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Leyenda Macabra: Los cabellos del diablo

Una escalofriante leyenda de la época colonial de la Ciudad de México.

Esta espeluznante leyenda ocurrió en la calle hoy conocida como la Quinta de San Jerónimo, y que en la época colonial se llamaba calle de “la buena muerte”.

Este hecho da inicio el 12 de febrero de 1712. Y así empezó.

En el despacho de notario de la ciudad, se encontraba el recién llegado de la madre patria el joven Don Cristóbal Arias de Velásquez, quien nerviosamente se ponía al corriente de los bienes y fortuna que le había heredado su recientemente fallecido padre.

El noble notario lee al joven los términos del testamento de buena fe, haciendo una pausa el notario le agrega al joven, que a continuación el testamente tenía una disposición extraña. La cual lee pausadamente “para tomar posesión de los bienes, el hijo Don Cristóbal debía vivir por corto tiempo en la casona en la que habitaron sus tías, las que en vida se habían llamado Asunción y Brígida.

Al mozo no pareció que fuera una mala noticia, así que acepto de inmediato.

A lo que el notario le advirtió con rostro pálido: “Creo mi deber decirle que en esta casona, dicen que ocurren cosas terribles, es cierto que la casa es hermosa, tiene una gran bóveda, en donde podréis guardar vuestro oro y vinos, pero…

 El intrépido joven interrumpe desesperado al notario, “Id al grano, señor notario.

“Os aconsejo que cuando viváis en esa casa, tenga todo el tiempo servidumbre, y que hagáis algo para alejar los espectros y fantasmas que dicen que viven ahí. Pues dícese que hay cosas en esa casa que causan pavura y muerte, por eso la gente cuenta que esa casa esta maldita.”

A lo que responde impávido el mozo, “Vaya que sois supersticiosos y amates de lo macabro, ustedes los novohispanos, os has contagiado de los indios.”

Así que el joven Don Cristóbal se puso de pie molesto pidiéndole al notario las llaves de la casona, además le pide   el favor de conseguirle la servidumbre ya que él no conoce a nadie.

Esa noche el joven paso la noche en el mesón mientras leía detenidamente los términos del testamento.

A la noche siguiente por fin se dirigió a su nueva casa, ya iba acompañado por un criado que le había conseguido el notario, además de un caballero amigo de su padre quien le mostraría la calle y la casa.

A su paso sus pisadas se escuchaban huecas por la calle lúgubre y solitaria, cuando se sobresaltaron al escuchar el tañido de una campanilla, que tocaba una persona que los esperaba en la puerta de la casa.

Extrañado el joven español pregunto al caballero: ¿Qué son esas campanadas?

Son gentes que vienen en busca de un confesor, responde fríamente el caballero.

¿Confesor a estas horas?

La muerte no tiene horas, explica el caballero, y son los padres camilos los que confiesan a estas horas de la noche, y es debido a esto que la calle en la que vas a vivir que se llama “la calle de la buena muerte”

Y era cierto ya que el convento se encontraba tan solo a unos pasos de la misteriosa casona.

El joven respondió en broma, si es así menos temores tendré, caballero ¡Y  buenas noches!

Como Ya era tarde  no pudo recorrer la casona, que a simple vista solo se notaba abandonada y vacía, normal para una casa deshabitada por mucho tiempo.

El joven ordeno al criado llevara los baúles a la habitación que encontró más cómoda, y se puso a descansar en la biblioteca pidiéndole al criado le trajese una botella de vino.

El criado se encontraba nervioso, solo daba vueltas sin atreverse a salir, hasta que resuelto  le dijo al joven, “pido vuestra venía para retirarme”.

¡Como, os pedí una botella de vino”, luego podréis marcharos a dormir.

Tembloroso el criado le responde, “perdone amo, pero la botella está en la bodega”

A poco ¿tenéis miedo de ir por ella?

Tengo miedo de todo esto, caballero, de no ser porque respeto al señor notario, no habría venido a serviros. Debéis saber, señor amo, que dicen muchas cosas de esta casa…

Si lo sé bien, pardiez, ya largaos a dormir y dejarme en paz, yo iré por el vino.

Así que Don Cristóbal abandona la biblioteca recorriendo una amplia estancia para llegar a la sala y atravesando un largo pasillo que conduce a la cocina, abrió la puerta del fondo, descendiendo por unas escaleras que conducían a las bodegas  y sótanos de la casa.

