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Marcas que no se muestran

Cuando por fin abrió los ojos se encontró con el timón de su automóvil. Eran las 6:00 de la mañana y había pasado la madrugada sobre el volante.

Dos desconocidos no dejaban de tocar su ventanilla. Estaba en una gasolinera y los empleados solamente querían saber si estaba vivo, si necesitaba ayuda. “Disculpe, pero lleva bastante tiempo aquí, ¿se siente bien?” –le preguntaron–. Aturdido, respondió que sí. No era cierto.

Cuando lo dejaron solo, pasó revista a su persona: el pantalón estaba mal puesto. En seguida supo que no tenía ropa interior. Descubrió lo peor, cuando, incrédulo, se percató que sentía ardor y dolor en el ano. La confirmación de lo que temía la escuchó un día después de boca de su médico: “Usted fue abusado sexualmente”.

Ya pasó un año de eso y el protagonista de esta historia no accedió a hablar ni por teléfono de lo que le sucedió. No quiere siquiera que escuchen su voz, pues teme ser reconocido. Únicamente aceptó la entrevista a través de su psicólogo.

Los abusos sexuales contra hombres ya no aparecen en las noticias con la frecuencia de 1999. Los periódicos informaron entonces que más de diez fueron ultrajados en las cercanías de la Plaza Mariachis en término de dos meses. Pero todavía son una realidad en otros puntos de la ciudad, bajo otras circunstancias.

Por lo menos una vez al mes, admiten los oficiales de los Bomberos Municipales, reciben llamadas para atender casos como éste, pero las víctimas jamás denuncian el hecho por temor al bochorno. De los casos que existen, únicamente pueden dar fe psicólogos, psiquiatras y médicos en su práctica privada.

La mayoría de personas se resiste a hablar del tema más que de las violaciones a mujeres o niños, de quienes sí hay denuncias en la Fiscalía de la Mujer. Sólo dos hombres han puesto una en contra de sus victimarios, pero no prosperó porque estaban demasiado avergonzados.

Una noche de copas

Veintiséis años, recién casado y con problemas de alcoholismo, describe el expediente clínico al hombre que despertó en su carro.

Como cada fin de semana, fue invitado a una fiesta, esa vez en la zona 15. “Fue sábado por la noche, sólo recuerdo cuando llegué, me tomé unos tragos, empecé a sentir sueño y desperté en la gasolinera por la calzada de la Paz al día siguiente”, cuenta.

Después del diagnóstico del médico “entré en pánico, no sabía si había sido contagiado de cualquier enfermedad venérea”, recuerda. Y luego de descartarlo con los exámenes de rutina, se apoderaron de él la angustia, el temor, la ira y los deseos de venganza.

Emprendió una cacería para atrapar al responsable. “Pregunté a mis amigos y conocidos de la fiesta si me vieron salir y con quién, pero nadie me dijo nada. Realmente estaba furioso con ellos porque no me cuidaron”. Él jura que de haber encontrado a su o sus abusadores, los habría matado.

A los tres meses buscó la ayuda del psiquiatra y del psicólogo. “Mi esposa no lo sabe ni lo sabrá”, asegura. Aunque participó de la terapia, ella lo hacía porque su esposo tenía problemas de infidelidad.

Él reconoce haber encontrado en la promiscuidad la reafirmación de su masculinidad. “Es una reacción normal en hombres adultos abusados, pues temen volverse homosexuales. En las mujeres puede ser igual, o por el contrario, se reprimen”, explica la psicóloga Anabella Alarcón.

La ansiedad de este hombre llegó a tal punto que hubo que sedarlo y recluirlo en un centro asistencial. Al darle de alta le prescribieron antidepresivos y ansiolíticos. El hombre, que visita a su terapeuta cada ocho días, se encuentra estable y ya no le prescriben fármacos.

Aunque ya no siente ira ni deseos de venganza, sus terapeutas aún no recomiendan espaciarle las citas.

El niño y el hombre

Quien fue abusado de adulto no enfrenta su situación como quien lo sufrió de niño. El primero, como el hombre de esta historia, rara vez busca ayuda profesional. El segundo, lo hace cuando puede costeársela o cuando otros problemas, derivados de la violación, lo acechan.

