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Sima Xiangru y el Fu

Sima Xiangru y el Fu

Sima Xiangru (179-117 a. C.) fue gran escritor chino de la dinastía Han, que es considerado como el creador de la prosa rimada, mejor conocida como Fu.

En su forma original el Fu fue una mezcla de prosa y versos rimados. Esta genial combinación de crear obras con la introducción en prosa, además de las partes de transición y comentarios, mientras que las partes prosódicas encargadas del sentimiento se componían en verso: gracias a esto abundan los recursos retóricos, como los paralelismos y alusiones históricas creando una riqueza onomatopéyica, aunado a las expresiones bisilábicas que terminan expresando sentimientos, pasiones y acciones en un largo catálogo de personajes, nombres, apariciones de cosas raras, fantásticas y exóticas que mantienen atraído y deslumbrado al lector.

Aunque el origen del Fu es puramente laico, fue un género que tuvo sus bases en las canciones, cantos y rezos de la religión popular (Shamanista). En realidad Sima Xiangru tras su muerte ni dejó algún resumen de su obra ni teórico, ni crítico, pero sin duda fue el verdadero creador del género literario del Fu, de la época de la dinastía Han (206 a.C.-220d.C.) y del cual se derivan de una u otra manera grandes obras de los más diversos autores, que describen grandes cacerías, suntuosos palacios, magníficas ceremonias de la antigua capital, bellas damas cortesanas, instrumentos musicales, fantásticos viajes, etc.

Sima Xiangru adornó su obra con una sinigual profusión de escenas y objetos, que para cualquier otro poeta le hubiera bastado para un simple poema. El mismo emperador Wu expresaba su admiración después de leer un poema de fu diciendo que se sentía como si estuviera volando en esos momentos a gran altura sobre las nubes.

 

El señor Fantasía

 

Este es un fragmento del debate entre tres funcionarios, de los cuales sus propios nombres rebelan la naturaleza ficticia del relato, cada uno elogia a su amo. En la primera parte del poema, el Señor Fantasía del reino de Chu, y el señor No real del reino Qi, describen las cacerías y paseos de sus príncipes. En la segunda parte, el caballero de la Nada que es el portavoz del emperador Han abruma a los otros dos con una descripción magnifica del parque de Shinglin, y de las cacerías y diversiones que se realizan allí.

 

“El señor Fantasía, comisionado por el reino de Chu, arribó en comisión diplomática al principado de Qi. El príncipe de este país movilizó todos sus carruajes y caballos de que disponía y salió de caza junto con el enviado especial terminado el evento, el señor Fantasía hizo una visita al señor No existente con el objeto de presumirle El señor No real también estaba presente durante el encuentro. Al sentarse todos, el señor No existente preguntó ¿Quedó usted satisfecho de la cacería de hoy?

-Muy satisfecho! Contestó Fantasía.

-¿Son muchas las presas que cobró usted?

-No, son muy pocas.

-Entonces, ¿Por qué está usted contento?

-Lo estoy porque, cuando el soberano de Qi trataba de impresionarme con sus cuantiosos carros y caballerías, yo le correspondí medida por medida, alardeando de las jornadas de caza a las que he asistido en el pantano Yunmeng, de Chu.

- ¿Podría contarnos algo sobre las actividades de caza en ambos Estados?

- ¡Cómo no! —dijo Fantasía

-El príncipe de Qi cazaba en el litoral, acompañado de mil carruajes y diez mil jinetes selectos. Las tierras bajas se cubrían de soldados y las colinas, de redes con las que atrapaban liebres. A los venados los aplastaban con las ruedas de los carros; a los alces los mataban con arco y flecha; a las ciervas grandes las enlazaban de una pata. Los cazadores marchaban a galope sobre las salinas costeras. Mataban tantos animales que las ruedas se manchaban de sangre. El monarca orgulloso de haber capturado tantas piezas se dirigía a mí:

¿También hay tantas piezas en el reino de Chu? ¿llanuras, pantanos y campos de caza tan divertidos como estos? ¿Puede competir la cacería del rey de Chu con la mía?

Yo, descendí del carro y contesté: Yo no era más que un hombre humilde de Chu, pero por suerte, desde hace unos diez años he logrado trabajar como guardia nocturno al lado del rey, a quien con frecuencia acompañaba en sus paseos en sus parques reales de la capital. Pese a esto, no alcance a ver todo lo que hay en ellos. Mucho menos puedo hablar de los paisajes y cacerías fuera de la capital.