Entre polvo y telarañas encontró las cavas y botellas que desprendían un olor pestilente a humedad, iluminado por una tenue luz del candelabro que llevaba encontró una botella especial con etiqueta de buena marca, leía la etiqueta cunado sintió que un pequeño cuerpo caía en su mano, al tiempo que unas pequeñas pero afiladas uñas lo rasguñaban, al instante que vio una vieja, larga y flaca rata que asustada salió corriendo en estampida, al mismo instante que él se sacudía muy espantado.

¡Bah! Huye de mí, yo también estoy espantado.

Recobrando el aliento se dirigió a la biblioteca.

Olvidando lo pasado y mientras saboreaba el excelente vino, releía una y otra vez el testamento, pensando lo difícil que le habría costado a su  padre amasar tan grande fortuna, pero se preguntaba una y otra vez ¿Por qué su padre habrá querido que viviese en esa casona?

Pensando en eso, hizo a un lado el misterioso documento, y relajándose, por fin sintió la inmensa soledad de esa casa. Para ese entonces las velas del candelabro ya se habían consumido casi a la mitad, por lo que solo iluminaban tenuemente su escritorio.

Después de casi dos horas, el joven ya se sentía cansado y bajo los efectos del vino, le vino un sopor, así que tuvo la intención de levantarse para retirarse a descansar. Pero repentinamente sintió que algo a sus pies se deslizaba suavemente.

El buen mozo pensó “Debe ser un gato ¡Magnifico! Se va a dar un festín con esos repugnantes ratones.

Quiso tocar al supuesto gato, pero al estirar la mano, pero se detuvo, una corriente de espanto lo hiso gritar y saltar de su asiento. Las velas cayeron al suelo estrepitosamente, con los ojos casi fuera de sus cuencas vio una inmensa maraña de pelos extendidos por el suelo, que se elevaron mostrando un horrendo cráneo, las cuencas obscuras se fijaban en él, tenía la mandíbula fuertemente cerrada.

Aterrorizado el joven, vio que el cráneo se elevaba sostenido por un cuerpo alargado y delgado, que se deslizaba dirigiéndose a él, apoyado en unas manos descarnadas.

 Sin poder resistir más, el joven Don Cristóbal gritó ¡No! ¿Qué es esto? ¡Santo Dios!

Saliendo de la casona, enloquecido. Cuenta la leyenda que corrió gritando desaforadamente, hasta que encontró a los veladores de la ronda.

Auxiliarme a mí ¡En nombre de Dios!

¿Qué sucede caballero, Estáis temblando y pálido como un muerto? Intrigados los rondines lo alumbraban con sus farolas, pero Don Cristóbal no dejaba de cesar, sin poder emitir una sola palabra entendible, hasta que al fin logro decir:

¡Ha sido algo horrible! No puedo revelarlo por ahora…Por favor, os ruego me indique donde queda la casa del notario real… Ya que aún no conozco la ciudad.

El jefe de rondines ordeno a un subalterno lo acompañara, mientras le ofrecían una copa de aguardiente, la que por fin le apaciguo un poco los nervios.

Ya en casa del notario el joven solo podía pronunciar ¡Fue algo Horrible! El notario intrigado le preguntaba una y otra vez que había visto.

Por fin trato el joven de explicarle. No sé como explicar, pero era una “cosa” como cubierta de pelos.

¡Santo Dios! ¿Cabellos?

EL joven interrogo al anciano notario ¿Sabéis algo de eso espantoso?

El notario de apellido Guitron ya conocía la historia y el origen de aquel terrible ser que moraba la casona. Y así entre sorbo y sorbo de aguardiente le revelo el secreto al joven.

Muchos años atrás esta casona tenía un aspecto muy diferente, y en las mañanas en esa calle de “la buena muerte” era común ver a los padres camilos ir y venir, con sus afanes religiosos, también ver a Doña Anunciación sentada en la ventana de la casa para recibir los primeros rayos del sol peinando su larga y negra cabellera.

Ella no era una mujer de buena belleza, pero llamaba la atención más por su hermoso cabello y que causaba la admiración de los transeúntes varones, mientras que en las mujeres causaba envidia, por lo que era conocido como la cabellera más larga y hermosa de toda la Nueva España.

Todo esto provoco la envidia y coraje de Doña Brígida, quien era mayor que Doña Anunciación, y que además era media hermana, y que no se había casado por tener un carácter seco y hosco y de rasgos duros que habían alejado a sus posibles pretendientes.

Estas dos mujeres vivían acompañadas por una “ama” de origen africano, la que era doncella de Doña Anunciación.

Así que una de tantas mañanas, Doña Brígida mascullaba su coraje, mientras veía a su hermana saludar amablemente a un conocido, ella pensaba, ¡Maldita ¡ Otra vez os exhibís ante los visitantes. Pero una de estas noches os cortaré vuestro odioso pelo… ¡Ah, si pudiera dejaros sin pelo para siempre! Pensaba Doña Brígida.

