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Leer: Propuesta didáctica para una sesión de Historia de la música segunda parte.

Lecturas para la clase 

PRIMER LECTURA

Revoluciones, nacionalismo y romanticismo

 

Emmanuel Alejandro, (2007)

"La música nos habla a menudo más

profundamente que las palabras de la poesía, en

cuanto que se aferra a las grietas más recónditas

del corazón" 

Friedrich Nietzsche

La producción artística del siglo XIX -particularmente la primera mitad- conservó muchas particularidades, que hicieron de este periodo uno muy sobresaliente, si no el que más espectacular. En cuanto al tipo de obras realizadas en el ámbito musical europeo, se reconoce inmediatamente un gran desarrollo y variedad en la producción y en los géneros; encontramos muchos de los más grandes compositores reconocidos y recordados en todo el mundo: Mozart (aunque realmente pertenezca a una época anterior), Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Chopin, Liszt, etc. Ha ocurrido una verdadera revolución musical. El arte se llamó romanticismo, y la búsqueda de la identidad de las poblaciones en los nacientes territorios trató de enmarcarse con la etiqueta de nacionalismo. Muchos consideran a Mozart el máximo exponente de la música clásica. Se consideró a Beethoven el primer romántico. Consideramos nosotros, a Beethoven, como el nexo entre el clasicismo (arrastrándole a sus últimas consecuencias) y a Chopin -la misma opinión ávida de ídolos-, le es considerado el mayor compositor pianístico. Nosotros lo consideramos un poeta del piano. Al final del Romanticismo es situado Wagner, llevando las posibilidades del romanticismo fuera de su mismo ámbito de expresión. Como se verá más adelante, los procesos que se refieren, hicieron de los fenómenos aconteceres de trascendencia mundial, y de la historia, en su comprensibilidad, una verdadera historia mundial. El alcance y perdurabilidad del romanticismo solicita una visión y una simpatía para las que el nacionalismo y el europeísmo son pequeños e incompletos casilleros, dentro de los cuales la creatividad y desbordante energía inevitablemente rompen tan pequeño molde.

Y nos trasladamos, desde la música clásica del aristocrático siglo XVIII hacia corrientes distintas; podemos encontrar sus primeras manifestaciones desde fines del mismo siglo en las distintas artes y ciencias. Hobsbawm sitúa semejante estallido transformador entre 1789 y 1848 -alrededor de medio siglo- para luego relacionar los cambios sociales y artísticos con la doble revolución: la industrial y la francesa. En primer lugar la Revolución industrial, iniciada en Inglaterra alrededor del último cuarto del siglo dieciocho (en la década de 1780, pero cuyas consecuencias no se hicieron sentir fuera de Inglaterra de modo inequívoco antes de 1830 y seguramente no antes de 1840), era el inicio de "el mundo en que todos los lazos sociales se aflojan, salvo los nexos del oro y los pagarés (la frase es de Carlyle)". El orden que nacería de todo esto sería el orden capitalista, de la mano de dos nuevos actores sociales: el obrero y el burgués. Por otro lado la Revolución francesa, de carácter más bien político; de sus torbellinos revolucionarios emergieron al mundo entero nuevas formas de organizar la sociedad, la producción del sustento de la vida y nuevas formas de interpretar la existencia, ya sea como el contundente rechazo o la inevitable aceptación, mas nadie quedaría exento de sus consecuencias.

  

Si la economía del mundo del siglo XVIII se formó principalmente bajo la influencia de la revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principalmente bajo la influencia de la revolución industrial inglesa, su política e ideología se formaron principalmente bajo la influencia de la Revolución francesa. Inglaterra proporcionó el modelo por sus ferrocarriles y fábricas y el explosivo crecimiento económico que hizo estallar las tradicionales estructuras económicas y sociales del mundo no europeo, pero Francia hizo sus revoluciones y les dio ideas hasta el punto de que cualquier cosa tricolor se convirtió en el emblema de todas las nacionalidades nacientes. Entre 1789 y 1917, las políticas europeas (y las de todo el mundo) lucharon ardorosamente en pro o en contra de los principios de 1789 o los más incendiarios todavía de 1793. Francia proporcionó el vocabulario y los programas de los partidos liberales, radicales y democráticos de la mayor parte del mundo. Francia ofreció el primer gran ejemplo, el conocimiento y el vocabulario del nacionalismo. Francia proporcionó los códigos legales, el modelo de organización científica y técnica y el sistema métrico decimal a muchísimos países. La ideología del mundo moderno penetró primero en las antiguas civilizaciones que hasta entonces habían resistido a las ideas europeas, a través de la influencia francesa. Esta fue la obra de la Revolución francesa.