Pues bien –me replicó el príncipe. Cuénteme de lo que vio y oyó. Y yo le dije: “Con mucho gusto. Oí decir que Chu tiene siete pantanos, pero no he visitado más que uno de ellos, denominado Yunmeng, que es el menor, con una extensión de novecientos li (más o menos medio kilómetro) cuadrados, en su centro destacan cadenas montañosas, las aristas quebradas de los picos ora altos, ora bajos; los empinados riscos ocultan el sol y la luna, o solo les permiten asomar media cara; uno sobre otro, los escarpados cerros se remontan al cielo, atravesando las nubes azuladas; y luego, las colinas se inclinan poco a poco hasta conectarse con los ríos. Sus tierras resplandecen con deslumbrantes colores de cinabrio y azurita, ocre rojo y arcilla blanca cal oropimente, oro y plata estaño y piedras blanquiazuladas. Además, allí hay jades rojos, rojizos y blancos, así como una gran variedad de piedras con vetas de diferentes colores.

Al este se sitúa el Jardín de las Orquídeas, donde proliferan ásaros y orquídeas, lirios y jengibres, ligústicos y ácoros, plátanos y caña de azúcar. Al sur se extienden bastas llanuras y zonas pantanosas, a las cuales se tiene acceso por las vertientes suaves. Las bordea el rio Yang-Tse y las montañas Wushan (La Bruja). En las partes altas y secas crecen ásteres y retamas, juncos e iris, anafalis, juncias redondas y artemisas azules. En los terrenos bajos y húmedos, en cambio, crecen penisectos y carrizos, rubarbos y cizañas acuáticas, lotos y tallos tiernos. Tantas y tantas son las especies de plantas que resulta imposible enumerarlas todas.

Al oeste abundan los estanques cristalinos con manantiales que brotan con fuerza y que levantan impetuosos oleajes. En la superficie del agua se abren flores de loto y castañas acuáticas; en el fondo anidan piedras enormes y arenas blancas; en su seno nadan gigantescas tortugas, cocodrilos y careyes. Al norte crecen densos bosques donde se multiplican nísperos, cedros, alcanforeros, canelos, pimenteros, magnolias bicolores, corchos chinos perales de montaña, sauces llorones, peruéntanos, caquis naranjos y toronjos que exhalan perfumes Se posan en sus ramas los fénix, el pavo real, el faisán argus el mico y el legur. Allí se refugian tigres blancos y leopardos negros lobos y gatos salvajes. Por orden del mandatario, los alientes como Zhuanzhu (legendario aliente de Wu) se batían a puñetazos con esas fieras.

El rey de Chu viajaba en un carro de jade tallado, tirado por cuatro caballos mansos con crines de distintos tonos. Algunos miembros del séquito agitaban pendones de mango retorcido, adornados con flecos hechos con palpos de peces; otros estandartes con motivos de perlas brillantes. Los guardias sostenían en lo alto puntiagudas alabradas de tres filos, o empuñaban en la mano izquierda arcos pintados de resístente madera, usados por Huangdi, y en la derecha, fuertes flechas guardadas en aljaba de los reyes de Xia. Yangzi se encargaba de servir de guía en tanto que Xian’a llevaba las riendas. Pese a que las bestias que arrastraban la cuadriga aún no habían empezado a galopar, alcanzaban y embestían a toda clase de astutos y agiles caballos salvajes. Apoyado en sus excelentes corceles, el monarca disparaba flechas a aquellos soberbios trotones vagantes. La carroza de rey, con ímpetu y fuerza arrolladora, revoloteaban hacia adelante como el viento, el meteorito y el relámpago. El soberano nunca fallaba en el tiro. Siempre que apuntaba a los pájaros o cuadrúpedos, la flecha siempre daba en el ojo, reventándoselo, o se introducía en la parte izquierda de su pecho y salía por el costado opuesto cortando los vasos sanguíneos que dan al corazón. Las aves y animales muertos caían cual lluvia, hasta cubrir las estepas y llanuras.

Acto seguido, el gobernante moderó la marcha del vehículo y empezó a vagar a sus anchas. Se paseó por el denso bosque para contemplar la furia de los guerreros valerosos y el pánico  de las bestias feroces. Estas últimas, debilitadas y agotadas, se dejaban prender sin resistencia. El rey se enfrasco en la admiración de las variadas posturas de aquellos seres vivos en lucha cuerpo a cuerpo.

Después entraron bellas doncellas y mujeres de la corte ataviadas con pañoletas de tela y seda fina, arrastrando largas faldas de cáñamo y lustrina blanca con abundantes pliegues en la cintura. Llevaban blusas de satén con motivos coloridos y colgantes gasas diáfanas como la tenue neblina. Sus prendas, rizadas y suaves, lucían encantadoras líneas onduladas. Tan largas eran las faldas y vestidos que sus dobladillos se levantaban al caminar. Sobre la espalda de las bellas flotaban capas y cintas que rozaban la hierba y flores del suelo o revoloteaban junto a los penachos de la baca del carro. Se veían esbeltas y atrayentes en los trajes ajustados al cuerpo, cuyas telas susurraban al rozarse mutuamente. Adornaban sus peinados con plumas de distintas tonalidades y con cordones prendidos con adornos de jade. Se movían errantes, con ligereza y suavidad… como diosas.