Su expresión mientras pensaba esto era tan evidente, que la doncella se le acercó.

Ah señora… Bien que admiráis el pelo de mi amita, acaso no lo desearíais para vuestra cabeza ¿No es verdad?   

Dijo con menosprecio: “Callad, negra tonta”-

Sin hacerle caso y con disimulado gusto, la doncella se le acerco a Brígida.

Vamos amita, ya está lista el agua de verbena para lavar vuestro pelo.

Ahí fue entonces que se le ocurrió a Rígida la idea… La cual nunca se le hubiera ocurrido. Decidida, y con la idea de acabar con el orgullo de su media hermana, salió de su casa. Y anduvo por las calles más populosas de la ciudad, en donde no la conocían, hasta que llego a la casa de una bruja.

Tras explicar el asunto a la bruja, una anciana, mal vestida y siempre sonriente, esta le dio un manojo de yerbas.

Mezclad estas yerbas con la verbena que usa para lavar su pelo, y os aseguro que nunca volverá a crecerle. ¡Y tened cuidado de no os sorprendan!

¿Acaso morirá su cabello?, ansiosa pregunto, Doña Brígida.

Si señora, desde su raíz morirá. ¡Os lo aseguro!

Y aconteció que varios días después, mientras se peinaba como acostumbraba Doña Anunciación, se sorprendió sobremanera que al peinarse, quedaban prendados al peine una gran cantidad de cabellos. Asustada llamo a su doncella, esta al ver la escena le dijo asustada:

¡Jesús, María y José! ¡Os han embrujado, mi niña!

Os han hecho mal de ojo a vuestro pelo, ¡Quedareis sin nada, mi amita!

 ¡Ay! ¡Si pierdo mi pelo, perderé también mi vida!

¡Y yo también moriría con mi niña del alma! Responde angustiada la sirvienta.

Fue tan rápido el efecto del maleficio, que en poco tiempo Doña Anunciación quedo completamente calva, y también murió de tristeza en poco tiempo, y solo unos días después su doncella, la Garinda la siguió en la muerte, así que la sepultaron a un lado de la tumba de Doña Anunciación.

Y cuenta la gente, que cuando la Garinda agonizaba, sabía de la alegría de Doña Brígida. Así que con voz roca y grave le lanzó la siguiente amenaza:

Se bien que vos causasteis la desgracia de mi ama. ¡Maldita seáis! Aunque yo soy creyente, he invocado al diablo para que os cause males mayores. ¡Os saldrá tanto pelo que os volveréis loca, y tendréis la muerte más horrible que hayas pensado!

Al escuchar esto Doña Brígida esbozaba una sonrisa burlona incrédula.

Y la leyenda cuenta, que días más tarde, Doña Brígida advirtió que su cabello crecía en abundancia. Al principio, lo admiraba y orgullosa lo peinaba ¡Que cambio tan benigno! Se decía, pues ahora poseía una cabellera negra y brillante, que le caía graciosamente a lo largo de su espalda.

Envanecida, se ponía a peinarlo en la ventana, en el mismo lugar que su hermana acostumbraba, La gente que la veía apartaba la vista, pero a ella no le importaba, notaba con placer que cada noche le crecía el cabello, cada vez más largo y hermoso.

La nueva sirvienta, de raíces indígenas, de caracter tímida y callada, sabía que no era natural eso, hasta que un día se atrevió a preguntarle:

Mi ama ¿Por qué os crece tan rápidamente vuestro pelo?

MI hermana tenía el cabello como el mío… Es un rasgo de familia, respondió satisfecha Doña Brígida.

Hasta que una noche, mientras Doña Brígida descansaba, el cielo estaba muy obscuro, las nubes negras y muy cargadas, los rayos aparecían repentinamente iluminando la gran ciudad, de pronto se desencadeno la tormenta.

Se dice que fue entonces, que sus cabellos parecieron cobrar vida. Como serpientes, estos se alzaron; era como si un misterioso viento los moviera, los cuales parecían danzar sobre su cabeza, mientras la mujer dormía. En medio de esa trepidante danza, los cabellos buscaron su cuello y a enredársele como si fuese serpientes negras, cada vez con más fuerza aprisionaban el cuello.

Al sentir tal presión la mujer por fin se despertó dando terribles gritos. Por lo que su sirvienta acudió de inmediato. ¡Señora que sucede!

