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¿Por qué sentimos dolor, sirve para algo?

 

De http://www.revistalaocaloca.com/

 

Los seres humanos -y, por lo que sabemos, también muchos animales superiores dotados de sistema nervioso parecido al nuestro- somos capaces de sentir dolor físico por múltiples causas, tanto externas como internas. Un dolor que puede ser muy agudo e instantánea, o bien duradero y crónico, permanente; y todas las variantes entre esos dos extremos que imaginarse pueda. Porque lo cierto es que el sufrimiento asociado a las sensaciones dolorosas es quizá uno de los males más democráticos y ubicuos que existen.

Y encima, como para complicar aun más las cosas, nuestro desarrollo intelectual nos ha llevado, además -y en este caso es casi seguro que eso sólo nos ocurre a los humanos, no a los animales-, a desarrollar a lo largo de la evolución biológica una poderosa inteligencia y una capacidad de abstracción tales que, entre otros inconvenientes -y muchas ventajas, sin duda-, pueden originar en nosotros dolores psicológicos quizá no menos torturadores que los estrictamente físicos. O sea que los seres humanos no sólo sentimos dolor físicamente sino también emocionalmente

El dolor es una experiencia sensorial, y por tanto indudablemente objetiva puesto que va ligado a los órganos de los sentidos, esencialmente la piel, a través del sistema nervioso. Pero al tiempo tiene una importante componente psicológica, que es bastante más subjetiva. En ambos casos –dolor físico o bien dolor psicológico, que a veces se unen y se potencian- está implicado de manera absoluta el sistema nervioso, tanto en la captación de la sensación dolorosa como en la posterior transmisión hasta el cerebro, que es el único que “siente” realmente ambas formas de dolor.

Es quizá uno de los males más democráticos y ubicuos que existen

La complejidad de las múltiples interacciones que pueden darse entre los diferentes tipos de dolor y sus posibles mezclas -por ejemplo, ¿por qué nos duele más una inyección si miramos a la aguja que si volvemos la cabeza?- ha llevado a la medicina moderna a considerar el establecimiento de una nueva especialidad, la algología, que se preocupa tanto del dolor en sí, con sus múltiples caras, como de las diferentes terapias que se le pueden aplicar.

Pero, ¿por qué nos duelen el cuerpo y la mente? ¿Para qué sirve semejante tortura? ¿De qué modo hemos aprendido a convivir con este enemigo de nuestro bienestar? ¿Cómo es posible que incluso llegue a ser considerado de forma favorable, incluso que llegue a ser deseado, como ocurre en ciertas conductas colectivas como el martirio voluntariamente asumido (por razones religiosas) o en conductas individuales como el sadomasoquismo (por razones sexuales)?

La primera respuesta, vista su omnipresencia en el género humano, es que el dolor ahí está, y por tanto “debe” servir para algo. No es muy explicativa, pero resulta bastante sensata…

Por lo que sabemos, y de una manera aproximadamente parecida a nosotros, también sienten dolor -ya lo hemos visto- otros animales parecidos a nosotros, al menos los que tienen un sistema nervioso suficientemente complejo, como la mayoría de los mamíferos. El sistema nervioso de un mono o de un perro les permite sentir dolor por causas parecidas a las que a nosotros nos provocan igualmente dolor; al menos, dolor físico. Es obvio que el dolor subjetivo, ese dolor que nos hacer retorcernos de agonía por ejemplo ante la muerte inesperada de un ser querido muy próximo, ese “me duele el alma” de los poetas, es más que probable que sea exclusivo del género humano.

En todo caso, la universalidad del dolor en los animales que podríamos llamar “superiores” seguro que cumple una misión que evolutivamente debiera tener algún sentido… Por ejemplo, a todo el mundo le parecerá lógico que el dolor nos avise de que algo no va mal en el cuerpo; aunque sea una simple espina que se clave en la piel, si no la vemos, el dolor nos avisa de que ahí hay algo que puede ser malo -a lo mejor induce una infección, incluso podríamos desangrarnos si la herida fuese grande-. Es, pues, una señal de alerta necesaria que nos dice que hay que poner remedio a algún tipo de situación potencialmente dañina para nuestra supervivencia.