  

Y es que vemos que los cambios que generó la Revolución industrial, tanto en la forma de producir los bienes como en la forma de pensar y comprender la acción y la historia humana iban concretándose. Los industriales requerían que la estructura social se sometiera a la estructura económica. Las ideas liberales propugnaban por una sociedad en la que la producción de los bienes y servicios se darían en un mercado autorregulado por la oferta y la demanda. Es la utopía del mercado autorregulador, en palabras de Polanyi. El Estado tenía casi como única función vigilar que así ocurriera, conseguir o conquistar nuevos mercados para abastecerse de materias primas y donde vender sus productos ya manufacturados; y entorpecer lo menos posible el avance del progreso y la industria, pues el progreso económico de las naciones debía ser instaurada a cualquier precio, aun a costa de la miseria de las masas. Libertad para vender era el canto de los empresarios e industriales y los antiguos muros y castillos feudales comenzaron a agrietarse.

Por un lado pues, la liberación era un paso necesario, pero por el otro, era una cuestión exigida el sometimiento abnegado al señor mercado y su teórica autorregulación, cosa natural y necesaria según los economistas del libre mercado. Y entonces, los hombres debían someterse y entrar en este mundo del patrón oro, la industria y una economía por primera vez totalmente mundial. Y llegamos al mundo que requiere que la naturaleza y el hombre se transformen en mercancías (por un lado materias primas y por el otro fuerza de trabajo) y sean sometidas a la voraz industria.

El ser humano comenzó a tener conciencia de su mismicidad, de su intrínseca individualidad corpórea, de su espiritualidad susceptible de liberación, y su liberación como el fin más espiritual. De este periodo es que encontramos una vasta producción en la literatura, en las artes y ciencias y, por supuesto, en la música. Es un periodo de "resurrección y expansión de las artes" en que fueron atraídas todos las almas europeas, y no sólo europeas, pues decir historia era por primera vez -como dijimos- decir historia mundial. Estos movimientos artísticos fueron diferentes a los anteriores, pues eran, al tiempo que reflejaban las transformaciones de la sociedad, de la naturaleza y de los saberes del mundo, más que nunca también un manifiesto de resistencia a la avasalladora fuerza de los indetenibles cambios. Nos hallamos en el periodo del verdadero surgimiento de las naciones, de la clara conciencia del individuo como elemento clave en la organización social y de la naturaleza como un ámbito al que el ser humano no volverá, ya que en él el estado de inocente inconciencia ha terminado.

Las revoluciones les ofrecieron a los hombres y a los pueblos la idea de la libertad y la autodeterminación. Pero las antiguas estructuras no caerían sin antes ofrecer batallas. Y la revolución ganó y fue imponiéndose por el mundo. La lucha entre los antiguos regímenes y la clase revolucionaria burguesa que infundía ardor en las masas campesinas y urbanas en Francia fue de los movimientos revolucionarios que inspiraría en otros reinos y colonias acciones similares; en la memoria evocaciones perdurables; y en la historia un monumento (más bien una inscripción) temible. 

Allá donde las fuerzas liberales podían o triunfaban, imitaban o aprendían de ciertas instituciones francesas para la consecución de sus objetivos. Nunca tanta falta hizo en el mundo europeo el avance de estas instituciones por suelo europeo. Tanta fuerza era requerida para barrer el pasado en Europa que aún el gran Napoleón tuvo que ceder ante las fuerzas de los viejos órdenes en las Guerras. Pero el paso ya estaba dado y los códigos napoleónicos y las luces revolucionarias irían germinando en los territorios y las mentes.

[...] La fuente y matriz de este sistema fue el mercado autorregulador. Fue ésta una innovación que dio origen a una civilización específica. El patrón oro fue simplemente un intento de extender el sistema doméstico del mercado al campo internacional; el sistema de equilibro de poderes fue una superestructura erigida sobre el patrón oro y realizada en parte por su intermedio; el Estado liberal fue en sí una creación del mercado autorregulador. La clave del sistema institucional del siglo XIX se encontraba en la leyes que gobernaban la economía mercantil. Nuestra tesis es que la idea del mercado autorregulador significaba una utopía total. Tal institución no podía existir durante un espacio apreciable de tiempo sin destruir la sustancia humana y natural de la sociedad; hubiera destruido físicamente al hombre y transformado su medio ambiente en un desierto.