Tuve una horrible pesadilla, ¡Soñé, que mis propios cabellos me estrangulaban como serpientes! Y cuando desperté…¡Oh Dios! Mirad aún tengo los cabellos enredados en mi cuello.

La sirvienta también asustada, retiro los cabellos del cuello de su ama, extrañada y temerosa, la sirvienta le comento: Tened cuidado de vuestros cabellos señora, todos sabemos que en las noches de tormenta, los cabellos de la gente y animales cobran vida.

Lo dicen los ancianos, señora, así que cuidaos, usted los tiene muy largos.

Por ello acepto Doña Brígida y la criada le sujetó los cabellos a los barrotes de la cabecera.

 Le fue difícil a Doña Brígida acomodarse en la cama, además le temía a la repentina tormenta, incomoda y temerosa por fin se quedó dormida, pero al llegar la madrugada, llego otra tormenta aún más fuerte, esta vez el cristal del ventanal retumbaba con enorme fuerza, el viento lanzaba bufidos terroríficos, las cortinas se alzaban, como espantadas por el viento, que se colaba por la rendijas.

Y en el momento en que un gran rayo apareció en el firmamento, y la escasa luz de la vela se extinguía en lánguidas lengüetas, sucedió que sus cabellos se soltaron de sus amarres y volvieron a cobrar vida, ella se despertó con el retumbo del rayo, y vio como  sus cabellos en forma de serpientes negras acometieron contra su cuello rodeándolo, apretándolo con mayor rapidez y loco frenesí iniciando una inexorable asfixia.

Pero recuperando el valor y sacando fuerzas de flaqueza, Doña Brígida, jaló los cabellos, cuando estos ya empezaban a ahogarla, y como pudo se arrastró hasta el tocador, y decidida corto de tajo las malditas hebras, de esta manera el embrujo cesó por esa noche.

Al día siguiente cubrió su cabeza con un manto, y no dijo nada a nadie, durante varios días no quitó el manto sobre su cabeza, pues temía  ver su cabello otra vez.

Hasta que una noche estalló otra tormenta, Doña Brígida se paró frente al espejo, y a pesar del manto sintió mayor peso en su cabeza, pero no quería ni tocar ni verlos, pero su capricho fue más fuerte, y dijo en voz alta:

Que llueva y caigan rayos y centellas ¡Ya no le temo a mi cabello! T quitándose el manto, dio un grito de espanto. El pelo era aún más grande que antes, ya lo tenía más largo que su cintura.

En ese instante su cabello se elevó flotando por encima de su cabeza, luego se juntaron en hebras grandes que descendieron buscando la garganta, horrorizada, vio cómo se le enredaron en interminables vueltas, tal parecía que los cabellos sentían un placer diabólico por sentir sus venas hinchadas al apretar más y más.

La tormenta se encargó de callar sus gritos y gemidos.

Al día siguiente, su sirvienta encontró a su ama muerta, todo parecía indicar que se había ahorcado con su abundante y hermosa cabellera. Su rostro marcaba un rictus de locura y agonía, lo que había augurado la antigua sirvienta.

Terminando el relato  el notario Güitron de la siguiente manera:

Por eso vuestro padre, después de sepultar a Doña Brígida, se enclaustro en la casona hasta su muerte.

El joven Don Cristóbal, que había escuchado el relato con temor, agregó:

Pero, lo que no entiendo en que se relaciona esa maldición, con la “cosa” que vi en el suelo.

Meditando, el notario le responde, Pienso que es el fantasma de vuestra tía Doña Brígida.

Pero le repito, Intrigado responde el mozo, esa cosa no caminaba, se arrastraba cual gusano velludo.

Desconcertado el notario concluye: siendo así no sabría explicar su visión. Y le aconsejo Don Cristóbal, que se quede en mi casa, y con esto damos por cumplida la cláusula del testamento de pasar una noche en la casona, así ha cumplido su mandato.

Unos días después el joven Don Cristóbal fue a las oficinas del Santo Oficio:

Dice la leyenda que el Santo Oficio tomó cuenta del suceso, y con el ritual establecido en sus leyes se exorcizó la casona y al ser monstruoso que allí moraba.

Se levantaron las actas ante el Santo Oficio de quienes fueron testigos de este suceso.

Don Cristóbal de Velázquez decidió vender toda su heredad, de la casona, liquidó los muebles, cuadros y demás objetos de valor, pero no la casona, ya que no encontró comprador, y está quedo deshabitada por muchos años.

Don Cristóbal se embarcó a España, pero siempre tuvo presente su macabra experiencia, pero nuca aceptó haber visto, lo que la gente en la Nueva España llamó “los cabellos del diablo”.

Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.