Ese “me duele el alma” de los poetas exclusivo del género humano

¿Una señal necesaria?… Eso que parece evidente quizá no lo sea tanto. Si un lobo se rompe una pata en un salto, es obvio que le dolerá mucho, lo que constituye un buen aviso para que deje de andar y se quede quieto hasta que el hueso se recomponga. Pero ese proceso de curación “natural” -los animales en la Naturaleza no disponen de médicos ni hospitales- puede durar muchos días y, mientras tanto, si el animal no tiene quién le alimente y ha de permanecer inmóvil, puede acabar muriéndose de hambre y no de su pata rota. El dolor, en este caso, tiene sentido como aviso de que algo anda mal, pero resulta inútil a la larga porque no aporta ninguna terapia. O sea que a lo mejor no era tan necesario; es cierto que un lobo cojo al que no le duela la pata rota correrá peor y quizá no cace con la efectividad que lo hacía anteriormente. E incluso puede llegar a morirse si tiene menos habilidades para la caza… Bueno, es ley de vida: el más débil, en la Naturaleza, acaba sucumbiendo antes que el más fuerte. Eso resulta inaceptable para los seres humanos, claro, que en la Biosfera ésa es la regla.

En todo caso, cabe preguntarse si, en el ejemplo del lobo con la pata rota, ha sido el dolor tan necesario como parecía a primera vista… En realidad, cuando en la vida salvaje un animal se hiere gravemente, en la mayoría de los casos eso acaba suponiendo para él una condena de muerte. El dolor sólo añade una componente de sufrimiento añadido que parece carecer de sentido…

Otros dolores, incluso en animales, son por sí mismos completamente inútiles, al menos desde esa misma perspectiva; por ejemplo, un dolor del hígado por una disfunción grave. El dolor le quita al animal momentáneamente las ganas de comer, pero el ayuno no garantiza en absoluto que la grave dolencia hepática se le vaya a curar. Y si esa dolencia es lo bastante grave, el perro acaba muriendo y, encima, ese proceso final va acompañado de un dolor seguramente creciente e insufrible. ¡Qué inútil crueldad la de la Naturaleza!… Cabe incluso preguntarse si esos dolores animales no podrían ser considerados, en cierto modo, como la consecuencia de un error evolutivo. Y no sólo en animales salvajes sino incluso en el ser humano.

Porque son muchos los ejemplos que podrían demostrar que muchos de los dolores que sufren los animales con un sistema nervioso desarrollado, y no digamos los humanos, tienen muy escaso sentido, evolutivamente hablando, como sistemas de aviso para prevenir males mayores. Sin duda hay casos en los que es útil sentir dolor, especialmente los dolores reflejos que nos obligan a reaccionar casi instantáneamente ante algún tipo de agresión: por ejemplo, cuando acercamos inadvertidamente la mano a algo ardiendo. El influjo nervioso sensitivo llega a la médula espinal y allí, sin alcanzar el cerebro, desencadena una respuesta de nervios motores que nos obliga a reaccionar de manera casi instantánea, antes de que nos quememos en exceso.

Muchos de los dolores que sufren los animales y no digamos los humanos, tienen muy escaso sentido

Esos dolores agudos que desencadenan reacciones inmediatas suelen ser realmente interesantes, aunque en algunos casos nos complican un poco la vida a los seres humanos, que tenemos en nuestra poderosa mente inteligente un enemigo añadido. Veamos dos ejemplos concretos: las agujas y el calor o el frío extremos. Cuando algún adulto tiene que recibir una inyección, normalmente desvía la mirada (en el caso de los niños, la inmensa mayoría simplemente con ver la aguja ya se ponen a llorar histéricamente): si ve cómo la aguja penetra en la piel “sentimos” más dolor que si no miramos. Y, sin embargo, de manera objetiva el dolor de un pinchazo es mínimo y perfectamente soportable por cualquier persona. De hecho pincharnos con una zarza, con las espina de un rosal o incluso sentir la típica quemazón al contacto con las ortigas es algo que todos hemos sufrido en múltiples ocasiones. Y duele en exceso… para lo que sirve.