Y vemos que el mundo se ha transformado, desde fines del siglo XVIII en que la lucha contra la aristocracia llevó a la clase media a las luchas liberales, más que libertarias. De estas luchas se formarían instituciones trascendentales en la futura vida de las naciones, Porque la nueva organización de la vida hacía necesario un Estado nacional, un territorio nacional y una conciencia nacional que hicieran homogéneas las leyes, las conciencias y los territorios en el juego de la geopolítica y del mercado internacional. Territorios delimitados bajo leyes concretas de aplicación general. La naciones todas del orbe comenzaron, a su modo y a sus recursos, a verse compelidas al mundo del mercado internacional. Pero la lucha por instituir el nuevo sistema no sería fácil ni de una sola batalla. La aristocracia pudo vengarse en las Guerras Napoleónicas de cuyo resultado final se impondría la Restauración y las monarquías volverían a reinar. Pero el mundo no era ya el mismo y la mundo lo sabía bien. Muchas cosas no podrían volver a restaurarse. De todos estos esfuerzos por instaurar el orden internacional a costa de la represión nacional surgirían muchos malestares. Las costumbres, tradiciones, lenguas e idearios locales y autóctonos se verían asediados, acorralados, sitiados hasta su desaparición en aras de los ideales universales. Fue el hombre, para ganar su individualidad, desnudado de las ropajes que le brindaban las antiguas formas de organizarse y expresar su existencia. Nunca fue tan importante para los músicos cultos la ardiente pero trágica tarea de conservar, exaltando, los valores y los tradiciones locales; esos cantos que estarían casi predestinados a la desaparición; las tonadas que en su espiritualidad telúrica cristalizaban los afanes y la sencilla humanidad pasada, próxima a la expiración. Y sin embargo, el mito nacional (aquella colectividad artificial), era lo más semejante a un hogar, un frío e impersonal hogar, pero al fin y al cabo un hogar. La nación, una idea que ofrecía a cambio de una mutilación y mezcla selectiva una opción de sobrevivencia, era, pues -tal vez- el más grande anhelo para cuantas almas desnudadas de su pobre, mísero y oscuro pasado, pero sin duda más sereno, apacible y acogedor que la fría nave industrial y más humanitario que la insensible máquina.

Veremos los más grandes espíritus pintando, musicando, novelando y cuantas variadas formas de la expresión humana -acaso humanitaria- en singular movimiento, lleno de autodeterminación y impetuosa pasión por recoger los mortecinos destellos del ocaso que iba para nunca más volver. Muchos de ellos, en la primera mitad del siglo XIX (momentos que especialistas gustan llamar Romanticismo) que empeñados en libertad, de revolución y la certidumbre de la fatalidad serian compositores comprometidos con los cantos, danzas y melodías tradicionales que se pierden en la oscuridad de las generaciones. Conservarían el interés por sus pueblos y, a medida que iba ganando terreno el mito nacionalista, muchos comenzarían a identificar sus voluntades con la voluntad nacional, y su música como música nacional. Pero, por sobre estas etiquetas hallamos una profunda amistad y entendimiento con los hombres, si se quiere, con una desbordante voluntad y camaradería, lo que en la poesía vulgar se llama desbordante amor. Esta fraternidad invalorable y generosa será siempre hacía las criaturas que, como él, fatalmente –arrojados a la vida- comparten cada pulsación de la turbulenta existencia. Nostálgica muchas veces será la música y el arte emanado, cuando no el trueno sorpresivo, pero no inesperado, de la vitalidad desbordante y arrolladora. Nunca más la estaticidad (que todo cambio es la única certidumbre). Tonos mayores y menores, formas nuevas y formas viejas nuevas. El hombre y la naturaleza, el mundo todo se levanta y contempla su trágico fin, pero al mismo tiempo, su inminente comunión. Si se quiere ver como locura, locura pues, pero como a Ofelia en Hamlet, la locura le devolvía lo que en ningún tiempo poseyó: voz.

El Hombre era, como nunca; y como nunca fue, conciente. Y de la conciencia de sí mismo, de la nueva e inevitable separación de entre su ser y la otredad, es que nació el ser humano, en su forma individual, en el hombre autoafirmandose en su libertad perdida. Y es que el hombre no sólo era hombre, ni sólo era hombre-mercancía, era también el ser hombre-vivo que en su vivencia vivifica y en la vivificación animiza el mundo con la más alta espiritualidad. Y se halló semejante a las criaturas hermanas suyas, de la naturaleza. Encontró espiritualidad en la naturaleza, y en su propia espiritualidad, humanidad. En la humanidad encontró la espiritualidad que hacía de cada hombre una unidad en sí misma y en sí misma la concreción de la universalidad y creyó, por fin, en la libertad. Y en esa alta espiritualidad, más alta que la más alta de las ambiciones y más ambiciosa que la más alta de las espiritualidades es que el hombre-héroe, matador de dragones, resguardó la victoria imperecedera en la libertad y la eterna conciliación con la naturaleza, con las criaturas todas en el orbe para las edades y los pueblos.