Más tarde, el rey y sus acompañantes partieron al Jardín de las Orquídeas. La columna marchaba entre la espesura de los bosques y finalmente llegaron al Dique Dorado, donde lanzaban redes a los martínes pescadores y disparaban al vuelo a los faisanes. Los dardos y saetas partían uno tras otro, con un zumbido, hacia el firmamento, en tanto se desplomaban cisnes y ocas gansos silvestres y cigüeñas negras.

Sintiéndose fatigado por la cacería nocturna, el mandatario dio un paseo por los estanques cristalinos en una barca en forma de dragón. Lo acompañantes izaron los estandartes del mástil y se pusieron a remar, mientras otros fijaban las colgaduras verdes, levantaban el dosel decorado con guías de pluma, tendían redes para recoger careyes y pescaban con caña conchas violetas. Los músicos batían címbalos y gongs, y tocaban flautas rectilíneas. Los tripulantes coreaban canticos de pesca que agradaban el oído: sus melodías, ora altivas, ora tenues, imprimían tonos melancólicos. Presos del pánico, los animales acuáticos huían a la desbandada, de manera que el agua se agitaba en olas y saltaba el chorro del manantial reuniéndose con ellas. Resonaban como trueno que producían  las aguas al chocar contra las rocas y se oían a centenares de li de distancia.

Como señal del término de la cacería nocturna, comenzaron a batir el tambor. Se encendieron las antorchas mientras los carros y la caballería se formaron en columna bien alineadas. Acto seguido se marcharon en larga e interminable fila. Al llegar a su destino, el rey, con calma y sin ninguna preocupación, ascendió al mirador Yangyun, en donde saboreó manjares bien aderezados y condimentados. A fin de cuentas el soberano de Chu no actuaba como Su Majestad: andaba de caza todo el día su bajar del carro y se divertía en tomar rebanadas de carne asada en el mismo vehículo. En mi humilde opinión, su jornada de caza no puede competir con la del rey de Chu. El príncipe de Qi no encontró palabras para replicarme.”

Tras oírlo, el señor No Real comentó: ¡Cuan exagerado es usted! Como Su Excelencia no había temido andar mil li para venir de visita al estado de Qi, el príncipe desplazó toda la infantería, caballos y carros del país, y lo acompaño a salir de caza. Durante toda la jornada, él empleo todos sus recursos para capturar presas a fin de que todos se entretuvieran. ¿Cómo podría calificarlo de ostentación? Por otra parte, el hecho que el príncipe preguntara qué hay en el reino de Chu demuestra su buena voluntad por enterarse de las excelentes costumbres y medidas administrativas de una potencia, y por escuchar sus ingeniosas observaciones. Sn embargo, en vez de hablar de los méritos del rey de Chu, Su Excelencia se jactó de la cacería en el pantano Yunmeng y se vanaglorió de las diversiones depravadas y pródigas, por lo que no es, en mi modesta opinión una conducta de la que Su Excelencia debiera enorgullecerse. Aunque fuera verdad todo lo que dijo acerca de la ida del rey de Chu no es una cosa digna de alabarlo así. Por otro lado, si sus descripciones fueran exageradas ello perjudicaría la reputación de Su Excelencia. Ninguna de las posiciones es justa, ni el exponer los defectos del rey ni el obrar en contra de la moral personal. No obstante, Su Señoría así lo hizo, cosa que necesariamente será mal vista por parte de Qi, y traerá pésimas consecuencias a Chu y sus vecinos; al este el principado de Qi, que colinda con el mar; al nordeste el estado de Sushen; al oriente Tanggu. Las montañas Langya se alzan al sur. La gente puede viajar por las colinas Chengshan, cazar en los montes Zhifu, pasearse en barca sobre los golfos o recrearse en el pantano Mengzhu. Y en otoño, atravesar la alta mar para ir de cacería al estado de Qingqiu. Esta es tan vasta la extensión del principado que, si se colocaran juntos en su seno ocho o nueve lugares tan grandes como el pantano Yunmeng, parecerían granos de mostaza en las entrañas de un hombre. Sus tierras están llenas de objetos preciosos y productos curiosos, pájaros raros y animales exóticos. Existen tantas variedades que ni siquiera los sabios como Yu o Qi serían capaces de nombrarlas o contarlas. Pese a esto, el príncipe no le contestó porque los que desempeñaban cargos supremos no le deben hablar de sus diversiones ni exaltar lo grandioso de sus parques particulares y porque Su Señoría gozaba de un trato preferencial de huésped distinguido. ¿Cómo puede usted afirmar que el soberano no encontró palabras para replicarle?”.

Esta introducción está basada en B. Watson, Chinese Rime-prose, New York, 1971. Del autor.

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Sobre el autor: Estudió en el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Premiado del CONACYT a la innovación científica juvenil. Militar retirado de la Armada de México. Actualmente se dedica al estudio de las aplicaciones tecnológicas y las innovaciones en la vida diaria y la historia de la humanidad.

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