¿De que nos avisa ese dolor tan agudo? ¿De que tenemos que alejarnos de ese rosal o de que no tenemos que coger el fruto de la zarzamora? Si es así, el dolor tiene una enorme eficacia para la planta, como elemento defensivo; pero entonces ¿a nosotros para qué nos sirve? No pasaría nada si nos metiéramos en un zarzal y nos llenáramos la piel de molestas espinas, que luego nos quitaríamos al darnos cuenta de que molestan y en algún caso provocan leves sangrados. Los cilicios de las monjas y los abades, con el que castigaban sus cuerpos, dolían sin duda muchísimo, y con ello hacían penitencia; sí, pero ¿y si doliera muchísimo menos? No sería ya tanta penitencia, pero sería más coherente. Una vez más un dolor excesivo; quizá, un error evolutivo…

Los seres humanos hemos desarrollado una capacidad de intervención en nuestro propio organismo -la medicina moderna- susceptible de remediar muchos de nuestros males, y entre ellos el dolor. Porque es claro que, como aviso de que algo va mal en el organismo, puede servir; pero una vez puesta en marcha la solución, el dolor ya no sirve para nada… pero ahí se queda. ¿Error evolutivo?

Pero ¿y si doliera muchísimo menos?

Para apoyar la idea del dolor como aviso realmente útil siempre se acude al ejemplo de la persona que se hace una herida grave o, como antes, veíamos, se produce una quemadura grave, sin darse cuenta; si no existiera el dolor asociado a esas heridas, quizá éstas pasaran desapercibidas y la persona pudiera acabar muriendo bien desangrada, bien de una infección generalizada. El argumento es bueno, sí; pero tiene varias pegas.

En primer lugar, hay hemorragias que nos pueden matar y que, sin embargo, no duelen nada; por ejemplo, ciertas úlceras sangrantes que pueden cursar silenciosamente, quizá durante la noche y sin provocar dolor alguno. O bien la hemorragia de un hemofílico en algún lugar del cuerpo poco visible mientras duerme; a eso hay quien lo llama la muerte dulce… Es cierto que la hemofilia es en sí misma un “error” genético, pero si el dolor es tan ubicuo y a menudo inútil, es una pena que en estos casos no avise ni siquiera un poco…

En segundo lugar, muchos dolores, y no siempre los más pasajeros, no avisan de nada concreto sino que aparecen y desaparecen por razones difíciles de desentrañar. Por ejemplo, las jaquecas… ¿De qué mal nos avisan? ¿Por qué son tan intensas, duraderas y frecuentes si la persona está sana? Si el daño del que nos quiere avisar una jaqueca fuera proporcional a la intensidad del dolor producido, estaríamos realmente al borde de la muerte. Y sin embargo los que sufren de jaquecas frecuentes saben bien que lo que les ocurre no reviste gravedad alguna para su salud… excepto, por supuesto, el intensísimo y constante dolor que martillea sus cabezas.

En tercer lugar, muchos dolores que sirven de aviso en realidad sí que nos avisan de algo, pero cuando ese algo que no tiene remedio; o sea que el aviso resulta inútil, incluso podríamos decir que gratuito. El dolor agudísimo que acompaña a veces al infarto de miocardio masivo sirve anuncia, en efecto, de que algo va muy mal en el corazón, pero el aviso es inútil porque preludia en los casos más graves la muerte inminente. Y como no cabe sospechar que la Naturaleza tenga un comportamiento tan típicamente sádico, sólo cabe concluir que en esos casos se equivoca; y ese tipos de dolores quizá debieran haber desaparecido a lo largo de la evolución… Porque no sólo te mueres, sino que lo haces sufriendo una barbaridad.

Todos estos ejemplos son un poco generales, y en realidad cabría plantearse un análisis un poco más sistemático de los diferentes tipos de dolores que sufrimos los humanos para ver si, en verdad, hay mucho más de error evolutivo en ellos que de elemento útil para la supervivencia, que sería la única función aceptable desde un punto de vista estrictamente darwiniano para la adaptabilidad y mantenimiento de la especie.