Tal es el caso de un hombre de 45 años, quien se considera adicto al sexo y confiesa no poder serle fiel a su esposa. Después de varias sesiones con su terapeuta confesó que cuando tenía entre siete y nueve años un tío lo abusó sexualmente. “Sicólogos y siquiatras deben preguntarle al paciente si fue abusado cuando era niño, después de observar promiscuidad, temores homosexuales, violencia intrafamiliar, agresividad y disfunciones sexuales (eyaculación precoz y disfunción eréctil)”, enumera la sicóloga Ana María Jurado.

Para el hombre de 45 años, el abuso del que fue objeto es aún su gran secreto. “El abusador de niños constantemente amenaza con dañar a un ser querido si su víctima dice algo. Por eso se lo guardan”, explica Alarcón.

El abusador del hombre adulto jamás hace tal advertencia, más bien es la misma víctima quien se autocensura.

Las circunstancias y el abusador también son distintos para ambos: al adulto lo ultrajan hombres desconocidos, una sola vez; al niño lo agrede alguien cercano a la familia y por un largo período.

Al niño lo violan cuando está consciente (lo cual es aún más traumático) y al adulto generalmente lo ultrajan después de drogarlo. Mario Guerra López, director médico forense del Organismo Judicial, cuenta que lo más común es que den a la posible víctima sobredosis de diasepán. Hay quienes hablan de otro tipo de droga que les hace olvidar el tiempo y el espacio.

En la lista de abusadores de niños están los hermanos mayores, primos, tíos, vecinos y maestros. En la de las niñas, padre, padrastro, abuelos, tíos y hermanos.

Sonia Rodas, una de las tres psicólogas de la Fiscalía de la Mujer, recuerda el caso de un pequeño de 5 años abusado por su primo de 20. “Hijo único, de madre soltera quien confió el cuidado de su pequeño desde hacía dos años a ese familiar”, describe. Lo encontró in fraganti al regresar del trabajo a una hora que no era la usual. El caso llegó a juicio y se logró una condena de 9 años para el abusador.

Por supuesto, también suceden casos fortuitos como el del niño de 10 años que venía de la calle con su hermana mayor y se adelantó corriendo para llegar a casa. Ella no podía desplazarse con la misma agilidad que el muchacho por las secuelas de la poliomielitis en sus piernas. Cuando el niño abrió la puerta de la casa, un vecino de 30 años lo empujó hacia adentro y abusó sexualmente de él.

Pasaron diez minutos antes de que su hermana entrara y viera al niño abrochándose el pantalón. El hombre seguía allí. La joven intuía lo sucedido al ver la actitud de su hermano y sólo se le ocurrió echar a su vecino a empujones. “Hace un mes, el caso fue a debate y condenaron al abusador a nueve años de cárcel por abuso, uno por allanamiento de morada y uno más por contagio de enfermedades venéreas”, expone Rodas.

Abuso y violación

En el argot de los psicólogos, el término violación se aplica cuando las víctimas, hombres o mujeres, fueron penetradas. El Código Penal no parece estar tan claro. No contempla la violación para hombres y ese tipo de delito lo tipifica como “abuso deshonesto”, término que también se utiliza cuando una mujer fue abusada pero no penetrada.

Las penas condenatorias tampoco son las mismas: por violación van de 6 a 12 años de prisión y por abusos deshonestos de 2 a 6. La Fiscalía de la Mujer en lo que va de 2004 recibió 504 denuncias de violaciones y 163 de abusos deshonestos a niños y niñas (las más) de entre 7 y 17 años.

Maura Estrada, asistente de la jefe de dicha dependencia, recuerda una sola denuncia por abusos deshonestos a hombres. Fueron los dos jóvenes, uno de 22 y otro de 26 años, abusados en las cercanías de la Plaza Mariachis. Era octubre de 1999. Con la mano siempre en el rostro y muy cerca del escritorio de quien tomó datos para la investigación, pasaron el primer interrogatorio. Al día siguiente no llegaron. “Tal vez por lo impersonal de nuestras oficinas donde todos oyen y miran, no soportaron la presión y la vergüenza. El caso no prosperó”, recuerda.

La carga emocional, coinciden los sicólogos, es enorme. Pero recomiendan compartirla con profesionales para hacerla menos pesada y dolorosa.

De; http://elperiodico.com.gt/

Fuente; http://www.elperiodico.com.gt/es/20040919/actualidad/7245/

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Escritora y fan de las redes sociales gusta de escribir y buscar artículos que vale la pena conocer y compartir. Su gran discapacidad no ha sido impedimento para explorar las facetas de la vida.

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