota histórica puede enunciarse: “Una sombra cubre a la humanidad, la sed de la ganancia”. En realidad es una forma de idolatría invisible e insidiosa en la que muchos seguidores de El Ungido incurren y defienden sin percatarse. La categoría clave la representa el fetichismo; es decir, la absolutización de lo relativo en la eterna negación de la otredad. En la negación se encuentran las raíces de la alienación y de la idolatría. No obstante tal encubrimiento de la otredad es per se una de las características más sobresalientes de la modernidad. A este respecto la enunciación de Fromm nos parece adecuada: “La idolatría es siempre el culto de algo en lo que el hombre ha colocado sus propias facultades creadoras y a lo que después se somete, en vez de reconocerse así mismo en su acto creador” (Fromm, 1962: 56).

Sostenemos que en la actualidad la adoración de un nuevo tipo de idolatría ya no se focalizada en una figura de barro o metal que no escucha ni mira, por retomar esta expresión de los salmos, sino que es la constante social1. Ahora se ha encumbrado un Baal cuyo culto no exige pasar a la descendencia por el fuego sino el robo de todas las formas al prójimo desde su propiedad hasta su espiritualidad. Este fetiche moderno ya no exige un rito carnal, sino que prefiere la sustancia de aquellos que se han extrañados así mismos y hacen legión en el egoísmo y la creencia en la felicidad a través de objetos hechos por manos humanas (consumismo) y en particular de la industria, desplazando el logos por el slogan2. Más no en el amor ni a sí mismo ni mucho menos en el del prójimo. Y aquellos que se han desconocidos así mismos en favor de una creación humana (es decir, son alienados) y se han integrados a un estado de cosas (son subsumidos) inhumanas han permitido nublar su pensamiento llegan a defender de viva voz el triunfo de una nueva idolatría, el culto a la ganancia privada por uso del capital. Si el Fundador del cristianismo se hizo así mismo como los seres humanos para la salvación de la humanidad, el dinero convertido en capital por su parte se ha endiosado rigiendo la vida humana siendo impulsado por seres humanos agrupados en clases sociales nacionales e internacionales quienes son los propietarios del capital, del poder político y de los sistemas de creencias. Quizá no es gratuito que este expresado que en el libro de las Revelaciones que las tres antítesis de la Providencia sean las tres formas del poder terrenal (poder político, económico e ideológico). Tampoco es gratuito que esté dicho que debe darse al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios; nos explicamos, la separación de los poderes terrenos de la praxis cristiana.

Y es así como llegamos a la realidad histórica y concreta de México la mayor parte de la población, de los que no tienen más destino que vender su fuerza física por un salario, se ve forzada a soportar un doble robo de vida. El que labora por un salario nunca verá restituido sus esfuerzos, sino que parte de su trabajo servirá para engrosar la ganancia; así parte de su vida es robada en cada jornada. Esta es la llamada plusvalía. Por su parte el que se atreve a producir ya sea para su propia subsistencia o para vender en el mercado (poco importa si es a nivel local o nacional) se ve sometido a un doble robo de vida. No sólo debe sufrir la extracción del trabajo extra (plusvalía) sino que encima debe afrontar una fuerza aún superior: la cambiante extracción de valor o trabajo de una realidad histórica sobre otra, es decir entre países. Lo producido localmente, ya sea una manufactura o un producto agrícola, compite desigualmente en el mercado pues contiene demasiado trabajo humano intrínseco e insuficiente tecnología. Entonces pues ellos se ven en la necesidad de vender con pérdida a diferencia de las otras mercancías más capitalizadas que pueden vender con sobreganancia. Esta diferencia ha quebrantado (y lo seguirá haciendo) a los productores en nuestros países dependientes. Así en nuestra realidad, se terminan importando incluso alimentos, dejando en la sobrevivencia y resistencia a agricultores y manufactureros.

La vida en efecto, se ha transformado en un mercado convenientemente capitalista, si bien este no sólo opera en la oferta, pues se convierte en un lugar de intercambios mercantiles donde todas las expresiones del espíritu humano (por retomar esta categoría de Hegel) se convierten en moneda de cambio. La consecuencia lógica es que cualquier mercado es proclive de ser analizado y quizá exorcizado. Las relaciones clientelistas de la política, apoyadas de la enajenación e individualización de lo social, genera un fetichismo, un fetichismo ya no sólo de la mercancía manufacturada, sino del ser humano mismo. Los ciudadanos se les induce a que se plazcan en adorar creaciones ficticias, carentes de sustancia; ídolos. Creaturas de las elites de los medios de comunicación; un objeto de culto inexistente, artificial y sin mayor sentido que el de mantener el status quo.

Inmediatamente salta la pregunta ¿Cómo enfrentar a éste Leviatán desde la visión pastoral? Las primeras comunidades cristianas estaban conformadas de tal modo que compartían todas sus propiedades; por tanto también compartían su fortuna. La alternativa de resistencia de Cristo no se basa en la confrontación pública, propia de la identificación amigo-enemigo donde se busca la eliminación del contrario (donde Schmidt y Lenin encuentran paralelismos); sino en la creación de una comunidad. No en la comunidad cuyo fin es ella misma, sino que es pacifica pero activa, resistencia pero marginal. Los tiempos modernos así lo exigen a la ecclesia.

Licenciado en Ciencias políticas e involucrado en el mundo de las actividades académicas y sociales. Actualmente realizando investigaciones para distintos organismos gubernamentales y proyectos para el desarrollo económico.