En la más alta de las acciones humanas, que es la transformación y la redención, se situó el artista (porque un verdadero artista transforma y el arte es, esencialmente y en su realización, la libertad transformando), porque componiendo cambia, porque danzando la música inacabable de las estaciones también preserva, y al crear se equipara a los dioses que en su potente libertad crean la música del mundo, tan perdurable como la eras del universo. Y en esa inabarcable perdurabilidad es que el hombre, en los trances de la deconstrucción -del modo en que creyó-, es que rehace en la libertad más alta, en la más inocente intimidad, es decir, en nuestra más profunda e intocable humanidad, es allí –en esas intangibles fibras de nuestro ser- que rehace la continua e incorruptible comunión de los órdenes natural y humano. Funda la más íntima e inexplicable sensibilidad y desde allí nos muestra la inquebrantable amistad entre los hombres, al tiempo que nos ilumina con viejas tonadas, eco de épocas pretéritas, de aquellos tiempos en que el tiempo se perdía en la neblina de la leyenda y la música era, si se quiere, su etérea comunión.

 

CRONOLOGÍA

 

  • 1750-Muere J. S. Bach (se considera el fin del barroco y el inicio del neoclasicismo o clasicismo).
  • 1756-Nace Mozart en Salzburgo.
  • 1770-Nace Beethoven en Bonn.
  • 1776-Independencia de Estados Unidos.
  • 1788-Sonata no. 16 K 545 en do mayor para piano de Mozart.
  • 1789-Inicia la Revolución Francesa y Declaración de los Derechos del Hombre (se toma como la primer conquista en las Revoluciones burguesas).
  • 1791-Muere Mozart en Viena.
  • 1793-Es ejecutado Luis XVI. Segunda Partición de Polonia.
  • 1795-Tercera Partición de Polonia.
  • 1799-Napoleón toma el poder en Francia.
  • 1801-Sonata no. 14 "Quasi una fantasia" (Claro de luna) op. 27 no. 2 en do sostenido menor para piano de Beethoven.
  • 1807 Napoleón crea el Gran Ducado de Varsovia (apoyado por fuerzas republicanas de la dividida Polonia).
  • 1810-Nace Chopin en Varsovia.
  • 1813-El ducado es conquistado por Rusia en su avance sobre Francia. Es suprimida la Inquisición en España por las Cortes de Cádiz. Finaliza la Guerra de Independencia española. El Congreso de Chilpancingo declara la independencia de México.
  • 1815 Derrota de Napoleón en Waterloo. Congreso de Viena (restablecimiento autoritario de las monarquías y Cuarta partición de Polonia).
  • 1827-Muere Beethoven en Viena (se considera el fin del periodo clásico aunque se considera clásico al Beethoven joven y prerromántico al Beethoven maduro)
  • 1831-"Levantamiento de noviembre" (insurrección polaca contra los rusos cuando el "Reino del Congreso" de Polonia fue finalmente unido al imperio ruso).
  • 1831-Nocturno op. 9 no. 2 en mi bemol mayor para piano de Chopin.
  • 1848-Revoluciones de 1848 (Manifestaciones revolucionarias en diversos países europeos).
  • 1849-Muere Chopin en Paris (uno de los más grandes músicos nacionalistas).
  • 1874-Finaliza el Anillo de los Nibelungos de Wagner (se considera como el final del periodo romántico ya dentro del postrromantiscismo, agotando la capacidad de la música tonal).

 

BIBLIOGRAFÍA

Fuentes literarias:

  • Hobsbawm, Eric, Las revoluciones burguesas. Europa, 1789-1848, Ediciones Guadarrama, Madrid, 1962.
  • Polanyi, Karl, La gran transformación, Juen pablos, México, 2004.
  • Rivero Weber Paulina, "En torno a la obra musical nietscheana", en Conservatorianos, año 2, núm. 7, enero-febrero del 2004, México. pp. 37-43.
  • Torres, Mulas Jacinto, Música y sociedad, Real musical, Madrid, 1987.


 


 

Fuentes electrónicas:

  • Artsedge, <http://artsedge.kennedy-center.org/teach/standard.cfm?standard_id=38>, (15 de noviembre del 2007).
  • Reynaldo González, “El perdurable eco de Chopin”, <http://www.cubaliteraria.cu/delacuba/seccion.php?Id=3569&articulosPage=26&s_Seccion=39> (15 de enero del 2008).
  • Wikipedia, “Frédéric Chopin”, <http://es.wikipedia.org/wiki/Frédéric_Chopin>, (3 de enero del 2008).
  • --------------, “Gran Ducado de Varsovia, <http://es.wikipedia.org/wiki/Gran_Ducado_de_Varsovia>, (2 de noviembre del 2007).
  • -------------, “Napoleón Bonaparte”, <http://es.wikipedia.org/wiki/Napoleon>, (8 de diciembre del 2007).
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Emmanuel Muñiz Alejandro es historiador, investigador y editor. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, graduado con honores, en la Escuela Nacional de Música (ENM). Actualmente se dedica a tareas de investigación histórica, estudios de género, discapacidad y tecnologías de la información. Se encuentra realizando un Máster en Historia del Mediterráneo Antiguo en España.

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