No es raro que dolores muy intensos no anuncien realmente nada grave

Los expertos clasifican el dolor atendiendo a sus características. Por ejemplo, la más obvia: su intensidad. Un dolor puede ser muy fuerte o más bien débil. Y no siempre estos dolores más leves son los que anuncian cosas menos inocuas, y en cambio no es raro que dolores muy intensos no anuncien realmente nada grave, como ocurre en el caso de las jaquecas. Por supuesto, no es lo mismo un dolor de cabeza que un dolor torácico, abdominal, en un miembro, incluso difuso. No es lo mismo un dolor punzante que opresivo o lacerante. El dolor puede durar mucho, por ejemplo un escozor continuo e intenso; o bien puede durar sólo un instante, como un pinchazo, e incluso puede llegar a presentarse a intervalos más o menos fijos –por ejemplo, dolor estomacal después de cada comida-. Algunos dolores irradian desde un lugar del cuerpo hacia muchos otros, incluso hay dolores reflejos que se producen en otros lugares distintos al origen de la dolencia. También se pueden subdividir los dolores en función de los síntomas que les acompañan: nerviosismo, náuseas, diarrea, fiebre… Y hay dolores directamente ligados al sexo del paciente.

Como se ve, la panoplia del dolor es gigantesca. Toda una plaga para la humanidad cuya justificación teórica -el aviso de que algo anda mal- no siempre es válida. En todos esos casos que acabamos de repasar someramente existen dolores cuya existencia parece justificada ya que nos previene de conductas que no debemos adoptar o nos avisa de cosas que tendríamos que dejar de hacer para que esa señal dolorosa desaparezca, y en esos mismos casos hay dolores que parecen en cierto modo “inútiles”. A veces nos duele el hombro derecho porque a lo mejor lo hemos forzado en exceso jugando al tenis, por ejemplo; pero en otras ocasiones ese dolor o algo muy parecido se debe a una lesión biliar o hepática. ¿Qué aviso puede darnos ese dolor de hombro derecho respecto al hígado? ¿Habrá algún alcohólico con el hígado muy dañado que deje de beber alcohol porque le duela el hombro derecho?…

Para terminar con este rápido vistazo al universo del dolor, conviene recordar que el premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica del año 2010 fue otorgado a tres científicos –David Julius, Baruch Minke y Linda Watkins- que trabajaron, y aportaron incluso aplicaciones terapéuticas muy valiosos, en el tema del dolor: sus causas, sus mecanismos de producción y percepción, sus semejanzas con otras sensaciones como el frío, el calor, el gusto… O sea que, todavía hoy, el dolor sigue siendo un enorme reto para los profesionales de la medicina. Ya conocemos muchos de sus mecanismos, y aun más, hemos desarrollado una ingente panoplia de medicamentos para combatirlo. Pero seguimos sin saber muchos de sus porqués. Es obvio que algunas religiones lo han dignificado, incluso magnificado; nuestra religión cristiana, por ejemplo, se basa en el martirio, extremadamente doloroso, de un dios hecho hombre. La religión mahometana glorifica la muerte en la lucha santa, la yihad, desdeñando el dolor. En general, el dolor asociado a un fin místico, incluido el martirio voluntariamente aceptado, es glorificado por múltiples religiones de todo tipo.

Si hay algo antitético es el dolor, por una parte, y el placer por otra

Y queda el caso del dolor mezclado, o asociado, al placer. Porque si hay algo antitético es el dolor, por una parte, y el placer por otra. ¿Otra prueba de error evolutivo? Al menos en humanos, eso parece claro… Sin embargo no son nada infrecuentes las conductas sádicas –obtener placer sexual haciendo daño a otras personas- o masoquistas –obtener placer por medio del dolor-. Incluso lo frecuente entre esas personas es que ambos aspectos se conjuguen: sadomasoquismo.

Algunas autoridades morales califican de aberraciones estas conductas, pero son más frecuentes de lo que parece; en grados extremos seguramente no, pero en grados más leves casi todo el mundo ha experimentado en alguna ocasión conductas de este tipo en la actividad sexual normal. Incluso no nos duelen –al revés, nos gustan- cosas que “en frío” jamás aceptaríamos, como algunos pellizcos, azotes, apretones, mordiscos que dejan alguna marca… Todo ello es bastante frecuente y, en todo caso, siempre posible; y desde tiempos muy remotos… Y si algo así es posible, sea condenable moralmente o no, es porque algo existe en el organismo que lo permite, incluso que lo fomenta. ¿Y no es todo ello también, en cierto modo, un error evolutivo?

http://www.revistalaocaloca.com/2012/03/por-que-sentimos-dolor-sirve-para-algo/

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